edición: 3076 , Miércoles, 28 octubre 2020
22/09/2011
Euros para el exterior y dracmas en el interior

Grecia podría recuperar temporalmente su moneda

Alemania quiere la visibilidad del ‘infractor’ como ejemplo para el resto
Juan José González

Misión imposible. Situación similar a la que se da en un proceso jurídico donde, como es el caso, se presenta al Estado de la Unión Europea contra el Gobierno –y el pueblo- de Grecia. El juicio esta en marcha y se mueve entre el ánimo y la necesidad de someter públicamente al acusado a un proceso ejemplarizante que sirva de correctivo general y que, a continuación, se dicte sentencia con una pena –expiatoria- ya fijada de antemano, por la que el país heleno, el pueblo griego, pasaría a figurar en la historia contemporánea como ejemplo de catástrofe económica, social y política, además de ejemplo vergonzante y humillante* de lo que no se debe hacer. Pero la actualidad pasa por otro escenario, como es la presentación controlada y provocada de una suspensión de pagos, con una salida temporal de la disciplina del euro y, por tanto, con una devaluación e intervención del FMI, algo que, temporalmente puede rescatar la dracma como segunda moneda interior para el país intervenido. Aunque de la misma forma, la coexistencia de una segunda moneda interior, se podrían ver de nuevo el escudo o la lira, sin olvidar, por supuesto, la peseta.

Las cifras cantan: la economía griega se debate en la miseria: recesión y déficit público del 13%, al que hay que sumar una deuda pública del 116% del PIB. Si el Gobierno heleno aspira a pagar los intereses de su deuda en el presente año, necesitaría alcanzar un superávit presupuestario cercano al 7% del PIB, o sea, misión imposible porque para lograr la proeza del superávit estaría obligado a llevar a cabo una revolución financiera,  fiscal y económica.

Los economistas alemanes intentan convencer a Merkel y a los técnicos del Gobierno, para que se comience a hablar, a partir de ahora y aprovechando la oportunidad que se presenta con la crisis griega, de una Unión con mayor unión económica y comercial, pero con distinta relación financiera y fiscal, es decir, una Unión más ‘federalizada’ y en la que sí podrían coexistir dos monedas, de diferente nivel, una de consumo interno y otra de intercambio entre miembros de la Unión.

Sobre el papel cualquier propuesta parece realizable, aunque en la práctica, es probable que la respuesta de los 27 socios de la Unión no desvelase muchas diferencias, y que el club monetario europeo que hoy cuenta con una moneda única, podría correr peligro, tanto o menos que en la actualidad con tres Estados solicitando ayuda exterior para pagar nóminas públicas, pensiones y materias primas como hidrocarburos y gas.

De ahí que la puesta en escena de un país en estado de necesidad financiera, invadido por tierra, mar, aire y videoconferencia por sus acreedores, la suspensión de pagos se presente como un ejercicio que va más allá del ajuste de cuentas, y que tiene en servir de lección al resto de acreedores, como uno de sus objetivos.

Alemanes, franceses y nórdicos se vuelcan en ese trabajo de ejemplaridad en el convencimiento de que el resto de los acreedores tomarán buena nota de lo que significa y conlleva incurrir en los errores de griegos, portugueses e irlandeses a la hora de hacer un presupuesto que se adapte a la realidad y que tenga en cuenta las posibilidades fiscales y los problemas de endeudamiento público.

De otra manera, los Estados en apuros, es decir, los que todavía no están intervenidos de facto, deberían comenzar a pensar en soluciones más limitadas en el tiempo, y donde el abandono de la moneda única, fuera el principal camino a evitar. Y en esta carrera por eludirla, cabe plantearse las dos propuestas que suenan con mayor intensidad, aunque con distinto grado de éxito en seguidores: de un lado, la financiero-bancaria, por la que Alemania y Francia utilizarían el poder político de sus gobiernos para que los bancos europeos adquiriesen deuda. Y por otro, la salida más institucional que llevaría a la Unión Europea a poner en marcha un fondo monetario europeo, un FMI de ámbito local europeo, organismo que sí tendría capacidad y, por tanto, atribuciones por ley, para exigir y penalizar los excesos en materia, por ejemplo, de gasto público.

Hoy por hoy, ambas soluciones chocan contra un muro, casi insalvable, de la postura alemana, que se niega a aceptar la formación de un organismo como el citado. Pero además, la diferente situación entre los distintos Estados implicados, con problemas similares pero de volumen diferente, esta haciendo casi imposible aplicar la misma terapia para todos los enfermos, así que los prestamistas deberán extremar la paciencia.

(*)Quizás Angela Merkel debería tener en cuenta la historia del siglo XX, y recordar los efectos secundarios sobre un  pueblo humillado para evitar no volver a caer en el mismo error de los vencedores, para que la historia no se repita.

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