edición: 2721 , Martes, 21 mayo 2019
20/10/2008

Ha llegado el momento de crear nuevas agencias de ‘rating’

Germán M. Crespo

Una vez más, las agencias de ‘rating’ han fallado en sus predicciones. Estas empresas, no lo olvidemos nunca, cuya información financiera debería servir de ayuda a los inversores para medir el riesgo de futuras inversiones y encargadas, en definitiva, de calificar el compromiso crediticio de los emisores de valores, así como la solvencia de las entidades, han demostrado que, o bien no hacían muy bien su trabajo o, sencillamente y, una vez más, se les engañaba con facilidad. A nadie se les olvida sus errores de previsión en anteriores crisis –Tequila, burbuja tecnológica, Enron, Parmalat, Bear Stearns, Islandia, Lehman, etcétera-, con los consiguientes efectos sobre muchas economías domésticas y, ahora, sobre la economía mundial. ¿No habrá llegado el momento de aumentar la regulación en este segmento de información? ¿Sería bueno para Europa que instituciones locales de prestigio –véase los bancos centrales de cada país o sus autoridades reguladoras de los mercados-, sean los encargados de fijar las calificaciones de los riesgos de las entidades y empresas a la hora de emitir títulos o deuda? ¿Serán las máximas autoridades reguladoras –BCE, FED… o alguna de nueva creación-, quiénes establezcan qué emisiones de instrumentos financieros son seguros?

Las agencias de calificación, nacidas allá por 1909 evaluando las emisiones de obligaciones de las compañías de ferrocarriles en Estados Unidos, han vuelto a estar en el ojo del huracán. Su esperada ayuda a los inversores para adoptar decisiones de inversión ha vuelto a fallar. Esas famosas perspectivas con las que calificaban las a emisiones, -positiva, negativa, estable o incierta-, parecían ser el ‘Santo Grial’ de los mercados y su predisposición a ser los ‘guardianes del mercado’ se ha hecho trizas. Todos sabemos que su defensa siempre es la misma: sus calificaciones no deben ser interpretadas como una recomendación, sino como una predicción, pero sus informes siempre se han utilizado como una norma a seguir, incluso para los Estados más solventes y seguros. O al menos eso creíamos.

La actual crisis financiera ha dejado la reputación de las agencias de ‘rating’ por los suelos. Estas agencias supuestamente independientes no han hecho bien su trabajo y el poder de influencia con el que contaban parece que esta llegando a su fin. Casi un siglo después de su nacimiento. Hasta la fecha, su opinión era imprescindible para cualquiera que quisiera actuar en los mercados, incluidos los Estados soberanos, a los cuales evaluaban el riesgo de sus emisiones de Deuda Pública, decidiendo, a la postre el futuro de los gobernantes de los países y que, a la vista de los acontecimientos, parecía excesivo. Sus opiniones habían alcanzado tal poder que ya era un requisito indispensable para decidir la solvencia de las entidades y el futuro de las inversiones. De todos, incluidos los Estados.

No es la primera vez que se cuestiona la falta de transparencia de su metodología ni tampoco son nuevos los conflictos de interés que surgen en la prestación de sus servicios. Tenemos que recordar que estas agencias de calificación reciben la mayor parte de sus honorarios de las empresas-clientes que son objeto de su evaluación y como ya ha recordado el Parlamento Europeo, constituyen un oligopolio formado por Standard & Poor’s, Moody’s y y Fitch. Pero claro, estas agencias independientes se defienden aduciendo que su función no es detectar fraudes y que sus evaluaciones son meras opiniones. ¡Ahora son solo opiniones cuando han tenido a todos los mercados cautivos de sus calificaciones!

Ha llegado el momento de darle la vuelta a la tortilla y es tiempo de cambiar las normas, aprovechando ese vuelco que pretenden dar los políticos europeos al sistema capitalista liberal. Una vez que a los Bancos centrales de cada país –en el caso europeo- se les ha reducido sus capacidades en política monetaria y su nuevo papel desde el nacimiento del BCE se concentran en la regulación, esta situación con las agencias de rating debería ser un nuevo foco de actuación para el que han sido plenamente facultados: la regulación financiera.

El Banco de España, que tan buen ejemplo ha dado de supervisión de nuestros bancos, y el conjunto de bancos soberanos europeos deberían avanzar en esta nueva era en la calificación de emisiones, al menos las relacionadas con la solvencia para el aseguramiento de estas operaciones, realizadas básicamente por los bancos, mientras que la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y los organismos similares en el resto de Europa, debería vigilar la solvencia de las empresas que deciden buscar financiación a través de los mercados. La combinación de ambas serviría para ofrecer un ‘rating’, que para evitar ‘favoritimos’ debería contar con el visto bueno de autoridades similares en el corazón de Europa, ya sea por El Banco Central Europeo o por algún área de la Comisión Europea, incluso por algún organismo ‘supranacional’ de nueva creación, a la vista de la globalización de la economía. Sería otra buena medida para devolver la confianza a los mercados.

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