edición: 2363 , Miércoles, 13 diciembre 2017
15/12/2009

Hacer el planeta más habitable será un negocio de 8,2 billones de euros

Pedro González
Por  fuerza saldrá un acuerdo de la cumbre de la ONU sobre  el Cambio Climático. Seguramente, la mayoría de los dos centenares de jefes de Estado y de Gobierno que se reúnen en Copenhague no lo hacen por altruismo ni por su firme convencimiento en la necesidad de un mundo mejor. Su asistencia se debe en última instancia a sus propias apuestas por participar en el reparto del inmenso negocio que surgirá a partir de lo que se acabe rubricando en la capital danesa. En todo caso, y por primera vez desde que Naciones Unidas diera la voz de alarma sobre el cambio climático creando en 1988 el Panel Intergubernamental (IPCC) y organizando en Río de Janeiro la primera Cumbre de la Tierra, ya no hay ningún dirigente que cuestione la realidad de que la Tierra está sufriendo una violenta transformación, debida al menos en buena parte a la mano del hombre y al meteórico aumento de la emisión de gases de efecto invernadero.

Las disputas científicas han puesto incluso de manifiesto que los grandes grupos de intereses no han tenido escrúpulos a la hora de derramar ingentes cantidades de dinero para intentar desmentir, también con bases científicas claro está, el fenómeno del calentamiento global y sus dramáticas consecuencias.

Por razones distintas Estados Unidos y China, los dos máximos emisores de dióxido de carbono del planeta, se han resistido hasta ahora a suscribir acuerdos vinculantes en la lucha contra el calentamiento. Ambos países, secundados a distancia por la Unión Europea, India y Japón, han cimentado su desarrollo pasado y presente en las energías fósiles, cuya combustión es el principal contaminante de la atmósfera de todos.

Los poderosos lobbies energéticos, especialmente los del petróleo, han sido seguramente los primeros en darse cuenta de que las reservas mundiales de petróleo están prácticamente cuantificadas en su totalidad, de forma que será ya muy difícil hallar nuevos e importantes yacimientos. Teniendo en cuenta las reservas existentes y sus proyecciones de futuro, el mismo Centro de Investigación de la Energía del Reino Unido que cifraba el comienzo del declive en la producción del crudo en 2030, acaba de modificar sus previsiones para situarlas diez años antes, en 2020. En el análisis coinciden también otras agencias de Estados Unidos, Arabia Saudí y Francia, cuyas conclusiones han alertado a los líderes políticos y económicos de todos ellos. La consecuencia es que todos parecen coincidir en la necesidad de cambiar el modelo energético, es decir modificar sustancialmente el modelo productivo. Se trata en suma de promocionar una nueva revolución industrial, esta vez energética, lo que va a traducirse en un negocio de 8,2 billones de euros, según cifras avanzadas por la Agencia Internacional de la Energía.
 
La transición desde un modelo acostumbrado a quemar y contaminar a todo trapo hacia uno más limpio se traducirá en el progresivo reemplazamiento del petróleo y del carbón por las energías solar, eólica y nuclear, estabilizadas por otra parte las centrales hidroeléctricas existentes, es decir lo que se conoce como energías renovables. Pero, todo ello va a transformar radicalmente el transporte y las industrias que se ocupan de él: automóviles, camiones, barcos y aviones fundamentalmente, sectores todos ellos que sustentan decenas de millones de empleos en todo el mundo, y que significan en muchos casos el capítulo económico principal de no pocos países. A partir de ahí todo va en cascada, ya que la movilidad de lo que se produce, en la agricultura, la industria y los servicios, cambiará de arriba abajo los equilibrios financieros y económicos de países y continentes.

Después de muchos años de desencuentros los intereses de los empresarios del futuro y de los ecologistas coinciden, siquiera sea por razones distintas y diversas. Al margen de los antisistema de siempre, sempiternos buscadores del destrozo y de la bronca, la cumbre de Copenhague precisa por lo tanto de un acuerdo global, capaz también de ser asumido universalmente. Y, en este sentido, ¿quién va a oponerse a aportar los sacrificios necesarios para evitar que la temperatura media del planeta se eleve por encima de dos grados? Si, además, se ilusiona a las jóvenes generaciones con la promesa de abrir nuevos sectores de actividad económica en relación con esa transformación, caben pocas dudas entonces de que no habrá líder político que se atreva a cargar con la responsabilidad de oponerse, lo que sería tanto como convertirse en reo de seguir envenenando a toda la humanidad.

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