edición: 2362 , Martes, 12 diciembre 2017
16/09/2010

Impuestos, pensiones, inmigración y subvenciones polarizan el debate electoral en Suecia

Pedro González
A diferencia de la mayoría de los países europeos, donde la imagen de los líderes se impone sobre los programas de los partidos, en Suecia los electores prestan mucha más atención al debate de ideas que a las consignas y eslóganes de un poster electoral. Durante las tres cuartas partes del pasado siglo la socialdemocracia sueca implantó y desarrolló un modelo de estado de bienestar que constituía la meta a alcanzar por los países más avanzados. Un  modelo que se asentaba sobre los impuestos más altos del mundo, redistribuidos en unos generosísimos servicios públicos, con sanidad, educación y transportes a la cabeza de un sistema subvencionado en su casi práctica totalidad. La masiva inmigración de una parte, y la crisis del empleo por otra, pusieron al descubierto las primeras grietas del sistema, del que habían empezado a escaparse las grandes estrellas del cine o del deporte, que prefirieron marcharse de Suecia antes que tributar al fisco hasta el 80% de sus ganancias. La protección social atrajo a números inmigrantes de América Latina, Oriente Medio, África y Asia, hasta el punto de que hoy día uno de cada cuatro suecos no ha nacido en el país.

En las elecciones legislativas y municipales de este domingo vuelven a enfrentarse en realidad dos modelos de sociedad: por un lado el que encarna la Alianza, actualmente en el poder, una coalición de cuatro partidos de centro-derecha presidida por Fredik Reinfeldt, líder del Partido de Unión Moderada; por otro, la denominada Rödgröna, la coalición rojiverde, encabezada por el Partido Socialdemócrata, que dirige desde 2007 Mona Sahlin.

Reinfeldt le ha dado un importante hachazo a las prestaciones sociales a lo largo de la legislatura que ahora concluye. So pretexto de que la caja de la que salen las subvenciones al paro era gestionada por los sindicatos, rebajó del 95% al 55% la contribución del Estado a tales subvenciones y provocó un considerable aumento de las cotizaciones sindicales, que al ser voluntarias han motivado una estampida de más de medio millón de afiliados. Al mismo tiempo, endureció las condiciones para la percepción por un trabajador en paro de la subvención de 320 coronas (29 euros) diarias por desempleo, y sobre todo puso límites estrictos a las prestaciones sanitarias, antes de carácter ilimitado y, desde mediados de 2008, reducidas a un máximo del 80% del salario durante un año. En caso de enfermedad grave, la prestación puede prolongarse durante 550 días como máximo al 75% del salario. Cumplidos tales periodos, se pierde el derecho al seguro por enfermedad.

Estima el primer ministro Reinfeldt que, además del ahorro para el Estado que conllevan estos drásticos recortes sociales, ha conseguido “terminar con la cultura de la pasividad”, es decir con la adaptación de muchas personas, especialmente los jóvenes, a una subvención de carácter permanente tan solo por el hecho de existir. Explica, además, que esa contención ha servido para que Suecia capeara mejor la crisis que otros países de la Unión Europea, y promete seguir en la misma línea de favorecer la iniciativa privada y de premiar el esfuerzo personal. ¿Cómo? Mediante la bajada de la fiscalidad a la creación y desarrollo de empresas y a través de la venta de diversas partes de las acciones que el Estado posee aún en las grandes empresas. Los 100.000 millones de coronas (10.460 millones de euros) que recaudaría por este concepto, caso de ser reelegido, servirían para seguir amortizando la deuda pública, cifrada aún en el 42,8% del PIB.

Los integrantes de la coalición rojiverde preconizan por el contrario un mayor esfuerzo fiscal, conforme a un programa de gobierno donde la solidaridad es el eje de actuación fundamental. Mona Sahlin, la líder del Partido Socialdemócrata, no profundiza sin embargo en sus propuestas limitándose a proclamar que los electores deberán escoger “entre una política que creará más empleo y avanzará en la igualdad de sexos y una política que amplíe las desigualdades y provoque la exclusión social de más y más ciudadanos”.

En esta coalición son precisamente Los Verdes quienes tienen las mayores expectativas de aumentar su representación parlamentaria. Liderados por una figura muy popular, Maria Wetterstrand, preconizan una mayor apertura de fronteras –si bien han renunciado a su viejo eslogan de “papeles para todos”-, exigen una moratoria en la construcción de grandes superficies comerciales y una inversión masiva en ferrocarriles y tranvías que doble prácticamente el número de usuarios del transporte público en un decenio. Como los socialdemócratas, estiman que todo ello es imposible si no se mantiene la fiscalidad al menos en los índices actuales.

La gran incógnita de estas elecciones radica no obstante en si la extrema derecha del partido Demócratas Suecos de Jimmie Akesson conseguirá ó no el 4% necesario de sufragios para entrar en el Riksdag. Al igual que en otros países de Europa, su principal divisa consiste en restringir la inmigración, “que ha diluido la homogeneidad y la identidad de Suecia”. Tanto Akesson como el secretario general del partido, Björn Söder, quieren revisar los actuales permisos de residencia permanentes y reducir la presencia de extranjeros en un 90%. Exigen asimismo endurecer las condiciones para abortar y restringir los derechos concedidos a los homosexuales.

Dada la igualdad que los sondeos otorgan a los integrantes de las dos coaliciones, la irrupción de la extrema derecha en el Parlamento podría convertirle incluso en árbitro. Evitarlo solo sería posible si alguno de los partidos integrantes de una u otra coalición se pasara a la de enfrente, otro experimento inédito en Suecia.

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