edición: 2807 , Jueves, 19 septiembre 2019
11/06/2019

Indigente selva urbana

El paisaje urbano ha transmutado repentina y desaforadamente desde la plácida tranquilidad del tránsito de los viandantes hacia una suerte de locura, deriva irracional de una nueva industria cómplice de la también nueva pretendida maniobrabilidad y economía de los nuevos sistemas de transporte, con el turismo barato de las ciudades tomadas por patines, patinetes, bicis, bicicletas y balanceantes y veloces segways.

Puede servir la precedente como una descripción real por un desesperado ciudadano de la selva urbana en la que un falso desarrollismo tecnológico, urbanista o neoturista ha convertido algunas de nuestras ciudades. Cuando todavía permanecen presentes esas imágenes de nativos descalzos tirando a modo de animales de carga de vehículos de dos ruedas por el centro de Nueva Delhi o por el mismo Brazzaville congoleño con una pareja de occidentales, el peatón de una gran ciudad española se siente agobiado por el turismo invasor, expuesto a mil peligros en el tránsito regular por las aceras más céntricas.

Vehículos de la nueva era, patines invasores, bicicletas depredadoras, conductores todos con más derecho que nadie a la invasión y conquista de áreas urbanas que consiguen subir la tensión arterial hasta 20 y a veces algo más. Nuevos vehículos con ruedas y energía, con peligros pero sin normas ni reglas mínimas que cumplir. Por esto se puede hablar de selva urbana, también de salvajes urbanos y claro, también de salvajes políticos municipales urbanos.

Se diría que es lo peor para el tránsito humano, pero no, aún hay más. Se cierran calles al tráfago humano, se limitan itinerarios, brotan terrazas nuevas al tiempo que se consolidan las de años pasados. Espacios que dejan de serlo para el público porque mutan a privados espacios de ocio, para fumadores y guiris. Aceras invadidas, volúmenes excesivos de viandantes. En principio, se decía que la calle era de todos. Ahora no, ahora es para todo. La involución urbanística es un hecho que condena al ciudadano, al transeúnte y viandante a la más puta (perdón) indigencia. Es lo que hay.

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