edición: 2614 , Miércoles, 12 diciembre 2018
18/10/2010
Buen Gobierno

Integración y diálogo, las claves del “nuevo” gobierno corporativo

En la Internacional Corporate Governance Network se aboga por la responsabilidad conjunta de empresas e inversores institucionales
Beatriz Lorenzo

El tumultuoso escenario económico actual se ha convertido en el caldo de cultivo ideal para que proliferen nuevas tendencias de gestión corporativa, nuevos modelos que apuestan por una gestión integral cuajada de temas novedosos como la cada vez más intrincada relación Empresa-Estado, la necesidad de los consejos de administración de adaptarse a las nuevas realidades, los retos de los CEOs en el nuevo escenario económico más sostenible o la necesidad de Códigos de Buen Gobierno Corporativo como garantía de control y transparencia.

La necesidad de la responsabilidad conjunta de empresas e inversores a la hora de esbozar un buen gobierno corporativo es precisamente el tema que se ha tratado en la Internacional Corporate Governance Network celebrada en San Francisco la semana pasada. Se trata de abogar por la comunión de dos “reinos” que han permanecido tradicionalmente separados durante largo tiempo, apostando por un completo sistema de supervisión del riesgo y una estrategia apoyada en la comunicación veraz y fluida. Más allá de este compromiso, se aboga también por el diálogo entre accionistas y demás stakeholders como cauce para las mejores prácticas de buen gobierno.

A la hora de superar el perjudicial cortoplacismo, los inversores institucionales juegan un papel nada desdeñable. Incentivarlos y fidelizarlos es, para las empresas, el mejor modo de adoptar una estrategia a largo plazo. En este sentido, el Instituto Aspen  en su documento “Superar el Cortoplacismo: Una llamada para un enfoque más responsable en la Inversión y Gestión de Empresas” hace recomendaciones tales como mejorar las responsabilidades fiduciarias por parte de los intermediarios financieros y una mayor transparencia en la información al inversor, una figura que va adquiriendo cada vez un papel más sustancial.

El resultado de la aplicación de estas novedosas medidas sería la “resurrección” de la RSC en las compañías, algo realmente necesario teniendo en cuenta que esta herramienta ha estado sumida en una especie de letargo, hibernando por causa de las visiones cortoplacistas y el afán de satisfacer a los accionistas frente a los demás grupos de interés. El departamento de RSC de las empresas ha de ser potente e independiente, no estar supeditado, como ocurre en ocasiones a los de marketing o comunicación, pese a que es evidente que la responsabilidad corporativa no es una herramienta de publicidad.

En relación a otro aspecto importante, la gestión de los grupos de interés, destaca el artículo “Does Stakeholder Management have a Dark Side?” publicado por Journal of Business Ethics, el profesor del IESE Pascual Berrone, Carmelo Cennamo, profesor del IE, y Luis R. Gómez Mejía, de la Arizona State University, en el que advierten contra un exceso de optimismo respecto a la gestión de los grupos de interés, ya que ésta no siempre resulta tan positiva como se quiere hacer creer. Es evidente, que para una buena gestión de los grupos de interés la empresa debe considerar y equilibrar los intereses de las partes afectadas con unos baremos que vayan más allá del estricto cálculo económico.

COMUNICACIÓN FLUIDA

La importancia de la comunicación y la transparencia en el ámbito del gobierno corporativo no es una novedad. En 1927 Arthur Page, por entonces vicepresidente de comunicación de AT&T decía: “las empresas en un país democrático comienzan con el permiso del público y existen por su aprobación”. Décadas antes, en 1882, el industrial William Henry Vanderbilt afirmaba “ ¡Maldito público!. Yo trabajo para mis accionistas”. Estas dos formas opuestas de ver la gestión empresarial y de enfocar la comunicación siguen vigentes y diferenciadas hoy en día. En el artículo "A Cross-National Study of Corporate Governance and Employment Contracts", publicado en Business Ethics, A European Review, se echaba una mirada al modo en que empresas de todo el mundo conforman sus gobiernos corporativos, llegándose a la conclusión de que todo se reduce a dos modelos que compiten entre sí: el de los accionistas o modo de control externo y el de los grupos de interés o enfoque interno.

Relevante es también la teoría del  “desempeño social corporativo”, una síntesis que incluye principios de RSC expresados en niveles distintos: el institucional, organizacional e individual;  los procesos de responsabilidad social corporativa  y los resultados de la conducta corporativa. El epicentro de esta teoría de responsabilidad pública es que las empresas y la sociedad son dos sistemas interconectados y que las instituciones sociales son interdependientes. Bajo esta consideración las empresas deberían ser socialmente responsables porque ellas existen y operan en un hábitat compartido. En el capítulo "Corporate Social Responsability Theories", incluido en el libro "The Oxford Handbook of Corporate Social Responsibility", su autor Domenec Mèle, expone sin embargo que este modelo tiene varias debilidades, como la vaguedad del concepto de RSC y, más importante, la falta de integración entre ética y actividad empresarial. No se habla pues de ética, sino de demanda sociales. Y a pesar de las múltiples variantes teóricas, quedan todavía muchos expertos que sólo ven la RSC como cierto control social a la empresa o como una forma de dar una cara humana al capitalismo.

Finalmente, en los últimos tiempos abundan las teorías que sostienen que la empresa debe contribuir al bien social más allá de lo que las leyes indican y obligan. Se sugiere que un buen ciudadano corporativo es el que está activamente comprometido con promover "buenas actuaciones" de la empresa en la sociedad. Esta noción de ciudadanía inspira responsabilidades y derechos individuales en el seno de una comunidad política, teniendo como concepto clave la “participación” en la sociedad más que una serie de derechos y obligaciones individuales. Últimamente  ha cundido incluso el término de “ciudadanía corporativa global” que aúna la anterior definición al fenómeno de la globalización.

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