edición: 3073 , Viernes, 23 octubre 2020
01/02/2011

Israel se refuerza militarmente ante la ola revolucionaria árabe

Pedro González
La incertidumbre sobre la deriva final que tome Egipto ha encendido todas las alarmas en Israel, que hoy más que nunca considera reales las amenazas a su seguridad y a su existencia. La toma del poder en Líbano por Hizbolah, organización islamista creada y sostenida por Irán, ya fue la primera señal en desatar las alarmas, que silban ahora con mayor estridencia ante el caos y el vacío de poder egipcio. Con relativa discreción tanto las fuerzas armadas como los servicios secretos israelíes están procediendo a reforzar considerablemente sus fronteras con estos dos vecinos, aunque también temen una posible alteración sustancial en Siria, donde está convocada una “jornada de la ira” para dentro de dos semanas, y en Jordania, cuya monarquía contiene la respiración también ante lo que pueda ocurrir en Egipto.

Omar Suleiman, el primer ministro nombrado con carácter de emergencia por Hosni Mubarak, y sin duda el hombre que más secretos conoce en todo Oriente Medio junto con el jefe del Mossad, ha sostenido ya varias conversaciones telefónicas con su nuevo homólogo, Benjamin Netanyahu. En todas ellas le ha asegurado que Egipto no es ni Túnez ni Líbano. Tiene toda la razón, porque si el régimen de Mubarak desembocara en un islamismo con la sharía como la base de su legislatura, el mundo árabe bascularía por completo. Tanto es así que los temores israelíes son compartidos, desde otra óptica diferente, claro está, por Arabia Saudí y los Emiratos, sabedores de que los vientos revolucionarios podrían convertirse en auténticos huracanes en sus respectivos territorios.

La importancia estratégica egipcia es incuestionable. Gracias a los Acuerdos de Camp David de 1979, Israel ha tenido en El Cairo uno de los diques de contención frente a sus enemigos de Líbano, Siria e Irán. Una alianza que no ha sido gratis, puesto que Mubarak ha recibido todos los años el equivalente a 1.500 millones de dólares, la mayor parte de ellos en ayuda militar, fundamental para mantener un decente nivel de equipamiento de su ejército, institución que será decisiva en cualquier caso en el desenlace final de la revolución egipcia.

Por otra parte, la desconfianza israelí hacia su aliado norteamericano se está acentuando estos días ante el giro operado por el presidente Obama, que ha pasado de sostener al presidente egipcio a exigirle reformas contundentes. Es evidente que la estrategia de sostén a los dictadores se ha trocado en la contemplación de otras posibilidades, visto que ya no garantizan sus intereses ante el tsunami popular. Pero, desde Israel se estima que esta modificación demostraría la fragilidad de los lazos no con Estados Unidos en conjunto sino con algunos de sus presidentes. A este respecto, un analista tan ácido como Aluf Ben escribe en el diario Haaretz que “Carter entró en la historia como el presidente que perdió Irán, que se convirtió en una república islámica. Obama será recordado como el mandatario que perdió Turquía, Líbano y Egipto”.

De momento se trata de evitar que tan dramática predicción se consume, para lo cual la apuesta por Mohamed El Baradei es prácticamente la única que goza de la suficiente respetabilidad general como para que israelíes, norteamericanos y europeos (éstos, a rebufo de los acontecimientos, como corresponde a su ostensible falta de liderazgo), le presten su apoyo. Eso significa que Mubarak, se ponga como se ponga, tiene que irse, porque nadie se va a conformar con menos. Y, en su lugar, tener muy presentes los errores cometidos en y con Irán hace ya más de tres décadas cuando nadie previó las consecuencias de entronizar a Jomeini como líder máximo. En Egipto los islamistas de los Hermanos Musulmanes afirman reconocer como líder de la transición a El Baradei. En su día, también Jomeini respaldó inicialmente al presidente civil Bani Sadr y al primer ministro Chapur Baktiar, reconvertidos en enemigos y candidatos a la horca tan pronto como se rebelaron, una vez percatados de la deriva de totalitarismo religioso que se les quería imponer.

El Baradei es sin duda la personalidad política más coherente y respetada de lo que podría llamarse oposición. Como líder durante trece años del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) no se avino ni a las tretas de Irán ni a las exigencias del presidente Bush para que respaldara la invasión de Irak con certificados inverosímiles sobre los presuntos arsenales de Sadam Husein. Ese prestigio es el que le sitúa como el único candidato al que tanto occidentales como árabes ven por lo tanto con buenos ojos. Como ha dicho el propio El Baradei “es imposible la vuelta atrás”, y cuanto más tarde Mubarak en desalojar la poltrona, más incertidumbre y más sufrimiento acarreará tanto a su país como a los aliados que sostuvieron su dictadura.

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