edición: 2844 , Martes, 12 noviembre 2019
05/03/2013
Mariano Rajoy, fiel al `diktat´

Italia y Francia agitan la reacción para un cambio en Bruselas

España, al margen, se juega la calificación de la deuda y el consiguiente abandono de la banca
Juan José González

“Haremos todo lo necesario para la supervivencia del euro. Créanme, será suficiente” El crédito a estas palabras de Mario Draghi, presidente del BCE, datan de julio pasado, siete meses, un plazo suficientemente amplio para obtener algo más que un cambio de tendencia y confirmar que a corto plazo el euro no se `rompe´. Desde entonces, tan sólo una cuarta parte de la inversión privada que había abandonado los países periféricos, ha regresado. Pobre balance, indicativo del escaso crédito de aquéllas palabras. Y más pobre aún si se tiene en cuenta que desde entonces apenas se ha avanzado en política común. El resultado de las elecciones italianas viene a añadir más leña al fuego, y sirve para seguir restando crédito a la política del BCE. La contestación a Draghi no termina ahí. Ahora es Francia la que alza la voz.

Francia se suma a Italia, reacciona y eleva el tono de una oposición que va sumando adeptos poco a poco. El ministro galo Arnaud Montebourg, reprocha al banco central la falta de “activismo” para solucionar la crisis y proclama, el BCE “no se ocupa ni del crecimiento ni de los parados”. Lo cierto es que la Europa común es a día de hoy un olla a presión vigilada de cerca por el BCE, función encomendada por los `socios del norte´. Pero la situación, antes que parecer estable, parece haberse convertido en un campo de minas, donde cualquier pisada en falso puede precipitar una explosión en cadena.

Las medidas aplicadas por el BCE, parecen estar aportando la cantidad suficiente de oxígeno para superar el día. Una situación engañosa que enmascara la realidad. Desde las elecciones en Italia, los inversores exigen más rentabilidad a sus bonos, al igual que los portugueses. Los bonos españoles parecen haberse instalado en una zona de más menos 40 puntos básicos, y las últimas subastan reflejan un moderado apetito por la deuda del Tesoro español, mejor situada la de tres años (caída de tipos) que la de diez (tipos altos pero estables).

En otras palabras, la actividad del BCE se concreta en la intervención de mercado, en las compras de bonos con vencimiento a tres años, un plazo que los inversores consideran más seguro, con menor riesgo. Un plazo en el que los inversores confían, pues parece que es el elegido por el BCE para emplearse a fondo, llegado el caso de agravamiento de la situación. Pero que la deuda de algunos socios se haya comportado razonablemente bien en los últimos meses, no significa que los problemas hayan desaparecido ni que el Banco Central Europeo haya terminado su trabajo.

El escenario que hoy preocupa a Francia es el que ya conoce España e Italia, que no es otro sino un aumento de la prima de riesgo fruto de las tensiones económicas. Francia no asiste pasiva a ver el avance diario del riesgo país. Por eso comienza a presionar de forma activa sobre Bruselas para que proponga más soluciones para superar la crisis. El Gobierno español, sin embargo, sigue fiel el `diktat´ alemán, consciente del deterioro de la situación laboral, económica y también política. Una postura que le reporta un fuerte desgaste político en el Parlamento, así como una generalizada opinión pública que demanda su corrección.

Entretanto, la posición española, cada día más debilitada, a tenor de los indicadores económicos, se enfrenta ahora a su más difícil todavía. En las próximas semanas, el Gobierno deberá conseguir el doble salto mortal que conlleva evitar una rebaja de la calificación soberana así como mantener el compromiso (confianza) de la banca española para seguir financiando la deuda.

La calificación de la deuda española camina al filo de lo imposible, a expensas de un mal resultado económico más grave. Éste puede venir de las cuentas públicas, aún sin control suficiente, o de una opinión negativa de Bruselas sobre la `sinceridad´ del déficit real comunicado recientemente por el Ejecutivo. Porque una rebaja de la calificación por parte de las dos agencias que sitúan a España en el escalón inmediatamente superior a bono basura, aseguraría el desastre. Y en ese escenario, difícilmente se encontrarían entidades financieras españolas dispuestas a seguir prestando apoyo incondicional al Tesoro Público, y por tanto, al Gobierno. De ahí que no haría mal el Ejecutivo español si tomara ejemplo del francés para demandar más “activismo” al BCE, que se ocupe del crecimiento y de los parados.

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