edición: 2807 , Jueves, 19 septiembre 2019
31/05/2019
Multas y amenazas que no intimidan al Gobierno

Italia decide aplicar su propia fórmula, más deuda, para mejorar su economía

Las autoridades italianas mantendrán el pulso con Bruselas porque no están dispuestos a aceptar los criterios de deuda, no les importa el euro
Juan José González
El tiempo se agota para los Estados que, como Italia, registran los endeudamientos más elevados en la Eurozona. El BCE, sin éxito en su relación con las autoridades italianas, intenta que estas apliquen la disciplina monetaria de la Unión para corregir los desequilibrios de su economía y para evitar los riesgos, ya evidentes, de contagio al resto de socios europeos. La tercera economía de la Eurozona es así una bomba en potencia, cuya explosión sería dramática para la vida de la moneda única y por tanto para la economía de los socios de la Unión Europea. Las autoridades italianas no son ajenas a los posibles efectos de la deflagración, si bien, no parecen encajar bien los avisos de una Comisión Europea dispuesta a abrir un procedimiento sancionador por déficit excesivo, y reiterado. Todo depende de la comunicación que envíe Bruselas a Roma y de la reacción del Gobierno italiano a las peticiones, sanciones, amenazas o adelanto de multas (que podrían alcanzar los 3.500 millones de euros anuales) si éste se mantiene en sus trece, díscolo y remiso a aceptar los criterios de deuda de Bruselas. El ejecutivo italiano se siente fuerte y respaldado por las urnas. Se sabe tan importante en función del peso que representa como tercera economía de la Unión Europea, y conoce los riesgos de su postura poco ortodoxa respecto al control de la deuda. Fuerza y seguridad que le mantienen firme en su posición de arreglar sus problemas a su manera. La salud del euro, que debe cuidar el BCE, es para Italia una cuestión auxiliar.
Malas noticias para el euro. Las formaciones políticas más críticas con las políticas de la Unión Europea han ganado espacio en Italia, lo que en términos políticos significa contar con mayor fuerza en el interior para oponerse o resistir las órdenes procedentes de las instituciones europeas en asuntos, principalmente, de política fiscal y monetaria. Los mercados, y en general las grandes compañías y los inversores extranjeros, parecen encajar a la perfección la política de los nuevos gestores italianos. Al contrario que las autoridades de Bruselas y Fráncfort, más preocupadas por el efecto que sobre la moneda única puedan proyectar las medidas del gobierno populista.

El problema de Italia, en particular, el económico, demanda una solución colectiva. Ahora, de un tiempo a esta parte, no hay problema económico de un Estado miembro que éste pueda resolver en solitario, puesto que los tratamientos de los desequilibrios fiscales y monetarios requieren una terapia de grupo, apoyada en el ámbito de las instituciones europeas, dentro de la ortodoxia y normas del Banco Central Europeo, siguiendo los criterios de disciplina presupuestaria que marca la institución monetaria. Y las autoridades italianas siempre se han mostrado remisas y díscolas a aceptar el orden, método y obediencia de las autoridades de Bruselas y Fráncfort.

Es probable que esta postura política de las autoridades italianas esté provocada o, más bien, amparada, en ese margen invisible que supone la confianza de contar con un italiano como primer responsable del supervisor económico y financiero como Mario Draghi (además de otros italianos como el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani) les permita a las autoridades políticas italianas mantener a modo de dispensa una postura de resistencia e insubordinación (lindando con la rebeldía) con la Unión Europea. Si esta conexión italiana -de carácter gentilicio- con el presidente Draghi, se viera interrumpida con el cambio de titular en el BCE, los riesgos potenciales de un conflicto abierto, serían evidentes.

En cualquier caso, los riesgos potenciales que los nuevos políticos radicales en el poder italiano suponen para la estabilidad de la moneda común europea son tan elevados y graves como para hundir a la divisa europea. Porque no debe perderse de vista que Italia es la tercera economía de la Eurozona, que en la actualidad registra una deuda pública del 133,7% para el año en curso y del 135% para 2020, y un déficit que superaría el 3,5% el límite fijado por las autoridades europeas en el pacto de estabilidad y crecimiento.

El problema, que reviste cierta gravedad, es que al tratarse de la tercera economía de la Eurozona el peso del problema que se les presenta a las autoridades europeas es proporcional al volumen que representa su deuda (135% del PIB en 2019) al que hay que sumar el escaso crecimiento de su economía previsto para 2019 en el 0,2% tras revisarlo desde el 1%, lo que deja un estrecho margen para la recuperación de las cuentas públicas y con el agravante de que el tiempo de tipos de interés bajos (menor coste para la deuda) se agota inexorablemente. Una situación negativa que, sin embargo, parece servir de excusa a las autoridades para desobedecer las exigencias de la Unión Europea. Quizá Italia ha decidido resolver los desequilibrios en solitario, a su manera y por tanto, malas noticias para el euro.

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