edición: 2977 , Viernes, 29 mayo 2020
15/03/2011

Japón afronta su enésimo apocalipsis

Pedro González
Fueron 130.000 millones de dólares las pérdidas causadas por el terremoto de Kobe, mucho más benigno, en 1995. Las de este gigantesco seísmo y su posterior tsunami podrían multiplicarse finalmente por dos, sin contar por supuesto las consecuencias aún por ver de las explosiones en la central nuclear de Fukushima y lo que pueda pasar en las de Onagawa y Tokai. Las sombras del apocalipsis se han diseminado por todo el mundo a partir del país probablemente más sacudido por toda la gama posible de catástrofes, tanto naturales como provocadas por el hombre.

“Estamos sometidos a una prueba decisiva sobre si nosotros, el pueblo japonés, podemos superar esta crisis”, clamaba el primer ministro Naoto Kan en un llamamiento a sus compatriotas con indudables acentos churchillianos. Y es que, sin duda, Japón se enfrenta a sus peores momentos desde la Segunda Guerra Mundial. Las dantescas imágenes de Hiroshima y Nagasaki tras sufrir los primeros, y hasta ahora únicos, ataques atómicos contra una población civil en la historia, no difieren en mucho de la devastación que muestran los abundantes testimonios gráficos que glosan este escalofriante rugido de la Naturaleza.

Pero, Japón ha dado siempre sobradas muestras de su capacidad de resurgimiento. Perdió todas sus conquistas imperiales en Asia con la derrota de 1945, pero el país se situó poco más de dos décadas después como la segunda economía del mundo, un lugar del que no se ha movido precisamente hasta 2010, en que el gran gigante emergente que es China le ha rebasado. Ha capeado con éxito incuestionable no solo la crisis que le hizo cambiar su modelo de sociedad a partir de 1990, sino también las consecuencias de aquel terremoto de Kobe, que hizo retroceder su PIB en más de 2 puntos. Ahora, el primer ministro cifra en 8 puntos del PIB los que costará esta diabólica combinación de terremoto-maremoto y desastre nuclear.

Además de las infraestructuras, las propiedades privadas afectadas por la catástrofe pueden alcanzar cifras en torno a los 50.000 millones de dólares, lo que influirá en las cuentas de resultados tanto de las propias aseguradoras japonesas como de las grandes compañías reaseguradoras mundiales. Además del descenso de la potencia eléctrica derivada de las 11 centrales afectadas, gran número de industrias, en especial las automovilísticas están paralizadas. Toyota, Nissan, Honda y Suzuki siguen cerradas y aún habrán de estarlo por algún tiempo, no solo a causa de sus propios daños sino también porque toda la logística de transporte en torno a sus factorías está completamente devastada, de manera que será imposible transportar su producción al exterior.
 
Nada de ello, en todo caso, durará eternamente. La acreditada disciplina del pueblo japonés volverá a poner en pie todo lo destruido, e incluso mejorará aún más su capacidad de innovación, espoleada nuevamente por esta descomunal desgracia. Lejos de amilanarse, el gobierno de Kan reaccionó de inmediato con medidas de emergencia que cubrían todos los flancos: desde la movilización de más de 100.000 soldados, 80 aviones, 250 helicópteros y 40 barcos, para ayudar en las tareas de rescate y emergencia hasta el respaldo al Banco de Japón para inyectar de inmediato 55.000 millones de yenes a una decena de bancos implantados en el norte del país, a fin de que dispongan de la liquidez suficiente para ayudar a reactivar las actividades económicas en la zona siniestrada.

Afortunadamente, los grandes centros tecnológicos japoneses, situados en torno a la antigua capital imperial, Kyoto, están intactos y trabajan a pleno rendimiento, sometidos no obstante a los posibles cortes de suministro eléctrico.

Japón precisará a todas luces de un paquete de ayudas internacionales que impulsen de nuevo su reconstrucción. De algún modo, ello incrementará la deuda del país, situada actualmente en el 225,8% del PIB. Pero, precisamente el impulso de la reconstrucción dará seguramente un nuevo impulso al crecimiento tras el bajonazo momentáneo causado por esta catástrofe. La tradición y experiencia de las anteriores seguirá las mismas pautas también en esta ocasión.

En el resto del mundo, además de analizarse las venganzas que de tiempo en tiempo se toma la Naturaleza por los atentados que el género humano le causa a diario, ha resurgido el debate acerca de la energía nuclear. La popularidad de las centrales había sufrido un revés brutal con el desastre de la ucraniana  Chernóbil en 1986, matizado desde principios de este siglo por la escalada meteórica de los precios de gas y petróleo, la demanda exigida por las potencias emergentes y la carestía e insuficiencias que aún presentan otras alternativas como la eólica o la solar. Además de todos los argumentos a favor y en contra, lo cierto es que los enormes niveles de seguridad alcanzados han paliado, claro que sí, las consecuencias de una explosión nuclear, pero no han impedido anular por completo el zarpazo letal de una Naturaleza enojada.

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