edición: 2328 , Lunes, 23 octubre 2017
11/12/2009

Jerusalén, tres veces santa, símbolo de una tensión que rebasa el conflicto israelo-palestino

Pedro González
Cientos de luces verdes jalonan las orillas de la autopista Yithzak Rabin, que une las principales ciudades de Israel hasta Haifa, casi en la frontera con Líbano. Cuando ese itinerario se realiza de noche, tales focos verdes parecen multiplicarse como una gran constelación de estrellas. Señalan las múltiples mezquitas edificadas en las aldeas árabes de Israel, las que concentran una población que ya supone el 20% del total del país. En teoría son árabes israelíes, es decir con los mismos derechos que cualquier ciudadano judío. En la práctica constituyen un recordatorio permanente de que sobre esa tierra hubo hasta 1948 una mayoría de población árabe, palestina, que pasó a ser minoritaria tras la resolución de la ONU decretando la partición del territorio en dos Estados. La no aceptación palestina entonces de dicha resolución, la subsiguiente guerra árabo-israelí y la derrota y diáspora final de la mayoría de aquella población palestina, facilitó que Israel se desarrollara como Estado único y confinara a los árabes que no huyeron en sus viejos y pequeños asentamientos. Les concedió derechos ciudadanos y políticos que, a fecha de hoy, se traducen en una representación de siete diputados en la Knesset.

Pero, basta recorrer esos territorios para confirmar que, muros y barreras al margen, judíos y árabes no conviven; todo lo más coexisten en sus respectivas áreas, entre las que se observan enormes diferencias de desarrollo y calidad de servicios. Esa brecha se traduce en un nuevo inconveniente para el Gobierno de Israel: los asentamientos árabes registran incrementos de natalidad muy superiores a los de la población judía, lo que redunda en mayores demandas de derechos y servicios, es decir en considerables aumentos de las fricciones y las tensiones diarias entre ambas comunidades.
 
El Gobierno de Benjamin Netanyahu no es el primero en detectar que esa población árabe alberga un sentimiento nacional palestino muy por encima de su ciudadanía israelí, y que constituirían presuntamente de buena gana una quinta columna en caso de enfrentamiento. En la estrategia israelí, lo ideal sería que esa población árabe decidiera marcharse del país, en vista de cuyo objetivo habría que enmarcar esa profunda diferencia a la baja en la calidad de vida de que disfrutan los árabes ciudadanos de Israel.

Es en ese contexto que la Unión Europea ha dado el paso de impulsar el reconocimiento de Jerusalén Este como capital del futuro Estado palestino, reivindicación que Israel rechaza de plano. Sobre el terreno, basta recorrer la zona oriental de la ciudad tres veces santa para comprobar que apenas si hay judíos que vivan o trabajen en dicho sector, anexionado tras la guerra de 1967. Ello no obsta para que Israel reclame a la totalidad de Jerusalén como la capital única e indivisible del Estado judío. Sin embargo, esa intransigencia habrá de atemperarse tarde o temprano, ya que para el futuro Estado palestino esa reivindicación, por su propia naturaleza, también es  a su vez incuestionable.
 
No hay muchos casos en los que una misma ciudad sea la capital de dos Estados diferentes. Berlín Este lo fue de la extinta RDA, mientras que la República Federal de Alemania la establecía provisionalmente en Bonn hasta la unificación del país. Nicosia es la capital del Chipre integrado en la Unión Europea, pero su zona norte lo es a su vez de un Estado reconocido únicamente por Turquía. La bicapitalidad de Jerusalén puede ser una parte de la solución del problema israelo-palestino. No tiene más posibilidad que esa o bien la internacionalización de la ciudad, un status ya superado y al que en ningún caso se avendría Israel. Ciertamente, la declaración final de la Unión Europea está muy rebajada respecto del primer borrador, pero aún así, con este paso, la UE ofrece un primer gesto en esa dirección, a pesar de las primeras y airadas respuestas del gobierno de Netanyahu. Es por lo menos un esfuerzo, ideado por la presidencia sueca de la UE, para sajar el emponzoñado quiste del conflicto árabe-israelí.

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