edición: 2409 , Lunes, 19 febrero 2018
14/01/2013
Los acuerdos comerciales de Petrocaribe y la financiación venezolana a sus aliados sobrevuelan La Habana

La ausencia de Chávez convierte a su sucesión en uno de los momentos más delicados de la región y de Iberoamérica

Carlos Schwartz

El acto de asunción del nuevo Gobierno de Venezuela en ausencia de su presidente electo Hugo Chávez marca todas las contradicciones del régimen mientras el líder ingresado en La Habana por su grave dolencia se encuentra obviamente impedido de comunicarse con sus seguidores. Está claro que Chávez había previsto la posibilidad de no poder asumir el Gobierno el 10 de enero pasado. Es por ello que había designado sucesor como candidato para unas nuevas elecciones generales al vicepresidente Nicolás Maduro. El presidente electo tomó esa decisión antes de marcharse a La Habana y la comunicó públicamente. Es evidente que su razonamiento se refería tanto a la posibilidad de su desaparición física, como a la posibilidad de su incapacidad. En esencia el razonamiento es que la sustitución de Chávez al frente del Gobierno requiere ser refrendado de forma directa, y no gobernar por mandato. La posición única del presidente electo en el arbitraje político no puede operar por transustanciación de esa capacidad en otro líder.

A Chávez no se le escapó que para actuar con tanta autoridad como él, la legitimidad ante la masa de seguidores se debía obtener por vía electoral. Ocurre que tanto Maduro, como el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, se han encontrado con que de hacerlo quedarían colocados en el lugar de los que desplazan del poder al líder enfermo sin que este haya desaparecido o admita su incapacidad de forma pública. Es la oposición la que exige que sea Cabello quien asuma interinamente y convoque a elecciones, lo cual deja a esas fuerzas ante los seguidores de Chávez, mayoritarios en el país, en el lugar de expropiadores de la voluntad popular. Si la situación se dilata el Gobierno ejercido por Maduro va a sufrir un desgaste considerable a causa de las dificultades económicas que enfrenta el Gobierno. La escasez de divisas, el tipo de cambio artificial, una devaluación pendiente que lleva un año de retraso, la escasez de productos de primera necesidad. Es inevitable que esa situación erosione al poder y genere conflictos sociales.

Sin embargo, no hay una salida fácil a este equilibrio precario, entre otras cosas porque la propia oposición pasa por sus horas más bajas. Mientras, el telón de fondo de este drama político está formado por la precariedad de los clientes de Petrocaribe. La sociedad es la encargada de abastecer de combustible a las naciones de la región. Cuba en primer lugar, Nicaragua, República Dominicana y el resto de los países de la región sin recursos energéticos dependen del régimen privilegiado establecido con Venezuela. Petróleos de Venezuela (PDVSA) comercializa combustible para la región contra una parte de pago en especie. Es decir que en lugar de divisas recibe otras materias primas, comestibles y textiles. Dos tercios del petróleo que abastece a Cuba llega de Venezuela y se paga en especie. La suspensión de este acuerdo sumiría a la isla gobernada por Raúl Castro en el caos económico y en un nuevo “periodo especial” como el que se inició con la caída de la Unión Soviética. Pero el golpe no solo sería intolerable para Cuba, sería igual de duro para Nicaragua como para República Dominicana.

Mientras, una sombra se proyecta sobre el resto de los países de la región aliados de Venezuela en menor o mayor medida, ya que el régimen de Chávez ha prestado auxilio financiero de última instancia a varios regímenes en momento críticos, como ha sido el caso de Argentina. De allí que no resultó ninguna sorpresa la convergencia en Caracas el 10 de enero de los mandatarios de la región para la asunción del nuevo Gobierno en ausencia de su presidente. Tanto sobre el Caribe, como sobre el resto de la región, sobrevuela la preocupación de que el resultado de la transición en Venezuela suponga a medio plazo la revisión de los acuerdos comerciales que han dado oxígeno a economías que de otra forma hubieran atravesado por situaciones de profundo deterioro. Como es evidente, la situación en Venezuela puede determinar en el medio plazo la velocidad de una transición en Cuba. Algo que difícilmente pase desapercibido a Washington. Los tiempos en este proceso se han convertido en una verdadera divisoria de aguas.

Cuanto más se extienda la convalecencia del presidente sin claridad sobre su capacidad de retomar su trabajo, más deterioro para el gobierno en funciones. Por otro lado la dificultad política para Maduro y Cabello de excluirlo, por el efecto ante sus seguidores, y convocar elecciones atenta directamente contra su capacidad de obtener un referendo directo que les legitime ante un momento económico muy delicado. En este cuadro la acción de gobernar los someterá a un desgaste significativo. La opción de gobernar sin tomar decisiones de calado, no va a mejorar la situación.

Esto pone de relieve la importancia de los tiempos en que se tomen las decisiones y se desencadenen los hechos. Esta claro a estas alturas que la falta de transparencia sobre el estado real de salud del presidente electo atenta en primer lugar contra la propia transición. Ya que, si su situación es irreversible y la incapacidad fuese manifiesta, nadie podría acusar a Maduro de desplazar al líder en beneficio propio en el caso de convocar nuevas elecciones. Si no hubiese incapacidad, oficialismo y oposición podrían zanjar parte de su enfrentamiento. El erróneo secretismo que rodea los acontecimientos parece inspirado por la dirección cubana.

De lo que no cabe la menor duda es que el estado de volatilidad de la sociedad venezolana hace de las próximas semanas caldo de cultivo de potenciales enfrentamientos dentro de la propia población. En este contexto el ejército puede convertirse en el único árbitro final de la situación.

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