edición: 2361 , Lunes, 11 diciembre 2017
09/12/2016
banca 
Cuando el supervisor es el mejor aliado

La ayuda interesada del BCE a Monte dei Paschi

Distinta vara de medir problemas y soluciones según el tamaño e influencia del socio
Juan José González
Desactivar la bomba de relojería que es hoy el Banco Monte dei Paschi parece que pasa, obligatoriamente, por la aportación de dinero público. Se arreglaría así, pero sólo en parte, una detonación que alcanzaría al sistema financiero italiano y, de rebote, al resto de Europa. Seguramente que en tiempos pasados recientes, con una Bankia en España con problemas graves de solvencia -que forzaron su intervención por las autoridades- Bruselas habría forzado otra solución, incluso se habría planteado la liquidación sino fuera por el carácter sistémico local que representaba entonces. Al margen de la entidad española, también intervenida, por tanto, con dinero del contribuyente, la crisis de la entidad italiana parece indicar que el problema es de mayor calibre que el conocido públicamente, superior al de la entidad española citada en el ejemplo, así como también de más graves efectos para el sector financiero europeo. La actitud permisiva y cómplice del BCE y de las autoridades de Bruselas dan pie para las interpretaciones más catastróficas. Para la banca italiana y también para la europea.
Aseguran expertos del sector financiero que la actitud complaciente de las autoridades de Bruselas con la solución adoptada por las autoridades italianas en la crisis del Monte dei Paschi, debe generar tantos y tan poderosos argumentos al BCE como para justificar su actitud así como la del Gobierno italiano. Una postura, la del BCE, que muestra un talante que para si hubieran deseado las autoridades españolas en otros tiempos -no lejanos en el tiempo- y situaciones políticas y sociales más incómodos y peligrosos para la economía. Por tanto, la sensación de compromiso -y también de complicidad- de las autoridades europeas en la crisis de la entidad italiana, lleva a pensar que la gravedad de los problemas es mayor de la que aparenta así como el riesgo de contagio sectorial debe ser igualmente considerable.

Lo cierto es que tanto el banco italiano como los movimientos de la autoridad supervisora bancaria son ahora centro de atención por parte de la comunidad financiera europea, pues la solución adoptada en la crisis de esta entidad puede servir como precedente para las próximas, para las que salgan a la luz el próximo año. Pero no sólo es el centro de atención por la forma de solucionarla sino también por la situación comprometida en el que se encuentra el sistema bancario italiano. Es decir, el escenario en el que tiene lugar la crisis de Monte dei Paschi es desalentador, con una economía sin crecimiento a corto plazo, con casi 360.000 millones de euros en crédito moroso y 180.000 millones de euros en bonos bancarios de clientes no institucionales, es decir, particulares.

Por tanto, la crisis de Monte dei Paschi no es sólo un caso aislado, sino el reflejo y punta del iceberg de un problema financiero grave. La morosidad, disparada y sin solución a corto plazo, acaba de forma inexorable en necesidad de capital nuevo, de recapitalización que, según los expertos no sería inferior a los 50.000 millones de euros. Así las cosas, y ante la ausencia de inversores interesados, la única vía de salvación que puede encontrar el sector es por la vía de la inyección de capital público, un rescate que, dada la gravedad de la situación requeriría el rescate urgente de Monte dei Paschi.

Sin embargo, y en comparación con otros rescates bancarios -caso del español- el italiano tendrá un mayor coste, dado que ahora la normativa es más protectora con el contribuyente y más dura, o severa, con los inversores institucionales o bonistas, a los que se les aplica por norma una quita del 8% de los pasivos del banco. En principio, si los bonistas son institucionales no debería ser mayor problema, pues al tratarse de sociedades e inversores conocedores de los riesgos de todos los activos del mercado, se entiende que la pérdida estaría contemplada en el guion de su actividad. 

Pero el problema ahora en Monte dei Paschi es que, como en su día las preferentes y otros activos financieros en el mercado español, colocados entre inversores particulares, no institucionales y clientes y ahorradores de algunas entidades bancarias, los bonos del banco están en las carteras de los clientes pequeños, 39.000 accionistas que verían sus bonos convertidos sus bonos en acciones. La solución, por tanto, pasaría por la inyección del Estado italiano por un valor estimado en 2.500 millones de euros que irían, en buena parte, a dar liquidez suficiente a los potenciales vendedores de bonos, que renunciarían a su conversión en acciones. Llama la atención la complicidad del BCE, dando por buena la solución del Ejecutivo italiano, un rescate puro y duro, antes negado hasta la saciedad pero ahora obligado y consentido por Bruselas, distinta vara de medir los problemas según se trate del calibre o influencia del socio.

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