edición: 2745 , Lunes, 24 junio 2019
15/09/2011

La batalla por el estado palestino, decisiva para el futuro de la alianza entre Israel y Estados Unidos

Pedro González
Aumenta por momentos la presión en Oriente Próximo a propósito de la inminente solicitud de la Autoridad Palestina para que Naciones Unidas reconozca a Palestina, al menos como Estado no miembro del foro mundial. Un estatus inferior al de miembro de pleno derecho, pero que abriría la vía para que los palestinos se integraran en organizaciones vinculadas, y las usara para oponerse, por ejemplo, a la ocupación israelí de Cisjordania y Jerusalén Este. El viaje que el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan a Egipto, Túnez y Libia, y especialmente su comparecencia ante el pleno de la Liga Árabe en El Cairo, ha desatado una euforia incontenible en el ámbito musulmán a favor del reconocimiento del Estado palestino.

Erigiéndose en el líder musulmán del momento, Erdogan enardeció a sus colegas de la Liga Árabe al afirmar, en un discurso encendido e incendiario, que el reconocimiento del Estado palestino por el Consejo de Seguridad “era una obligación y no una opción”, y que ya había llegado el momento de que se izase “su bandera en el edificio neoyorkino de la ONU”. Asumiendo las posiciones árabes más extremistas, Erdogan acusó al gobierno israelí de “constituir una barrera para la paz de la región”, afirmaciones todas ellas que le han servido para constituirse en el dirigente providencial que, a modo de guía, estaban esperando las masas árabes. Antes incluso de estas frases desgranadas en El Cairo, diversos estudios de opinión pública señalaban ya que un 80% de las poblaciones árabes “aman a Turquía”, un dato que contrasta con el que apenas una década antes consideraba que Ankara era un aliado cómplice e incondicional de Occidente, y por lo tanto distante de los intereses de los países árabes.

Será, pues, la próxima semana que Mahmud Abbas dé el paso decisivo de presentar la solicitud de reconocimiento, movimiento cuyas consecuencias más inmediatas serán aislar un poco más a Israel y provocar un decrecimiento de la ya menguada influencia de Estados Unidos en el Próximo Oriente. El propio Abbas está multiplicando los llamamientos a la calma de los palestinos, consciente de que se celebrarán numerosas manifestaciones en Gaza y Cisjordania con grave riesgo de que se desborden.

No es solamente la prospección del entorno del presidente palestino. En el lado israelí, personalidades como Amos Yadlin, ex jefe de inteligencia de Tsahal, el ejército israelí, advierten de que el malestar no se limitará a Cisjordania. “Todo Oriente Medio puede arder. La ley de las consecuencias no deseadas funcionará duramente en los próximos meses”, declaraba Yadlin a la radio israelí.

Como Yadlin, numerosos especialistas hebreos temen que el vigente acuerdo de paz egipcio-israelí de 1979 penda de un hilo, y que sean las futuras elecciones generales en Egipto las que determinen su posible ruptura. A día de hoy, existe una convicción mayoritaria de que, una vez eliminado Hosni Mubarak, no habrá muchos políticos egipcios dispuestos a defender la paz con Israel.

En cuanto a Estados Unidos, la firme alianza con Israel será puesta a prueba duramente a partir de la votación en Naciones Unidas. En el propio entorno del presidente Obama se recuerda que la tensión actual se debe en buena parte a la intransigencia mostrada por el jefe del gobierno isaraelí, Benjamin Netanyahu. Este ha respondido con abrupta sequedad a todas las propuestas conciliadoras de Obama tendentes a salir del punto muerto en que habían quedado las suspendidas negociaciones palestino-israelíes. Obama llegó incluso a sugerir la retirada judía de las fronteras de 1967, obteniendo un rechazo sin matices por parte de Netanyahu.

Es evidente que un nuevo veto de Estados Unidos a que los palestinos avancen hacia un Estado propio, todo lo limitado que se quiera, pero Estado al fin y al cabo, será percibido como una afrenta brutal en la totalidad del mundo árabe. A este respecto, el príncipe Turki al-Faisal, ex embajador de Arabia Saudí en Estados Unidos, advertía en The New York Times de que “la influencia norteamericana decaerá, la propia seguridad de Israel se verá perjudicada, e Irán adquirirá más poder, todo lo cual desembocará en que aumenten las posibilidades de otra guerra en la región. Y entonces Arabia Saudí ya no podrá cooperar con Estados Unidos como lo ha hecho históricamente”.

Ciertamente, Ryad continua dependiendo de Estados Unidos en cuanto a su propia seguridad, por lo que coopera estrechamente con Washington en materia antiterrorista. Sin embargo, en materia económica y comercial, Arabia Saudí mira cada vez más hacia Asia, al tiempo que discrepa de Estados Unidos en cuestiones políticas sensibles, como por ejemplo la introducción de la democracia en Bahréin y Siria. En todo caso, lo más cierto es que el statu quo de Oriente Medio, vigente durante más de 30 años, ha saltado por los aires.  

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