edición: 2351 , Viernes, 24 noviembre 2017
19/09/2009
Contaminación bajo tierra

La Comisión Europea aboga por ayudar a los agricultores de la UE a reducir las emisiones de CO2 derivadas de la tierra

El sector agrario deberá conseguir una reducción del 20% de las emisiones en 2020
La ganadería contribuye también a las emisiones, generando más gases de efecto invernadero que el sector del automóvil
Beatriz Lorenzo

No sólo están en el aire, también acechan en la tierra aguardando su oportunidad envenenada. Los gases de efecto invernadero, presentes de forma natural en la atmósfera, se incrementan de forma desmedida tras el paso implacable de la mano humana, conduciendo al calentamiento global del que el planeta lleva años adoleciendo. Pero no son la actividad industrial, los tubos de escape de los automóviles, y la quema de combustibles fósiles los únicos culpables de las emisiones contaminantes. También la agricultura, con su utilización intensiva de productos químicos degrada el suelo y destruye recursos fundamentales para la fijación de carbono, como los bosques. En Europa, el abuso de fertilizantes y el laboreo muchas veces innecesario son culpables de al menos un 9% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Ha llegado la hora de distraer la mirada de un cielo amenazado por los gases contaminantes para fijarlo en el peligro se esconde bajo los pies: los agricultores europeos, tan apegados a los fertilizantes y productos químicos que facilitan las producciones masivas, deberán reducir drásticamente las emisiones agrícolas de gases de efecto invernadero en al menos un 20% en 2020 a instancias de la Comisión Europea, que ha reconocido, no obstante, que sin un flujo de ayudas oficiales el sector podría ir abocado a la ruina.

El uso de biomasa -que permite la producción de energía y materiales renovables- y el almacenamiento de carbono en el suelo se perfilan como las  opciones más socorridas. La fijación de carbono en los suelos cuenta además con la ventaja añadida de matar dos pájaros de un tiro: ya que hace disminuir la necesidad de fertilizantes porque las propiedades químicas del suelo mejoran, permitiendo un mejor aprovechamiento del abonado. A pesar de todo, la cercanía de la Cumbre de Copenhague incita a los expertos de todo el mundo a devanarse los sesos en busca de nuevas  alternativas. Una de ellas podría ser reducir al mínimo el laboreo y optar por coberturas orgánicas del suelo basadas en los rastrojos de las cosechas una vez recogidas.

Teniendo en cuenta que la agricultura de conservación es una alternativa costosa y mucho más lenta que la invasiva, la quiebra de las explotaciones agrícolas sería el resultado inevitable en el caso de que intentaran llevar a cabo estas transformaciones en solitario y sin apoyo institucional. La PAC se perfila como el instrumento adecuado para obtener la financiación necesaria en esta nueva escaramuza de la gran batalla contra el cambio climático. Con el fin de dejar claras estas expectativas se han alzado las voces de los representantes de COPA-COGECA, el lobby de agricultores de la Unión Europea, que si bien se  mostraron complacidos y proclives al cambio, no dudaron en calificar de “vital” la ayuda de la UE.A este llamamiento se ha unido la invocación del Organismo Internacional sobre Políticas Alimentarias (IPFRI), solicitando que la agricultura se sitúe en el centro de las negociaciones globales sobre el clima.

El premio a estos esfuerzos, de darse, no sería baladí. Una agricultura social y ambientalmente sostenible podría evitar la emisión de toneladas de gases efecto invernadero. El primer paso, la eliminación de prácticas habituales de la agricultura tradicional, como la quema de residuos de las cosechas, el laboreo profundo del suelo y el uso limitado de rotaciones de cultivo que favorecen la pérdida de carbono del suelo. El laboreo en particular, tantas veces innecesario, es especialmente nocivo al provocar la exposición de la materia orgánica existente en el suelo y favorece una oxidación veloz y posterior transformación en CO2 que se libera a la atmósfera. Sustituyendo a estas prácticas, la agricultura de conservación acarrearía mejoras considerables: mayor eficiencia del trabajo, ahorro de tiempo y energía, reducción de costos e incluso facilidades de acceso a los terrenos. La “cojera” de este sistema, que hace perentorias las ayudas estatales, radica en la lentitud de las inversiones, la necesidad de equipos especializados para las siembras, una planificación cuidadosa de las rotaciones de los cultivos y nuevas actitudes frente al control de las malas hierbas y el combate de las plagas. Desafíos que se antojan del tamaño de molinos de viento para Europa pero que ya han sido puestos en marcha en regiones de América del Norte y del Sur o Asia Meridional.

GANADOS CONTAMINANTES

También el sector de la ganadería tiene mucho que decir en el aumento de las emisiones de gases, sobre todo el metano producido por la digestión de las vacas, un gas tan nocivo que atrapa 20 veces más el calor que el dióxido de carbono. Algunas de las soluciones propuestas por los expertos pasan por modificar el proceso de digestión de estos animales suministrándole trébol blanco y leguminosas con altos niveles de azúcar. Por otra parte, puede que lo que no han conseguido en lustros las organizaciones ecologistas se logre ahora ante la espada de Damocles de las emisiones contaminantes. Y es que, llevadas las cosas al extremo, también la reducción del consumo de carne tendría un enorme potencial para reducir emisiones. No en vano la frenética conversión de bosques para la agricultura y las cosechas de soja para alimentar al ganado generan al menos 6.000 millones de toneladas de CO2. Éste es, no obstante, un tema complejo y delicado que tiene mucho que ver con la creciente demanda de recursos por parte de una creciente población mundial cada vez más voraz.

La FAO prevé que la producción mundial de carne alcance los 465 millones de toneladas en 2050 mientras que la producción lechera llegará a los 1.043 millones de toneladas en ese periodo. El sector ganadero facilita la subsistencia de 1.300 millones de personas y supone el 40% de la producción agrícola mundial. Actualmente, la ganadería utiliza el 30% de la superficie terrestre del planeta -en su mayor parte pastizales- y ocupa también un 33% de la superficie cultivable, destinada a producir forraje. Según el organismo, la ganadería genera más emisiones de gases causantes del efecto invernadero que el sector del transporte. Además, es responsable del 64%  de la producción de amoniaco, que contribuye de forma significativa a la lluvia ácida.La tala de nuevos bosques-nuevas deforestaciones que a su vez serán las culpables de más emisiones de gases- para conseguir más campos de cultivos de consumo tanto humano como animal es una realidad incuestionable. Estamos, una vez más, ante una cuestión de prioridades.

A pesar de que la cercanía de la cumbre de Copenhague parece aguzar los intelectos y avivar las conciencias, lo cierto es que la preocupación por las emisiones de CO2 derivadas de la agricultura lleva en el candelero bastantes años. Investigaciones llevadas a cabo a raíz del que es considerado el experimento agronómico más antiguo del mundo –data de 1843-  llevado a cabo en Rothamsted Highfield (Reino Unido), permitieron comprobar que la reducción o eliminación del arado se puede proteger la materia orgánica del suelo que permite conducir el riego hasta las raíces. También un estudio de la FAO de 2002, 'Soil carbon sequestration for improved land management', ahondaba en estas cuestiones y mostraba una naciente interés por la agricultura de conservación, declarando que la mejor forma de fijar productivamente el carbono es la agrosilvicultura, es decir, combinar árboles y cultivos, al mismo tiempo o alternadamente. La agrosilvicultura puede sustituir a la agricultura de quema y roza, responsable de gran parte de la deforestación en el mundo en desarrollo, además de que los árboles producen ingresos. La agrosilvicultura podría ser adecuada para hasta 300 millones de hectáreas de tierras agrícolas tropicales degradadas. Pero los árboles y los cultivos pueden competir por la humedad y los nutrientes, de modo que para que la agrosilvicultura sea rentable se requiere una buena gestión.

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