edición: 2980 , Miércoles, 3 junio 2020
18/06/2010

La crisis centrífuga de Europa

Carlos Schwartz
La presidencia española de la Unión Europea acabó ayer en un Consejo de jefes de Estado y de Gobierno más bien anodino. Al concluir la reunión el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero alardeó de la aprobación del plan “Europa 2020” que se presenta como movilizador de recursos económicos. Quedó expresada además la voluntad europea de imponer una tasa a las operaciones financieras para sufragar las futuras crisis bancarias y la decisión de hacer públicas las pruebas de esfuerzo de la banca. Más allá de la necesaria autocomplacencia que los mandatarios deben manifestar al acabar estos cónclaves, lo cierto es que el semestre ha sido duro y acaba sin que las incertidumbres se hayan despejado. Lo realmente relevante de estos seis meses ha sido la tormenta monetaria que sacudió al euro y el paquete por importe de 750.000 millones de euros destinado a asistir a los países con problemas de pago de su deuda.

El otro dato de la realidad europea que trasciende a la presunta importancia de la reunión de ayer es y ha sido el deterioro de las fuerzas políticas que ejercen el poder al socaire de la crisis económica. No sólo del laborismo británico que ha tenido que dejar la escena. La coalición de Gobierno en Alemania muestra claros signos de agotamiento y la canciller Angela Merkel atraviesa horas bajas en la simpatía de los votantes germanos y deberá cruzar su propio Rubicón con la elección de un nuevo presidente de la república. Si su candidato no triunfa deberá dimitir. Ni que hablar del debilitamiento del Ejecutivo español, empujado a tomar decisiones políticas contrarias a su discurso electoral y a su mensaje de gobierno. El próximo martes, José Luis Rodríguez Zapatero deberá soportar una nueva prueba de 'stress' cuando el decreto de reforma laboral que viene de anunciar esta semana sea sometido a votación en el Congreso. De momento, ese trámite parlamentario parece contar con un aliado: Convergencia i Unió.

Mientras tanto, en el seno del partido del Gobierno existe un cierto estado de deliberación y la corriente que quiere un recambio en la presidencia de Gobierno con una remodelación de Gabinete ya no parece tan huérfana. Un reacomodamiento de esta naturaleza es probable que se forjara junto con acuerdos con el nacionalismo catalán y vasco, lo cual podría suponer una crisis en Vitoria y el previsible triunfo de CiU en las muy próximas elecciones en Cataluña. Lo cual indica con claridad el coste que la crisis ha tenido para el partido socialista y para el Ejecutivo. El enfrentamiento con los sindicatos no es más que parte inevitable del álgebra de la crisis, pero la ecuación sólo se resuelve en el sentido de mayor deterioro gubernamental. Josep Antoni Duran i Lleida, el líder parlamentario de CiU, ya sentenció al presidente de Gobierno con motivo de la votación del paquete anti déficit cuyo decreto fue aprobado por el escaso margen de un voto. Aunque luego matizara su epitafio, llegó a decir que el presidente de Gobierno era “un cadáver político”.

Pero más allá de los posibles desenlaces de la crisis política larvada en España, las líneas de fuerza centrífugas que comienzan a delimitarse cada vez con más precisión dentro de la Unión Europea hacen que muchas declaraciones de intención suenen de forma creciente a fraseología hueca. El modelo esencial sobre el que se ha montado la experiencia de la UE desde 1999 ha sido el de estructurar una moneda única cuya paridad es igual a la del marco alemán y donde la paridad de cada una de las monedas nacionales sustituidas por el euro era la relación de cambio de cada moneda con el marco alemán. El efecto inmediato de este alineamiento fue un ajuste de precios al alza en los países periféricos como España, Grecia y Portugal. El efecto a más largo plazo ha sido bastante más perverso. Los excedentes de balanza de pagos de Alemania han alimentado una inflación de los precios de los activos dando lugar a burbujas especulativas en países como España.

Han sido precisamente esos excedentes de balanza de pagos germanos los que han financiado la colocación por parte de la banca española e irlandesa de las cédulas y bonos hipotecarios en los mercados europeos, permitiendo la expansión incesante del crédito hipotecario con el consiguiente incremento de los precios inmobiliarios a niveles oníricos. También aseguraron liquidez a la deuda pública de ese grupo de países. Pero ahora que la burbuja se ha pinchado, Alemania quiere asegurarse que cobrará de todos sus deudores y para ello considera imprescindible una serie de ajustes sumamente dolorosos para los países deudores.

En primer lugar, y en la medida que lo prioritario para la banca europea es que España pague su deuda pública, nuestro país debe reducir el déficit. Déficit que es en esencia un subproducto de la caída en la recaudación fiscal por obra y gracias de la propia crisis. La reducción del déficit a expensas de la inversión pública y la política social hace prever una mayor caída de la actividad económica en el futuro inmediato. Pero además, en la medida de que no existen recursos financieros concentrados capaces de revolucionar las técnicas productivas, la única forma de recuperar competitividad y prosperar en los mercados exteriores mientras nos mantengamos dentro del euro es reducir los costes salariales. De donde es fácil deducir que el derrotero de crisis política incubado por la crisis económica está lejos de haberse agotado y necesariamente conducirá a nuevos conflictos entre la periferia y el núcleo de la Unión Europea. Esta es una fuerza centrífuga que no se debilitará en el futuro mediato.

Las otras fuerzas que traccionan hacia el vacío incluyen las crecientes diferencias entre Francia y Alemania, en cierta medida condicionadas por sus propias necesidades económicas. Francia no va a renunciar a un déficit discreto por dar satisfacción a Berlín. Berlín presiona al Banco Central Europeo para que abandone las políticas de expansión de su balance, potencialmente generadoras de inflación, a la brevedad posible. Claro que si el BCE deja de intervenir en los mercados de deuda pública y privada, los ataques especulativos contra el euro serían incontrolables. Otro callejón sin salida. Sin dudas las consecuencias de la falta de soberanía de las naciones sobre la moneda central que les impide devaluar para incrementar competitividad, y los esfuerzos de consolidación fiscal para reducir déficit público, son recesivas de un lado y generadoras de inestabilidad política del otro.

En este contexto es difícil de creer que la tormenta monetaria haya pasado. La crisis mundial ha puesto en jaque el modelo mismo de una unión monetaria sin unión política. Y esa unión política no es previsible que se pueda construir en medio del desmoronamiento económico. Entre otras cosas porque es precisamente en los periodos de crisis en los que se agudiza la competencia para consolidar el dominio de los mercados. Y esa competencia se refleja en los divergentes intereses de los países y su inevitable choque.

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