edición: 2786 , Miércoles, 21 agosto 2019
27/07/2011

La crisis de la CAM pone en entredicho un modelo de saneamiento

Carlos Schwartz
Al final del camino esperaba la intervención. El Banco de España pretendió sortear el saneamiento de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) con una subasta restringida a la que acudió la banca extranjera y algunos bancos españoles. Algunas de las entidades españolas que se interesaron por la subasta sufrieron fuertes presiones para que compraran. Pero en cualquier caso el regulador no estuvo dispuesto a crear un Esquema de Protección de Activos (EPA) que fuera lo suficientemente “generoso” como para alentar a los compradores potenciales a asumir el riesgo. La valoración del Banco de España habrá sido, seguramente, que para semejante gasto encubierto era más rentable intervenir, sanear y vender. El modelo clásico que España aplicó con su anterior crisis bancaria.

La operación ni siquiera convenció a Barclays Bank SAE con una cartera de propiedad inmobiliaria dentro de su filial Aberis digna de mejor causa, y cuya falta de orientación clara en el mercado español es ya un clásico. Su aproximación a la subasta de la CAM previa entrevista con el presidente del Gobierno en el pasado mes de junio quedó al final en la nada. La visita del consejero delegado de Barclays, Robert Diamond, despertó en su momento la expectativa de que la filial del banco británico estaba por dar un nuevo empujón a sus frustradas aspiraciones de hacer banca al por menor a escala nacional, camino que emprendió con brío tras la adquisición, ciertamente muy cara, de Banco Zaragozano.

El proceso de reducción de personal y cierre de oficinas en el que está empeñado no estaba reñido con la adquisición de una red de oficinas con fuerte implantación en la costa, área en la cual su marca puede resultar un atractivo para los residentes extranjeros. Pero a juzgar por el desenlace de la subasta los escollos que remansaban bajo las aguas de la CAM eran demasiado peligrosos como para que nadie emprendiera la navegación. Desierta la subasta no había más remedio que intervenir.

El problema de fondo es la metodología a la que se ha aplicado con ahínco el Gobierno en materia de cajas y bancos en desgracia. La propia gestión en 2008 del Fondo para la Reestructuración Ordenada Bancaria ante la Unión Europea (UE) estuvo contaminada por la filosofía de que “aquí no pasa nada”. La idea de que se debía reestructurar a la banca, que no sanearla, condujo a un coste de los fondos impropio de un mecanismo de saneamiento. Los tipos de interés que la UE autorizó para el FROB son punitivos entre otras cosas porque se partía del supuesto de que en España no había bancos que sanear mediante procesos radicales.

Queda poco claro si las autoridades, tanto económicas como políticas, realmente consideraban que la salud de la banca española era inquebrantable o esperaban que la crisis pasara rápido y diera tiempo a una recuperación sin necesidad de intervenciones fuertes. Las cosas desde luego han ido por el camino previsible. La crisis se profundizó, el deterioro de los activos en poder de la banca se fue agudizando, la capacidad de pago de particulares y de empresas de sectores como el inmobiliario se redujo y la idea de que la banca española era la más sana de Europa y que contaba con unas provisiones genéricas y específicas que eran un bálsamo anticíclico se ha ido disipando.

En su lugar quedan un ramillete de entidades seriamente cuestionadas para las que el regulador deberá encontrar una solución a su debido tiempo. Más allá del debate de si se debía empujar a las cajas de ahorros en manada hacia su conversión en bancos como una forma de abrirles el acceso al capital, ya sea mediante la salida a bolsa, o por la vía de la inversión de accionistas relevantes modificando la poco clara propiedad de estas entidades de crédito, lo que está en cuestión es el mecanismo de saneamiento. Está claro que Gobierno y Banco de España han evitado la intervención de las entidades con dificultades hasta que lo aconsejable se convertía en necesidad ineludible. Esto ha hecho que en el conjunto del sistema haya en España hoy en día entidades en un dispar punto de madurez en términos de saneamiento. Está claro que la estrategia sigue siendo la misma porque a estas alturas de un virtual interinato político no hay espacio para cambios. Más aun, parece que hay un pacto no visible en esta materia que hará que el futuro Gobierno de España, sea cual sea, mantendrá el modelo. El esquema sigue siendo empujar a las entidades a reforzar capital y en algún momento a completar los saneamientos en los balances con cargo a esos incrementos de capital. De tal suerte que unos balances más pequeños representen un menor volumen de activos en riesgo y los requisitos de capital sean menores.

En los casos en que una operación de este tipo no sea suficiente a la autoridad política y al regulador les queda la opción de forzar fusiones y adquisiciones. Este juego entre entidades ya se ha iniciado, pero de momento los gambitos propuestos no han sido del gusto de las autoridades que esperan antes que nada despejar el horizonte de los quebrantos más apremiantes. Entretanto ocurre que, corriendo los tiempos que corren, las entidades sanas no parece que estén dispuestas a aceptar ese tipo de presiones. La idea de que se cuenta con margen para hacer los pertinentes arreglos no es del todo correcta.

Europa camina por un desfiladero estrecho y la acción, pese a lo que dice el Gobierno español, ante la crisis de la deuda griega deja mucho que desear. Un paquete que no reduce el volumen de deuda a niveles sostenibles, una ayuda que se basa en lo esencial en modificar plazos y tipos de interés sin aportar dinero tal como señala el comunicado de la UE: “Este programa estará diseñado notablemente a través de tipos de interés más bajos y una extensión de los vencimientos”. En este contexto la posibilidad de una extensión de la crisis no es de descartar. Las subastas ayer de la deuda del Tesoro han puesto de relieve la presión de los inversores internacionales que esperan rentabilidades al alza. En este contexto el modelo de saneamiento no intervencionista que apunta a que los problemas de capitalización se resuelvan por la vía del mercado cuando la valla que separa a las entidades del capital es precisamente un cúmulo de activos deteriorados se puede convertir en una verdadera bomba de relojería.

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