edición: 2328 , Lunes, 23 octubre 2017
18/06/2012

La crisis de la zona euro desata el temor a un quebranto del sistema de bancos centrales

Rajoy acude al G20 en medio de fuertes divergencias en el BCE sobre financiación soberana
Carlos Schwartz

La reunión del G20 que se inicia hoy en México redoblará la presión sobre Alemania para lograr que el Gobierno de la canciller Angela Merkel se avenga a suavizar los términos del plan de estabilización de Grecia. Las nuevas elecciones parlamentarias en ese país con el exiguo triunfo conservador abren la frágil expectativa de una coalición Nueva Democracia-Pasok que puede dar un transitorio respiro a la unión monetaria del euro. En este contexto el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, viaja con un mensaje prioritario: el Banco Central Europeo (BCE) debe acudir en socorro de la deuda pública de España ante la presión de los inversores internacionales. Desbordado por la situación de la deuda soberana el Gobierno carece de instrumentos para frenar la escalada y teme un mayor ensañamiento por la inestabilidad en Grecia que puede acelerar el deterioro del Ejecutivo.

El mensaje choca no obstante con una creciente división en el seno del consejo de gobierno del BCE en torno a cómo proceder ante la crisis de deuda soberana. El presidente del BCE, Mario Draghi, ha sido explícito en las pasadas dos semanas respecto de su punto de vista: la financiación de los estados miembros de la zona del euro es responsabilidad de los políticos y no del banco central. Draghi ha incrementado la presión sobre el Consejo Europeo exigiendo que la respuesta provenga del órgano colectivo de gobierno de la zona del euro, es decir de un acuerdo entre jefes de estado. Un acuerdo de esta naturaleza requeriría un giro radical en la política de Alemania, cuya canciller ya anunció sobre el final de la semana pasada que su país no tiene “recursos ilimitados”.

Detrás de sus palabras existe una realidad que ha comenzado a erigirse en una valla difícil de franquear. La crisis bancaria en España y su traslado al Estado ha reforzado la dependencia entre crisis bancaria y deuda pública, con el agravante de que los fondos previstos para el plan de saneamiento suponen un incremento de un solo golpe de la deuda soberana en un 10% del producto interior bruto (PIB). Los datos de deuda pública difundidos por el Banco de España el pasado viernes indican que los pasivos en circulación representaban el 72,1% del PIB en el primer trimestre de este año. El rescate llevaría la deuda pública como porcentaje del PIB por encima del 80% según el protocolo de déficit excesivo, y por encima del 100% en pasivos totales. La posibilidad de que los ataques a la deuda soberana de España hagan inviable la financiación del Estado mediante la emisión de deuda, obligarían al Gobierno a solicitar un rescate global, es decir una línea de crédito para financiar al Estado además de la requerida para los bancos.

Una insolvencia de este tipo se sumaría a las de Grecia, Portugal e Irlanda, pero a una escala difícilmente abordable. Lo cual hace temer a varios de los estados miembros del euro, entre ellos a Alemania y sus aliados directos, una quiebra del Sistema de Bancos Centrales de la zona del euro. Una insolvencia soberana en cadena supone además la incapacidad de los países asistidos por devolver los flujos de dinero con los que se han financiado los déficit de balanza de pagos de cada uno de ellos. Las pérdidas que puede ocasionar Grecia son en todo caso tolerables para el BCE. Sin embargo la bola de nieve de una cadena de quebrantos que incluya a España, y que puede llegar a incorporar a Italia, supondría plantearse el rescate del propio BCE y de los bancos centrales nacionales atrapados por la crisis de deuda soberana y en proceso de asistencia por la Unión Europea (UE). Estas aristas de la presente crisis se reflejan a nivel del consejo de gobierno del BCE en la posición de los diferentes países. Pero la participación de Alemania en el banco central es del 43% y su peso no es equiparable al de ningún otro país miembro.

De acuerdo con los estatutos del BCE la suspensión de pagos de un país se reparte entre los estados miembros de la entidad. Es decir que los riesgos de Alemania no son iguales a los créditos concedidos por el país a través del banco central a un país miembro. Sino proporcionales sólo a su participación en el BCE. Pero este criterio sólo es válido en la medida que no haya una crisis irreversible de la unión monetaria. Precisamente, el temor es que la insolvencia se extienda a países cuyo ingreso en el ciclo de la crisis puede implicar el fin del euro. Estrictamente hablando, España e Italia.

De momento, la exposición de Alemania a un quebranto de esta naturaleza por sus créditos a terceros países vía BCE supera con creces el medio billón de euros, y ha subido de forma considerable desde junio pasado. Aunque no existen cifras exactas de la misma si sabemos por la vía de las estadísticas del Banco de España cual ha sido el aporte de fondos a nuestro país por el BCE, y equivale de momento al 30% del PIB sin contar la liquidez concedida a las entidades financieras, con la cual el saldo llega al 60% del PIB. La escalada hasta el 30% del PIB de la financiación intrasistema ha sido espectacular puesto que se ha desarrollado en escasos meses. Un estudio del Instituto IFO de Alemania fechado en noviembre de 2011 cifraba el peso de esta financiación a España en un 6% del PIB, los datos desde luego se referían al primer semestre de 2011. De entonces ahora mucho ha llovido.

El resto del mundo observa esta situación con un temor exacerbado por el riesgo de que un quebranto de la zona del euro suponga una trastorno monetario internacional fuera de todo posible control. De allí que todas las evoluciones previas a la cumbre en México del G20 hayan girado en torno a la necesidad de que la UE muestre “elasticidad” ante el plan de consolidación financiera de Grecia, conscientes de la necesidad de que el país no salga del euro para evitar los daños colaterales que una situación de este tipo podría producir. Dicha elasticidad supone la revisión de los acuerdos trilaterales, algo a lo que el Fondo Monetario Internacional (FMI) parece dispuesto, no así Alemania. La posibilidad de un gobierno de coalición entre Nueva Democracia y Pasok no disipa esa necesidad. Sin esa revisión el eventual gobierno carecerá de futuro.

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