edición: 2611 , Viernes, 7 diciembre 2018
19/07/2013
El clima político hunde las expectativas

La desconfianza se alía con la inversión para desmentir al Gobierno

Peligra el rating de España, alimentado por la crisis política, la moción de censura y unas cifras que siguen sin confirmar el suelo de la crisis
Juan José González

La narrativa oficial prosigue, impasible el ademán, en su particular `venta´ de la recuperación, al parecer en base al superdato de la Epa que, como la llegada de un primer hijo, espera ilusionado Gabinete para próximas fechas. El dato en cuestión del desempleo servirá, a buen seguro, para aliviar días amargos y noches en vela de un Gobierno en el pozo, en el mismo lugar donde habitan los peores datos de la economía que gestiona. En realidad, llueve sobre mojado porque el sistema de gestión de la crisis no ha variado un ápice en los dos años de legislatura, gobernando a golpe de cifras cuando estas son favorables y fiando a las previsiones, a futuro, la recuperación económica, un buen argumento, de paso, para justificar cambios de modelos sociales, sanitarios y educativos bajo el término "reforma". Las cifras, tozudas y necias, siguen amarradas a los 6,2 millones de desempleados, en una crisis que comenzó hace más de cinco años.

Ahora el clima político se vuelve en contra y daña aún más, si cabe, algunas previsiones (previsiones) de recuperación. Una bajada del rating sería la gota que faltaba para volver a considerar, de nuevo, el rescate antes de fin de año. Y esta vez con mayor razón. Se busca, se espera y se desea. Pero no llega.

Si bien es cierto que los indicadores económicos parecen apuntar una recesión leve, con cifras de crecimiento del PIB en torno al cero para el próximo trimestre, gobernantes, algunos empresarios y también algunos banqueros, coinciden en formar el coro que al unísono canta la recuperación, el fin de la recesión, deseo compartido por todos, aunque el objetivo no está exento de condicionantes exigentes. Una de ellas pasa por la economía doméstica, lugar donde se acumulan los problemas. Desempleo y ausencia de consumo que conducen a la falta de demanda interna, caída de las ventas minoristas, habitualmente por encima del 5%, crédito a la baja a ritmo superior al 15% y, en resumen, crédito y empleo en dique seco. Esta puede ser una radiografía rápida, improvisada, pero real de la situación que está en la base argumental para echar abajo la teoría oficial de la recuperación.

Al contrario, el Ejecutivo se apoya en el alza de las exportaciones, sector básico e indispensable en cualquier salida de una crisis, pero que no debe presentarse como la única muestra de que, efectivamente, la economía española dejará atrás la recesión. Mucho deberán tirar del carro las exportaciones para compensar la demanda interna, para generar actividad y esta a su vez empleo, y que, curiosamente, nada será posible sin el concurso del dinero, el crédito, tangible que sólo acude cuando en el escenario reina la confianza. Que se sepa, nada de esto sucede como para justificar echar las campanas al vuelo de la recuperación.

Se detecta, sin embargo, una falta de sintonía entre las necesidades urgentes y las previsiones. Las primeras se encuentran ebrias de optimismo oficial y las segundas pasan por momentos de mejor o peor fortuna. El desempleo del 6,2 millones de personas sin trabajo, difícilmente puede mejorar a ritmos de reducción de empleo como los de los últimos meses, incluso ni a base de repetir mes a mes los más positivos del último mes. Igualmente será complicado cantar recuperación cuando, por ejemplo, el sector servicios, que ocupa a cerca del 80% del empleo no puede formar parte de las exportaciones porque, salvo el turismo, son servicios que no se pueden exportar.

Todo indica que ese alirón oficial adelantado (como los indicadores) de Rajoy, De Guindos y Montoro, al que se suman Botín y Rosell, no será un evento que se espere en el corto plazo y que, en todo caso, habrá que situar en otro semestre. A menos que la capacidad de aportar recursos del sector bancario dé un giro de 180 grados en una muestra demostrativa que el que arriesga primera suele llevarse el gato al agua, lo que significa dar por sentado que los inversores estarían barajando expectativas favorables a la inversión. Algo que por el momento parece que es suponer demasiado porque ni existe disposición bancaria a conceder crédito ni el clima de confianza necesario que suelen ser el alimento indispensable de las expectativas de inversión, una tarea cuya creación depende del Gobierno. Y este no parece estar pasando por el mejor momento. El champán deberá esperar, para desgracia de todos.

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