edición: 2597 , Viernes, 16 noviembre 2018
11/03/2010

La difícil recomposición de Irak

Pedro González
La fidelidad étnica del electorado iraquí se ha traducido en los resultados electorales, aún no definitivos, que mantienen la atomización de las fuerzas políticas en presencia, y obligarán por lo tanto a delicados pactos políticos que aseguren la estabilidad de un país que solo mantuvo su unidad gracias al férreo control de Sadam Husein y el baasismo que lo sostenía. Irak fue una creación de la Sociedad de Naciones, antecesora fracasada de las Naciones Unidas ya que no cumplió su misión principal al crearse tras el desastre de la llamada Gran Guerra: evitar la Segunda Guerra Mundial. El consiguiente conglomerado árabe suní y chíi, junto con una amplia minoría kurda quedó bajo la tutela de los británicos, que heredaban así un territorio gobernado durante cinco siglos por el imperio otomano.

Primero Bush padre y luego Bush hijo desencadenaron sendas ofensivas contra un régimen que había sido un aliado decisivo de Estados Unidos en el Golfo, especialmente a raíz de la revolución iraní de los ayatolás, con el resultado ya conocido. La diplomacia norteamericana advirtió a Sadam de que el país podría quedar retrotraído a la edad de piedra, y la realidad ha venido a confirmar en buena parte tales designios.

Pero, desde que el dictador de Bagdad fuera apresado, juzgado, condenado a la horca y ejecutado, el país ha modulado una trabajosa reconstrucción que demuestra que en modo alguno volverá a ser como antes. El territorio kurdo, por ejemplo, no solo ha conseguido una autonomía amplísima, sino que también aspira abiertamente a que eso sea un primer paso hacia un Estado propio, ambición que se frena por las implicaciones que semejante pretensión acarrearía sobre los países vecinos, especialmente Turquía, que no se muestra dispuesta en modo alguno a que sus propios kurdos se escindan del país.

Las dos grandes coaliciones en pugna, la de Al Maliki y la de Alawi se verán abocadas a pactar un gobierno que será frágil y que seguirá precisando aún durante bastante tiempo de la ayuda de americanos y británicos para impedir que un recrudecimiento de la actividad terrorista impida su viabilidad. El presidente Barack Obama se ha apresurado a anunciar que el proceso electoral acelerará la salida de sus tropas de Irak, evidenciando una prisa desmesurada por salir de aquel avispero, aún cuando es consciente de que la estabilidad queda todavía demasiado lejos.

Por mucho mérito que quepa apreciar en el arrojo de los electores iraquíes, no cabe calificar como normales unos comicios en los que se producen tantos atentados y casi medio centenar de muertos, sin contar los contabilizados durante la campaña previa. Es justo resaltar que muchos servicios vuelven a funcionar y que la producción de crudo del país acaba de alcanzar los mismos niveles que tenía antes de la guerra, pero a la reconstrucción le queda todavía bastante recorrido antes de que la vida diaria de los iraquíes pueda encuadrarse en los parámetros de una verdadera normalidad.

De esa tarea de reconstrucción los iraquíes tendrán poco que agradecer a los españoles. El presidente Zapatero se apuntó un tanto de consumo interno con la precipitada salida de los soldados españoles –que, por cierto, nunca tuvieron misiones de combate-, pero provocaron un roto de consideración en su fiabilidad como país que cumple compromisos internacionales. Efectivamente, la inmensa mayoría de los féretros que salen de Irak albergando cadáveres extranjeros, contienen americanos y británicos, vanguardia real en la preservación de los intereses occidentales en la región. ¿O acaso del petróleo que se extrae de la misma solo se benefician Washington o Londres?

A estas alturas de la historia, distinguir entre la presunta ilegalidad de la guerra de Irak y la también presuntamente legal de Afganistán, es simplemente una perversión interesada del lenguaje. El debate es de otro tipo, ya que para los insurgentes de uno u otro país los soldados extranjeros que les matan son tan invasores e ilegales en uno como en otro caso.  En ambos territorios se defienden intereses, cubiertos por la capa de valores de una determinada civilización. Solo el propio convencimiento respecto de la justicia de tales valores justifica esa presencia de soldados que necesitan del respaldo y del calor de sus propios connacionales. Solo con esa perspectiva superan los muchos momentos de zozobra y depresión que habitualmente atacan a todos los individuos de cualquier fuerza ocupante.

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