edición: 2286 , Martes, 22 agosto 2017
27/04/2009
OBSERVATORIO DE ECONOMIA

La economía del conocimiento

Círculo de Empresarios

La economía española ha mostrado un extraordinario dinamismo a lo largo de los quince últimos años, en forma de tasas elevadas y sostenidas de crecimiento real. Esa prolongada etapa de crecimiento, basada en un modelo económico sobre el que España ha generado su desarrollo más reciente, parece haber llegado a su fin. La complicada coyuntura internacional, tanto financiera como macroeconómica, ha acelerado, a la vez que llenado de escollos, el ajuste de nuestra economía, sometida a importantes desequilibrios acumulados durante los últimos años. En definitiva, nos enfrentamos a la necesidad, ahora más urgente si cabe, de un cambio en el paradigma de competitividad de la economía española. Tras el notable salto cuantitativo experimentado desde mediados de los años 90, es imprescindible conseguir dar el salto cualitativo que permita sentar unas bases sólidas para un crecimiento de nuestra economía sostenido en el tiempo. Un salto que pasa inexorablemente por un cambio de modelo que debe considerar el desarrollo y la utilización permanente del conocimiento como un elemento fundamental de la generación de valor en nuestra economía, para garantizar de ese modo la competitividad de nuestro sistema productivo en los mercados.

En este proceso, la empresa es necesariamente el eje medular, el agente activador mediante la transformación de sus procesos y modelos de negocios. Pero esa tarea es inviable sin la implicación del conjunto de la sociedad civil y el impulso de las AAPP.

La evidencia internacional pone de manifiesto el modo en que la generación, la transmisión y la utilización del conocimiento permiten mejoras sostenidas de la productividad y, por ende, de la solidez de las economías. Así se observa, por ejemplo, en los rankings mundiales de competitividad, cuyos primeros puestos están copados por naciones que, ante los permanentes retos a los que se ven sometidas sus economías por el juego de los mercados, han sabido hacer del avance tecnológico y la innovación los motores de su competitividad y crecimiento económico. España, por el contrario, ha sufrido una continua pérdida de posiciones en esas clasificaciones, precisamente por el nivel de obsolescencia de un patrón competitivo alejado de las premisas de la economía del conocimiento.

Nos enfrentamos a decisiones con un marcado carácter estratégico, puesto que se trata de determinar dónde queremos estar dentro de 20 ó 30 años, además de qué debemos hacer y cómo hemos de actuar con planes de acción efectivos para conseguirlo. Ese amplio horizonte temporal no debe llevar, sin embargo, a conformismos ni engaños. Hay que ponerse en acción inmediatamente, y los problemas coyunturales sólo pueden y deben interpretarse como un acicate para emprender reformas profundas. La estrategia más apropiada es la que invita a centrar esfuerzos en aquellas áreas y sectores relacionados con la economía del conocimiento que, o bien tienen alta capacidad de tracción sobre otros sectores en el tránsito hacia este modelo de economía, o bien presentan ventajas competitivas más claras para nuestro país.

Contamos, afortunadamente, con la experiencia de otras naciones que nos han precedido en semejante transformación. Los análisis comparativos de la economía española frente a las economías más competitivas y las naciones de mayor éxito en la economía del conocimiento facilitan la identificación de las principales áreas de actuación, que son aquellas en las que España hoy padece debilidades notables. Esas áreas corresponden a tres pilares fundamentales de cualquier modelo económico basado en el conocimiento.

En primer lugar, el sistema educativo y de formación, ámbito natural para el desarrollo del capital humano, así como del espíritu innovador y emprendedor. A pesar de las enormes mejoras de las últimas décadas, especialmente en lo que se refiere al acceso a la Universidad por una amplia capa de la sociedad, la educación en España padece hoy una desconexión importante frente a las necesidades de un entorno económico y social en constante transformación. Estamos aún muy lejos del modelo de aprendizaje continuo que exige la sociedad del conocimiento y que constituye una de las claves en el éxito de países como Finlandia o Corea del Sur.

En segundo lugar, la economía del conocimiento se apoya en la existencia de mercados tecnológicos competitivos y favorables a la innovación, orientados así a la creación de valor y de bienestar para el conjunto de la sociedad. En esos mercados, el acceso a las actividades de innovación no sería exclusivo de quienes abarcan toda la cadena de valor, sino que pequeños agentes con capacidades competitivas en determinados eslabones de la cadena podrían impulsar la creación de valor mediante la coordinación propia del mercado y de la acción de los intermediarios. Esto, evidentemente, no excluye la participación pública. Al contrario, esa participación ha sido determinante en el éxito de otros países. Pero sí exige un enfoque distinto del que hoy encontramos en España. Exige, en concreto, un mayor énfasis en la evaluación ex ante y ex post de proyectos y de resultados. Esto es, no se trata tanto de una cuestión de recursos, que también, como de un uso eficiente de los mismos.

Por último, en tercer lugar, las infraestructuras, no sólo físicas sino también lógicas. Las nuevas tecnologías, incluyendo las tecnologías de la información y la comunicación (TICs), son piezas insustituibles en la transmisión de conocimiento. Asimismo, son tecnologías que además de incorporar grandes dosis de conocimiento, permiten generar más conocimiento. De ahí la importancia que para cualquier economía desarrollada tiene disponer de unas infraestructuras TIC adecuadas, que alienten la difusión y utilización de dichas tecnologías en los procesos de creación de valor. Ahora bien, las infraestructuras físicas son condición necesaria que no suficiente. El conocimiento y la innovación son procesos que se desarrollan en red, con la participación de una multiplicidad de agentes -universidades, centros de investigación, científicos, empresas, emprendedores, etc.-. Son necesarias, por lo tanto, infraestructuras lógicas que den extensión y densidad a ese tipo de redes. Desafortunadamente, España aún es deficiente en ambos tipos de infraestructuras.

Las propuestas del Círculo de Empresarios sobre la materia se articulan, lógicamente, alrededor de esos tres ámbitos de actuación y bajo una premisa fundamental: la flexibilidad en el marco de una visión integral. Porque la economía española sufre de diversas rigideces –en el mercado laboral y en otros mercados clave para la innovación- que dificultan, cuando no impiden, la evolución hacia un patrón productivo más moderno. Rigideces que limitan el margen necesario para impulsar la actividad investigadora, innovadora y emprendedora que finalmente conduzca a nuevas fórmulas de creación de mayor valor añadido.

En cuanto a la esfera de la educación y la formación, las propuestas son las que dieron forma a los tres documentos publicados sobre la cuestión por el Círculo en el último bienio. En ese sentido, un primer paso imprescindible habrá de ser el de la concienciación de toda la sociedad acerca de la importancia de la educación como elemento conducente no sólo a una economía más competitiva basada en el conocimiento, sino también a mayores niveles de cohesión social y de igualdad de oportunidades. A ese objetivo contribuirían de forma determinante el consenso político y la estabilidad social. Habrá de hacerse especial énfasis, además, en el aprendizaje permanente, es decir, en la actualización continua de las habilidades y conocimientos a lo largo de toda la vida, con una mayor presencia de las nuevas tecnologías en contenidos y métodos docentes.

Para lograrlo, en la educación obligatoria debe buscarse el desarrollo de aquellas competencias que permiten seguir aprendiendo y formándose; en la Formación Profesional debe perseguirse la adaptación de la enseñanza y del catálogo de titulaciones y competencias a las necesidades de una economía y una sociedad más dinámicas y competitivas; y en la Universidad hay que aspirar no sólo a la producción, aplicación y difusión del conocimiento, o a la formación de científicos y profesionales, sino también a tender puentes con las empresas que permitan incrementar la productividad y competitividad de éstas. Esto, a su vez, requiere un esfuerzo por parte de las empresas en la formación de sus trabajadores, esfuerzo que se vería facilitado por la reducción de las actuales rigideces del mercado laboral.

Para el impulso de un mercado tecnológico y un sistema innovador competitivos, tres son los caminos en los que se debe avanzar. En primer lugar, la mejora del marco normativo, excesivamente restrictivo y oneroso en la actualidad. Las rigideces del mercado de trabajo obstaculizan los cambios organizativos de empresas, tan necesarios en un entorno de innovación. Otras regulaciones desincentivan la creación de empresas y, con ello, frenan también la innovación. Sin duda, un entorno más competitivo y flexible alentará la búsqueda de un mayor grado de eficiencia, esto es, un avance tecnológico e innovador más decidido y más poderoso en términos de creación de valor. En segundo lugar, la construcción de un marco fiscal adecuado e incentivador de las actividades esenciales en la innovación y el avance tecnológico, así como en su traslación a la creación de valor. Por último, la mejora de la financiación dedicada a la investigación y la innovación, tanto privada –por ejemplo, a través del desarrollo de los mercados de capital riesgo-, como pública –mediante la cuidadosa evaluación de la eficacia de los recursos empleados-.

Finalmente, en relación con las infraestructuras, debe exigirse a las administraciones acciones eficientes en tres frentes. Por un lado, ha de crearse el entorno normativo y fiscal favorable para la extensión de una red de transmisión de información que dé adecuado soporte a la creciente demanda de servicios de calidad y a precios competitivos. En segundo lugar, hay que exigir a las AAPP que incorporen a la gestión de sus procesos internos y frente al exterior las múltiples posibilidades de eficiencia que surgen del uso adecuado de las nuevas tecnologías (e-government). Por último, las AAPP deben involucrarse y comprometerse de manera decidida en la promoción de agrupaciones empresariales (clusters) y redes de investigación e innovación, lo que implica colaborar con el sector privado en la generación, transmisión y utilización de conocimiento conducente a las ganancias de productividad propias de un modelo económico con mayor valor añadido en sus procesos productivos.

En resumen, el objetivo de las propuestas anteriores no es otro que el de la generación de valor para la economía española. La innovación, la adopción de nuevas tecnologías y procesos, la difusión de las TICs o la concienciación social sobre la importancia de la economía del conocimiento no son fines en sí mismos. Son medios necesarios en la persecución de una meta clara: incrementar la capacidad competitiva de la economía española y su potencial de crecimiento mediante el impulso a su capacidad de generar valor añadido.

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