edición: 2451 , Viernes, 20 abril 2018
14/10/2010

La guerra de divisas, una amenaza que preludia un nuevo caos

Pedro González
Por mucho que lo haya advertido Dominique Strauss-Khan, el director general del FMI; por más que el último informe de la OCDE la describa como el peor escenario al que pueden enfrentarse tanto los países más ricos como los menos desarrollados, todos los indicios apuntan a que la guerra de divisas será inevitable. Si la próxima reunión del G-20 no lo impide, esa pugna por salvar los propios intereses acabará desembocando en un caos parecido al que preludió la Primera Guerra Mundial, del que terminó saliendo un nuevo orden, que además sólo se consolidaría al término de la Segunda.

El fracaso con que se han saldado las asambleas anuales del FMI y del Banco Mundial demuestran que los dirigentes actuales siguen sin convencerse de que no es posible salir de una crisis global con soluciones nacionales. Todas las miradas están puestas en China, a quién se reclama un reajuste del renminbi con carácter perentorio, llamamiento al que Pekín parece responder con indiferencia. De persistir en tal actitud, está prácticamente cantado que muy pocas economías podrán competir con la suya. Sin salarios adecuados, sin verdaderos sindicatos que protejan a trabajadores al destajo estajanovista, sin actuaciones contundentes contra la piratería de las ideas, la hegemonía china se hará imparable. ¿Cómo luchar contra eso? La tentación proteccionista es lo primero que surge en los consejos de ministros europeos y norteamericanos. Todos ellos, junto con China, India y Rusia, habían convenido en la cumbre del G-20 de Londres, en abril de 2009, que sólo podría salirse de la crisis financiera mediante el consenso respecto de una interdependencia económica y una reforma regulatoria a escala planetaria. Esa convicción conjunta parece haber saltado por los aires.

La marcha de ese proceso de salida de la crisis no contaba con la guerra de divisas, consecuencia de los crecientes desequilibrios en el sistema financiero global y en la progresiva presión sobre las divisas de las potencias emergentes. No pocos gobiernos apuestan por fortalecer sus exportaciones como factor de impulso para crear empleo y asegurar la estabilidad social. Pero ocurre que esa fórmula, cuando es aplicada por muchos a la vez, se traduce en una rivalidad a cara de perro sobre los tipos de cambio y el acceso a los recursos. Y es que, como es obvio,  todos quieren una divisa propia que sea competitiva en los mercados, además de garantizarse energía y alimentos baratos.
 
En esa carrera, desatada casi en silencio pero ahora sin tapujos y a pleno rendimiento, China es el eje fundamental del problema, tanto por mantener bajo el nivel de su divisa, pegada absolutamente al dólar, como por su insaciable apetito de materias primas, incluidas las energéticas. Pekín argumenta que acceder a encarecer el yuan (o renminbi) tendría como primera derivada una fuerte pérdida de puestos de trabajo y subsiguientemente se producirían posibles y graves revueltas sociales. En medio de este debate, la más que acertada concesión del Premio Nobel de la Paz al encarcelado disidente Liu Xiaobo ha sido interpretada por Pekín como una injerencia extranjera y una falta de respeto a su soberanía. La firme exigencia del presidente Barack Obama de que se liberara a Liu Xiaobo se convertía así en algo más que un gesto; era un toque de atención a todo el mundo para que reflexione acerca de los valores (o más bien ausencia de ellos) en que se  asienta la prosperidad de China. Una forma de advertir a todos de que la nueva potencia emergente, de no acceder a actuaciones y soluciones solidarias, sería la principal causante de la ruina de muchos otros países. Y, por supuesto, una forma de sacudirse las propias responsabilidades de Estados Unidos en el hipotético desastre.

Otras economías emergentes ya han adoptado medidas de corte proteccionista estos mismos días. Brasil ha reforzado ya su control de cambios y Corea del Sur anuncia decretos parecidos si prosigue el descontrol de los mercados de divisas. Se trata de una espiral peligrosa, como lo reconoció Robert Zoellick, el presidente del Banco Mundial, cuando afirmaba que “si se continúa permitiendo que crezca el conflicto y que surjan cualesquiera formas de proteccionismo, estaremos en riesgo de repetir los mismos errores de los años 1930”.

El antiguo secretario de Estado Henry Kissinger pronunciaba una conferencia hace pocos días en Ginebra en la que advertía del peligro de que las nuevas potencias emergentes acompañaran su fortísimo crecimiento económico con una explosión de nacionalismo. “Sería volver a los últimos años del siglo XIX –decía- o los primeros del siglo XX, y cuyas rivalidades entre los más poderosos condujeron a la carnicería de aquella Primera Guerra Mundial”. Kissinger añadiría después que cuando aparece el caos resulta muy difícil reconducirlo, que ese proceso de encauzamiento es siempre doloroso y a menudo sangriento, y que en todo caso más pronto o más tarde la consecuencia será entonces el alumbramiento de un orden nuevo que arrasará con todo lo anterior.

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