edición: 2346 , Viernes, 17 noviembre 2017
22/10/2009
Lucha contra el cambio climático

La huella de carbono de los alimentos, en el punto de mira de Bruselas y el Instituto Mundial de los Recursos

El sector de alimentos y bebidas emite el 18% de los gases de efecto invernadero a nivel mundial
Se han puesto en marcha varios proyectos para calibrar el impacto ambiental de los alimentos en su ciclo de vida
Beatriz Lorenzo

Es el azote de nuestro tiempo y la mayor evidencia de lo mucho que las actividades humanas han perjudicado al medio ambiente y contribuido al cambio climático. La huella de carbono contabiliza la totalidad de gases de efecto invernadero emitidos directa o indirectamente por una organización, producto o individuo y actualmente está presente en  casi todos los sectores de actividad y procesos productivos. El sector de la alimentación es uno de ellos; las toneladas de alimentos procesados que día a día son consumidos en el mundo, tienen un impacto considerable en el medio ambiente, por no hablar del metano que proviene del ganado vacuno que, sumado a las emisiones de las explotaciones agrícolas, generan más gases de efecto invernadero que el transporte mundial. Según la Comisión Europea, el sector de alimentos y bebidas contribuye a alrededor del 23% de los recursos a escala mundial, el 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero y el 31% de las emisiones acidificantes; y tanto Bruselas como varias organizaciones internacionales se han embarcado en proyectos para reducir la huella de carbono de la cadena de suministro alimentaria.

Bruselas, en connivencia con la Confederación Europea de Alimentación y Bebidas, tiene en mente desarrollar una metodología para la evaluación y merma de la huella ambiental en todos las fases de la cadena de suministro del sector alimentario. En paralelo, la Comisión Europea lleva trabajando desde 2005- a través del Centro Común de Investigación-para identificar los impactos ambientales de cada ciclo. Asimismo, el CCI también esta desarrollando una base de datos común europea para intercambiar información a este respecto.

A la vez, un foro europeo a favor del medio ambiente- REAP- nacía a principios de este año para promover medidas voluntarias para la reducción de la huella ambiental en el sector minorista y la cadena de suministro, así como la promoción de productos sostenibles y la ayuda al consumidor que quiere alimentarse de forma menos perjudicial y más “verde”.

Otra iniciativa reciente es la desarrollada por el Instituto Mundial de los Recursos, que está desarrollando nuevos estándares para contabilizar los gases de efecto invernadero de las cadenas de suministro y ciclos de vida de los productos alimenticios. Muchas veces es la fase de transporte la que tiene un alto grado de responsabilidad, pero para la mayoría de los productos, no existe relación entre la distancia recorrida por los camiones o furgones de transporte y su huella de carbono, como suele pensarse habitualmente.

Los resultados de un detallado análisis de los productos alimenticios son, como mínimo, sorprendentes y eximen en gran medida a la industria del transporte, chivo expiatorio hasta la fecha de casi la totalidad de la huella de carbono atribuible a los alimentos. Así, una bolsa de patatas fritas debe su mayor porcentaje de huella de carbono (el 36%) al laboreo agrícola necesario para producir la materia prima. Otro porcentaje importante (el 34%) se debe a los materiales utilizados en el envase. La distribución y el transporte son culpables apenas de un 10% de huella de carbono.

VACUNO, LÁCTEOS Y PRODUCTOS PROCESADOS, LOS MÁS CONTAMINANTES

Así pues, a pesar de la clara necesidad de que las empresas mejoren su logística para que los camiones de reparto no regresen vacíos y el uso de transporte aéreo de mercancía se minimice, bien es cierto que no hay que olvidar que esto es sólo una pequeña parte de lo que una compañía debe hacer para pintar de “verde” su cadena de suministro. Los productos procesados, por ejemplo, así como los congelados precocinados, acumulan en su pasado una larga serie de pasos potencialmente perjudiciales para con el medio ambiente y que en su mayor parte permanecen invisibles para el consumidor. También los residuos y los desperdicios de alimentos constituyen un problema creciente. Cuando son abandonados en los vertederos, los residuos sólidos producen metano que se filtra en la atmósfera.

Por categorías, los productos lácteos y los cárnicos de vacuno tienen una enorme huella ambiental, algo que está muy relacionado con el gas metano que se emite y se libera a la atmósfera tras la digestión de los animales, así como con los terrenos boscosos talados para conseguir pastos. A este respecto, la FAO ha publicado un informe titulado.“La larga sombra de la ganadería” que asegura que el 37% de todo el metano del globo y el 9% de dióxido de carbono lo emite la producción animal.

Tras los avisos y recomendaciones de Bruselas y el Foro Mundial de los Recursos, son varias las compañías alimentarias que han empezado a tomar iniciativas para vigilar y reducir la huella de carbono de sus productos. La primera en sumarse ha sido Walkers, un productor británico de patatas fritas perteneciente a la multinacional Pepsico. Walkers ha comenzado a señalar en sus bolsas de patatas la cantidad de dióxido de carbono (CO2) que se emite en toda la cadena de alimentación, desde que las patatas son sembradas en el campo hasta que llegan al consumidor. Así, una bolsa con un contenido de 33,5 gramos de producto supone la emisión de 75 gramos de CO2, cantidad que incluye la contaminación causada por los tractores que aran, los camiones que distribuyen y la fabricación e impresión de las bolsas.Coca-Cola, Cadbury y otras compañías están siguiendo los pasos de Walkers. Todas han firmado un acuerdo con Carbon Trust, una entidad encargada de auditar la huella de carbono de los alimentos y otros bienes de consumo. Quienes forman parte del programa, iniciado en el año 2007, se comprometen a rebajar en dos años los niveles de contaminación generados por sus distintos productos.

A su vez, el comisario europeo de Medio Ambiente, Stavros Dimas, ha defendido la generalización en toda la UE de esta etiqueta del carbono, pero la iniciativa no ha prosperado. La actual etiqueta ecológica de la UE se limita a certificar mediante el símbolo de una flor que determinados productos son respetuosos con el medio ambiente, atendiendo a la presencia o no de elementos químicos agresivos principalmente en materiales de limpieza, lubricantes, papeles y textiles.

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