edición: 2845 , Miércoles, 13 noviembre 2019
01/09/2010
Sostenibilidad

La idea de una "economía ecológica" se perfila como sustituta de las prácticas voraces e irresponsables

El respeto a los ciclos naturales de la actividad económica, un nuevo eslabón en la cadena del desarrollo sostenible
Beatriz Lorenzo

Son tiempos de nudos, de intrincados nexos de unión entre teorías, sectores y herramientas capaces de lidiar con los entresijos de un escenario social y económico  ciertamente complicado. Para Robert Zoellick,  la  llamada era de la responsabilidad se divide en varios pilares entre los que destacan la responsabilidad financiera o la globalización responsable; indicadora del estrecho nexo de unión que surge entre la Responsabilidad Social y las nuevas tecnologías como cauces de difusión y transmisión. Y el cerco se estrecha todavía más: el pasado año el  centro de investigación Stockholm Resilience Centre de la universidad de Estocolmo identificó diez “fronteras” que suponen un espacio operativo seguro para la humanidad. Existe una gran interdependencia entre la economía, la sostenibilidad, la seguridad humana, la Sociedad de la Información y la Responsabilidad Social como herramienta de gestión, y los hilos de unión- a veces tenues, casi invisibles- componen un vasto mosaico mucho más intrincado que los arcaicos modelos de gestión económica, plenamente anclados en el cortoplacismo y la búsqueda de beneficios.

En este caldo de cultivo, ideal para el planteamiento de nuevos interrogantes y la búsqueda de soluciones a largo plazo, surge la idea de la “economía ecológica”, que pretende infundir las consideraciones del capital natural en la actividad económica. Al amparo de esta definición, los mercados deberían abandonar prácticas artificiales y hostiles, como la extrema búsqueda de beneficios a corto plazo y atender a límites naturales  basados en la sostenibilidad y el respeto a los ciclos obvios de la actividad económica.

LA MIRADA SOSTENIBLE

Sin embargo, y en palabras del catedrático de la UAM Alfredo Cadenas, la Economía Ecológica no ha producido, hasta la fecha, grandes logros. “De una parte, muchos “ecolo-ecónomos” hacen un extenso uso de los métodos y tablas input-output, tan practicadas por la escuela estructuralista originada en Leontieff y la Universidad de Columbia en Nueva York. De otra parte, otros practicantes de esta rama del conocimiento, se han adentrado, con bastante éxito, en la modelización y simulación de sistemas, sobre todo para configurar bases de apoyo para las tomas de decisiones y la planificación del Desarrollo Sostenible.”. Históricamente, la idea no ha tenido demasiado éxito. Economistas clásicos como Malthus, Ricardo y Mill expresaron su preocupación por la existencia de límites al crecimiento que progresivamente serían abandonadas. Los trabajos de Jevons sobre el carbón quedarían la margen de sus propias consideraciones de la economía neoclásica. Las obras relativas a límites al crecimiento publicadas en los años 70  fueron ampliamente rechazadas por la economía convencional que suponía que el progreso técnico y el capital resolverían el problema. Podemos llegar así a la conclusión de que el fenómeno no ha encontrado todavía un punto de apoyo firme y sigue fluctuando envuelta en eternos debates teóricos y opiniones contradictorias que no facilitan su aplicación en la práctica.

La realidad es que, tras décadas de oscurantismo y malas prácticas,  llega un momento en que la “reforma económica al por mayor” deja de ser infalible, y ha de acudirse a la “reforma al por menor”, consistente en fijarse en cuatro puntos trascendentes de la sociedad: infraestructura, organismos reguladores, enseñanza y cultura, con el objeto base de capacitar al mayor número posible de habitantes, disponer del mejor marco legal e institucional para innovar, montar empresas y convertirse en socios atractivos para los que deseen colaborar con ellos desde cualquier parte del mundo, es decir crear el ambiente más óptimo para la creación de empresas. Para el autor Thomas Friedman, la conclusión ante la necesidad de esta segunda reforma, es que los países no sólo crecen con políticas fiscales y monetarias implantadas desde el gobierno, sino que resulta imprescindible dar facilidades para que el mayor número de habitantes monte empresas y gane en competitividad frente a otros mercados. La clave está, pues, en revitalizar la economía desde  abajo, desde “dentro”, apuntando a su base y constituyendo así unos cimientos firmes que sirvan de soporte para la construcción- o en muchos casos reconstrucción-económica del país.

VUELTA A LOS ORÍGENES

La necesidad de llevar a cabo la “reforma al por menor” es una de las consecuencias de la cara más oscura de la globalización, un fenómeno que se presentó en sus inicios como una teoría sustentada en la libertad de capital y que provocó-tal y como lo había hecho en su día la expansión del capitalismo- fuertes polarizaciones de la riqueza y élites de poder, un panorama que se presentó como crítico para los países del Tercer Mundo, la mayoría de los cuales, en lugar de responder al desarrollo, han aumentado la miseria de sus poblaciones. La globalización ha dado pie, sin duda, a una situación cuanto menos delicada, que requiere ahora mismo, con el mundo todavía convaleciente tras el huracán financiero-de acciones concretas a pequeña escala o “al por menor”. Una buena forma de llevar esto a cabo es prestando mayor atención a las pequeñas empresas, ya que son ellas las que crean más empleo y permiten la viabilidad económica. Y es que cada vez van quedando más lejos los tiempos en que triunfaban las compañías más voraces, las más implacables, las que más esfuerzo destinaban a la búsqueda de beneficios a toda costa. La teoría de la “competición”, basada en el modo en que las especies del mundo natural son capaces de ayudarse e intercambiar agua o alimento.

También relevante es la idea de la “huella social” como herramienta de medición de factores tan determinantes como los empleos globales que una empresa consume, o lo que es lo mismo, que debería crear y no crea, y que engloba cuestiones tales como el consumo desmesurado de recursos, el reparto poco equitativo de los recursos naturales y económicos y los desmanes del insaciable sector productivo del mundo desarrollado en relación con las comunidades emergentes. Un buen ejemplo de minimización de la huella social estaría compuesta por los negocios en la conocida como “Base de la Pirámide”-que engloba  a los casi dos tercios de la humanidad que no giran al ritmo de la enorme rueda del sistema económico mundial- y que ha ido tomando forma en los últimos tiempos. Los negocios en la base de la pirámide que realmente son transformadores de desarrollo social y económico reúnen características comunes, tales como el estar basadas en modelos de negocio que crean valor para la empresa y la comunidad, contemplar los elementos de la Triple Bottom Line (impacto social, económico y medioambiental de la actividad empresarial) y tener potencial a gran escala para conseguir un impacto transformador sobre la sociedad y generar beneficios económicos.

Ciertamente, se antoja difícil y lejano el objetivo de conseguir un nivel de vida global  que sea económicamente sostenible a la vez que no daña la biodiversidad biológica, el clima o los ecosistemas. A este respecto, el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD) presentó recientemente en la capital india una nueva investigación ‘Visión 2050’, que analiza el “sendero” que deberá marcar las directrices para conseguir que una población global de aproximadamente 9.000 millones de personas alcancen el bienestar dentro de los límites de recursos existentes de cara a 2050. El documento pretende ser manual de ‘deberes’ (must have) sobre las medidas a tomar durante la próxima década para alcanzar una sociedad planetaria lo más sostenible posible.

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