edición: 2327 , Viernes, 20 octubre 2017
21/12/2016
Escenario de estrés

La inestabilidad política europea aplaza proyectos de inversión empresarial

Los riesgos políticos conforman el peor de los escenarios posibles para el progreso económico
Juan José González
Los inversores miran estos días con preocupación la proliferación de focos de inestabilidad política en varios puntos de Europa. Los acontecimientos de las últimas horas en Alemania y Turquía, vienen a añadir un punto más de gravedad al desasosiego general existente. Quizá la clase política de la Unión Europea, como también aquellas que ejercen el poder en sus respectivos países, deberían considerar que la inestabilidad política tiene un límite y que éste ya parece haber superado el nivel de lo que se entiende como admitido, soportable o excesivo. El escenario, además, cuenta con otros focos no menos preocupantes, en este caso electorales, a desarrollar en Italia, tras el revés de las propuestas de reforma de la constitución del anterior presidente del Gobierno; en Francia, de cara a las próximas elecciones presidenciales y por si no fuera suficiente, también le toca a Alemania someterse al juicio de los ciudadanos. No parece un panorama propicio para el progreso económico, como se sabe, siempre remiso ante tanta incertidumbre e inestabilidad política.
Difícilmente podrán alcanzar los Gobiernos de los países miembros de la Unión Europea sus objetivos de crecimiento económico, de creación de riqueza y empleo con el actual ambiente político y social que reina en el continente. Una primera consecuencia del desorden y de la inestabilidad política reside en la amenaza que se cierne sobre buena parte de la estructura institucional que en Europa sirve como mecanismo de regulación de las relaciones entre los partidos y los Gobiernos, es decir, entre las fuerzas sociales y el poder político. Y otra consecuencia de esa inestabilidad es la que acaba alcanzando a la salud de la moneda, el euro, la divisa europea que ahora, más exigida que antes, cuando Trump no era una amenaza, deberá mantenerse fuerte frente al dólar.

Los ambientes económicos valoran en negativo el ruido político en un intento, como siempre, por adelantarse a los acontecimientos, algo que, por desgracia, es de naturaleza impredecible. Porque sucede que, cada vez con mayor presión, los hechos políticos y sociales afectan a los mercados. Estos anuncian de forma inmediata, a principios de año, una fase que estará presidida por la incertidumbre y la falta de decisiones sobre inversión y financiación que amenaza con aplazar proyectos empresariales sine die por el elevado grado de inseguridad y dudas que los rodea y que impiden hacer cualquier hipótesis de medio y largo plazo, habitual y obligatorio en cualquier proyecto empresarial.

Así las cosas, es fácil concluir que los riesgos políticos que se ciernen sobre las economías y las empresas en Europa son de mayor peso que los económicos, al menos a corto y medio plazo. Lo cual, en todo caso, no resta preocupación sobre el escenario económico previsible para el continente en los próximos meses, y del que ya se conoce algún trazo dibujado recientemente por el Fondo Monetario internacional. No se trata de entrar en un estado de neurosis pero lo cierto es que el horizonte del próximo año ya puede ver despejado de algunas `ayudas´ coyunturales, como por ejemplo el petróleo barato, el precio del dinero en cero o en negativo y claro, el fin de la política monetaria del Banco Central Europeo cerrando el grifo o barra libre de las inyecciones de liquidez. Si a todo esto se suma que la moneda europea recobra fuerzas frente al dólar, el futuro se antoja aún más imprevisible.

En esta suerte de `campo de batalla´ europeo se encuentra España en una posición comprometida, como viene siendo habitual en las dos últimas décadas, necesitada de un saneamiento de las cuentas públicas, exigida (y apercibida) en disciplina presupuestaria por las autoridades de Bruselas, y con una serie de problemas singulares como las pensiones, la sanidad, la educación, la financiación de las Autonomías y alguna cosa más. Problemas que coexisten con otro principal como el de la creación de empleo y para el que el Gobierno, siguiendo la recomendación del FMI y otros organismos, piensa profundizar en la reforma laboral, asunto de gran resistencia por parte de los partidos de la oposición.

El marco, por tanto, no parece ser el más propicio para la creación del mejor de los ambientes necesarios para hacer frente a la demanda de los inversores, ni tampoco se presenta como el más idóneo para que los agentes económicos vean llegado el tiempo ideal para comprometer inversiones. Pero tampoco el FMI parece muy acertado a la hora de emitir sus opiniones toda vez que adelanta para 2017 un escenario de menor crecimiento económico, más evidente en el caso de España, con cerca de un punto porcentual menos que el que alcanzará el PIB en 2016. Quizá un mayor esfuerzo por conservar la estabilidad política (y social) en España serviría para crear confianza entre los inversores nacionales, al mismo tiempo que otros internacionales podrían considerar el mercado español como alternativa frente a otros sobre los que se cierne mayor inestabilidad. Lo que por otro lado, serviría también para diferenciarnos del resto.

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