edición: 2513 , Jueves, 19 julio 2018
12/05/2010

La mirada de occidente se posa sobre España

Carlos Schwartz
Ya no falta ningún dato para componer la escena. Barack Obama volcó ayer el peso de su imagen sobre el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, para anudar el lazo corredizo sobre las reformas que las economías avanzadas esperan de España. De paso, ha puesto de relieve que los acontecimientos de la semana pasada no fueron una tormenta en un vaso de agua.

El comunicado de la sala de prensa de la Casa Blanca emitido ayer a última hora subraya que la conversación telefónica entre Obama y Zapatero “forma parte del proceso de consultas del Presidente con sus aliados más próximos sobre la situación económica global”. El efecto calculado de la llamada es, además, resaltar la necesidad de un ajuste económico español ante los sectores políticos discordantes y un apoyo extremo a la faena que espera al presidente de Gobierno.

Finalmente, hay un meta mensaje nada desdeñable. Las cumbres de la política internacional están en vilo y tienen pánico de que se reabra el proceso de cuasi disolución de las relaciones económicas que se insinuó la semana pasada con una verdadera espantada de capitales de la zona euro. El proceso de ventas abarcó no sólo a las bolsas, sino además a todos los activos públicos y privados denominados en la divisa europea, mientras se acrecentaba la presión sobre el euro en los mercados de cambios.

La llamada de Obama se gestó en la comida que su vicepresidente, Joe Biden, compartió con Rodríguez Zapatero en la Moncloa durante la cual el presidente español puso al tanto a Biden de los planes de la Unión Europea de ese fin de semana para capear el temporal de los mercados: el macro plan de asistencia financiera de la Unión, que requirió la contribución del Fondo Monetario Internacional, la Reserva Federal, el Banco Nacional de Suiza, el Banco de Inglaterra, el Banco de Canadá y el Banco de Japón.

La inciativa, que ha implicado la aceptación del reticente Jean Claude Trichet a comprar deuda pública y privada sin límites ni calificaciones, y a intervenir en los mercados de cambios junto con los bancos centrales más importantes del mundo, ha comprado tiempo a un muy alto precio. Pero sólo ha comprado tiempo.

Mientras, las autoridades políticas culpan a los especuladores de despertar la desconfianza de los mercados y se congratulan de haberles propinado una seria paliza el pasado lunes cuando les obligaron a cubrir precipitadamente las posiciones cortas sobre el euro, la deuda y las acciones europeas con fuertes pérdidas. El problema, sin embargo, es que los especuladores que ganan dinero lo hacen porque son capaces de percibir el movimiento real de la economía, es decir hacia dónde va el proceso económico en cada momento.

“En primer lugar, el volumen de la especulación propiamente dicha es siempre extremadamente pequeño en relación al volumen de negocios normales. En segundo lugar, el especulador exitoso cosecha ganancias al prever las tendencias económicas, no al modificarlas. En tercer lugar, la mayor parte de la especulación, en especial la especulación “bajista”, es para un lapso muy breve, de modo que el cierre de la transacción pronto ejerce una influencia igual y opuesta a su efecto inicial” (J.M.Keynes, prólogo a la edición francesa del Breve tratado sobre la reforma monetaria).

La realidad es que el descomunal crecimiento de los balances de los bancos centrales para alimentar el quatitative easing con la esperanza de alimentar la demanda  y dar a la banca la liquidez requerida, no ha desembocado aún en un proceso inflacionario capaz de disolver, licuar, las deudas fiscales y privadas. Por otro lado la recesión ha hecho caer la recaudación fiscal en picado, mientras el crecimiento de la demanda social ha disparado el gasto de las administraciones de los países avanzados. Esto ha redundado, por ejemplo en España en un déficit fiscal previsto para 2010 de 694.000 millones de euros o el 65% del PIB previsto por el Gobierno.
 
La evidencia de que este es un problema generalizado, no sólo en Grecia sino en el resto de la UE, incluida Alemania cuyo déficit fiscal crecerá en proporción a las ayudas que deberá aportar a los saneamientos ajenos y a la profunda crisis fiscal de los länder, está en la base del pánico de la semana pasada.

Es obvio que la financiación de  los déficit de los países de Europa se encarece, y se hace cada vez más gravosa. Pero esto no hace más que presagiar que este problema es una pandemia, Estados Unidos tampoco puede arrastrar indefinidamente un déficit fiscal cercano a los 3 billones de dólares. Como la experiencia histórica ha demostrado hace ya tiempo, un cuadro de esta naturaleza es la causa primera del colapso monetario. Más allá de que el verdadero desplome sólo sobreviene cuando la confianza del público está tan quebrantada que se dejan de contratar activos en las monedas sospechosas.

Hoy, el presidente del Gobierno, bajo la presión de la UE y de sus socios internacionales, deberá explicar en el Congreso cómo piensa acometer el comienzo de la “consolidación fiscal” en España. Lo cual quiere decir que ya no se trata de la amarga medicina de los recortes para Grecia, sino que de forma prematura desde el punto de vista de la realidad económica española, el recorte que se avecina no hará más que profundizar la recesión y retrasar la salida de la crisis en un país que ya padece una tasa de desempleo del 20%.
Pensar que este proceso se pueda hacer sin enfrentamientos sociales es una ingenuidad. Habrá que ver quién gana ese pulso.

Durante una década de existencia del euro en la unión monetaria europea los excedentes de balanza de pagos de Alemania se han redistribuido por el viejo continente. España ha sido un importante receptor de esos recursos. Una buena parte de la deuda privada externa -la friolera de 780.000 millones de euros- tiene como prestataria a las entidades financieras españolas, y buena parte de ese dinero es el que alimentó el auge inmobiliario. La pertenencia al euro facilitó los bajos tipos de interés. El dinero barato y fácil espoleó los precios de los activos de forma artificial. Y a los postres del festín ocurre que los principales financiadores del proceso fueron los bancos de Alemania y Francia. Del total de la deuda externa española de 1.724.489 millones de euros, las administraciones públicas sólo representan 268.815.

Como se comprenderá en el caso español no sólo la posibilidad de impago de la deuda pública puede despertar desconfianza. Hay otro factor vinculado a las perspectivas de la recesión nacional, y de un posible retraso de la reactivación. El crecimiento de la morosidad bancaria, el estancamiento de la situación económica, han despertado el temor en los mercados exteriores al impago de la deuda privada externa.

La paradoja de la existencia ha querido que ayer el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía inaugurara la muestra Principio Potosí. Posiblemente una de las más radicales muestras de arte conceptual recientes que resume en su esencia el comienzo del proceso de acumulación primitiva del capital en el siglo XVI y lo enlaza con la situación presente de la clase trabajadora de China. Un recuerdo de cuando las minas de plata de Potosí pagaban el déficit público de la corona. Hoy, mientras el oro se vuelve a disparar en el mercado mundial, no parece que haya plata de Potosí para enjugar los déficit del Tesoro. Pero la muestra tiene una gran virtud, la de poner de relieve que el capitalismo surge como un sistema global, interdependiente. Lo que se debata en el Congreso estas semanas, y sus consecuencias, tendrá eco internacional.

Entretanto una pregunta... ¿a qué obedece la reaparición mediática del otrora ministro de Economía del gobierno socialista de los años 80, don Miguel Boyer?

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