edición: 2362 , Martes, 12 diciembre 2017
23/06/2010

La moneda china y los desequilibrios mundiales

Carlos Schwartz
Mientras España centraba marginalmente su interés en la votación del decreto de reforma laboral, los mercados internacionales estaban pendientes de la evolución de la moneda china: el renminbi. El Banco Popular de China -banco central- anunció el 19 de junio que dejaría fluctuar el tipo de cambio de la moneda tras dos años de tipo de cambio fijo en los 6,83 rmb por dólar. El banco central suspendió la flotación de la moneda en 2008 con el objetivo declarado de hacer frente a la crisis económica internacional defendiendo las exportaciones del país. El anuncio del sábado fue seguido de una apreciación de la moneda china el lunes 21 que continuó el martes 22. Ayer, el BPC fijó el cambio medio del renminbi contra el dólar en 6,7980, y en 8,3816 frente al euro comparado con 8,4825 del lunes.

Pero poco después de fijado el cambio medio los bancos estatales chinos se lanzaron a comprar dólares a lo largo de la jornada a diversos niveles cambiarios dólar/renminbi con la consecuencia de que la divisa estadounidense recuperó parte de su cotización frente a la moneda china poniendo de relieve que las autoridades piensan regular el tipo de cambio con intervenciones indirectas en el mercado. Entre 2005 y 2008 el BPC mantuvo el tipo de cambio del rmb vinculado a una cesta de monedas frente a la cual fluctuaba, pero ejercía el control de esas fluctuaciones de forma directa interviniendo en el mercado abierto. Ahora parece haber cedido la intervención a un conjunto de bancos estatales.

Como quiera que sea la oportunidad del anuncio del BPC el sábado 19 ha desarticulado la creciente presión en los Estados Unidos para obligar a China a revaluar su moneda de una vez, como ocurrió en 2005 antes de atar la nueva paridad a la cesta de divisas. En torno a Semana Santa de este año estaba previsto que el secretario del Tesoro de los Estados Unidos adoptara una resolución en contra de China a la que estaba dispuesto a calificar como nación “manipuladora de su moneda”, lo que hubiera desembocado en una escalada de represalias comerciales contra las importaciones chinas. A último momento el informe fue paralizado y el presidente de china Ju Hintao visitó Estados Unidos y adoptó una serie de acuerdos, algunos visibles y otros invisibles. Entre estos últimos, la disposición a condenar a Irán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por el desarrollo de su programa nuclear.

El olvido transitorio del papel de la moneda de China se disipó recientemente y las presiones para condenar la política de manipulación del tipo de cambio del renminbi resurgió con fuerza. La perspectiva de la próxima reunión del G20 y la posibilidad de una condena pública de esa política durante el cónclave ha llevado a China sin dudas a cambiar de posición. Pero muy mesuradamente.

El problema en realidad es el pulso entre oriente y occidente, ya que no se trata sólo de la moneda china sino además de otras divisas de diversos “tigres asiáticos”, cuyo cambio artificialmente bajo otorga a este grupo de naciones una posición privilegiada desde el punto de vista de la competencia internacional.  Para Estados Unidos y para algunos países europeos se trata de modificar los desequilibrios comerciales que hacen que China acumule excedentes de balanza comercial en detrimento de este grupo de países. El Tesoro de Estados Unidos sueña con la posibilidad de que el mercado interno chino se abra aunque sea parcialmente a los productos producidos en China por empresas estadounidense y europeas, para ser más precisos. Sería suficiente en esta batalla sorda que el consumo chino sustituyera parcialmente la carrera exportadora mediante un mayor poder adquisitivo de la moneda del país.

Estas ambiciones sin embargo reflejan sólo en forma tangencial un problema más profundo que es el de los desequilibrios internacionales. La acumulación de los excedentes en China es equivalente a los déficit estadounidenses, con el agravante de que el gran financiador de esos déficit es precisamente la República Popular China. Con lo cual la capacidad de presión de los Estados Unidos tiene sus límites. Lo que ha puesto nervioso al Tesoro estadounidense en semanas recientes ha sido que la apreciación del dólar ha restado competitividad a su industria y que China, con su inmenso mercado interno, hacía caso omiso de estas fluctuaciones. El pulso, claro está, va mucho más allá del tipo de cambio. Occidente espera una serie de reformas, desde la mejoría de las condiciones residenciales y salariales de los trabajadores emigrantes chinos hasta más liberalización en los mercados interiores en particular la producción agraria, y un crecimiento de la población que haga de la demanda un empuje incontrolable.

El efecto real del tipo de cambio es una subvaluación del capital fijo y variable, y una maquinaria productiva alimentada por la facilidad del crédito y un inmenso paquete de incentivos fiscales que ha traccionado de la producción. Pero este proceso ha desatado los procesos inflacionistas en China, contra los cuales el BPC y las autoridades económicas vienen luchando. Pero el control de precios no parece haber logrado sus objetivos y el crédito va camino de encarecerse, lo cual, a su turno, debería tener un efecto sobre la moneda.

Esta es una acumulación de tensiones cuyo alivio final es difícil de prever. Pero ha alimentado las aspiraciones de mejoría de los trabajadores emigrantes que han llevado recientemente en China a una cadena de conflictos sindicales que entre otras cosas ha dejado al desnudo el papel de aliados de los industriales de los sindicatos bajo control del Estado. En particular, de las grandes industrias de capital extranjero como la del automóvil. Con Europa en lucha contra la crisis fiscal y con una economía estadounidense que flojea, el sueño de occidente es que las industrias occidentales que producen en China para todo el mundo comiencen a vender al propio mercado interno chino. Lo cual reabre la curiosa contradicción de la baja capacidad adquisitiva de los trabajadores chinos. Las empresas occidentales afincadas en China podrían asimilar una mejoría salarial de sus trabajadores allí a condición, precisamente, de que el consumo interior sustituyera en parte al mercado de exportación. Al menos mientras la economía mundial se recupera.

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