edición: 2346 , Viernes, 17 noviembre 2017
21/10/2011

La muerte de Gadafi culmina el fin de la guerra en Libia

Pedro González
Muammar El Gadafi tuvo el fin adecuado a su propia idiosincrasia. No era un cobarde que buscara su propia salvación a través de una huida en la que acarreara con él los tesoros saqueados del Banco Central de Libia. Tampoco el hombre asustadizo, presto a levantar los brazos en signo de rendición cuando las tropas rebeldes descubrieran el escondrijo desde el que ha intentado prolongar la resistencia ante la inexorable victoria del Consejo Nacional de Transición (CNT), apoyado éste de manera determinante por los bombardeos y consejeros de la OTAN. Al final, sus adversarios lo acribillaron tras encontrarle en un zulo de Sirte, su ciudad natal, el pueblo de pescadores al que había convertido en la segunda ciudad del país.

Abdul Hafiz Ghoga, vicepresidente del CNT, fue el encargado de anunciar la muerte del dictador, supuestamente cuando intentaba huir de Sirte junto con su hijo Mutassin, abatido también en la operación de caza y captura del ex líder libio. Versiones todas ellas que habrá que verificar en el futuro, lo mismo que ha ocurrido con Osama Bin Laden. Circunstancias cuyo esclarecimiento solo servirán de entretenimiento intelectual, pero que no alterarán el núcleo duro de la cuestión, en este caso la eliminación de un obstáculo fundamental para concluir la guerra.

En el futuro tal vez lleguen a saberse con precisión los detalles de la muerte de Gadafi. Desde el punto de vista de la justicia internacional, haberle capturado vivo hubiera desembocado necesariamente en un juicio, escenario empero nada propicio para una confrontación de legitimidades a la vista de la comunidad internacional, pero sobre todo y también de un mundo árabe sacudido por las turbulencias de sus revueltas. En su día, la condena e inmediato ahorcamiento de Sadam Husein no borró en absoluto la sensación, entre muchos iraquíes y de buena parte del orbe musulmán, de que su presidente había sido víctima de las ambiciones y estrategias de Occidente. Gadafi persistió hasta el último momento en sus proclamas contra los aliados de la OTAN, que han apoyado a los rebeldes. La enconada resistencia que éstos han encontrado en Sirte se ha debido en gran parte a la presencia del propio Gadafi y a sus reiterados llamamientos a revertir la situación y echar del país tanto a los sublevados como a sus aliados extranjeros.

Su desaparición facilita por lo tanto el desenlace final de una guerra gravosa para el pueblo libio, pero también para quienes han facilitado medios para inclinar la victoria del lado del CNT. Sin ir más lejos, el Consejo de Ministros de España aprobó el pasado viernes subir de 28 a 86 millones de euros la aportación española a la conclusión del conflicto en Libia. 
 
Concluyen, ahora sí, 42 años de dictadura gadafista y 8 meses de guerra y revolución. La Jamahiriya, el Estado de las masas, proclamado por Gadafi en 1977, pasa definitivamente a los libros de historia, destinados en todo caso a glosar la enorme variedad de relaciones, negocios y mutaciones que Gadafi sostuvo con todos los líderes influyentes del mundo. Fracasó en sus intentos de prolongar el sueño panarabista de Nasser; encabezó, sostuvo y financió a los grupos terroristas que sacudieron durante décadas a los países occidentales; quiso erigirse en rey de reyes conforme a la tradición africana, cuando fue elegido presidente de la UA en 2009, y se alzó en última instancia contra los vientos de la primavera árabe. Al final se equivocó de caballo y realizó la última gran apuesta equivocada. Libia será ya completamente distinta.

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