edición: 2745 , Lunes, 24 junio 2019
28/10/2010

La muerte de Néstor Kirchner disuelve la sociedad con su esposa Cristina para alternarse y sucederse en el poder

Pedro González
De no haber fallecido por el infarto masivo que le sorprendió en la localidad de El Calafate, Néstor Kirchner hubiera sido con toda probabilidad el candidato a suceder a su propia esposa en las elecciones presidenciales de 2011. Con Cristina Fernández no le unían solamente los lazos del matrimonio. Ambos habían conformado una auténtica sociedad de poder, ensayada con verdadero éxito en la provincia de Santa Cruz, y con todos los visos de perpetuarse también al frente del Estado argentino.

Néstor Carlos Kirchner Ostoic era un genuino representante de un país de acogida. Él mismo era hijo de alemán y croata, instalados ambos en Río Gallegos, en la bucólica y espectacular Patagonia. Como presidente de la República agotó su mandato (mayo de 2003-diciembre de 2007), pero tanto en Buenos Aires como en muchos países se le siguió considerando como el verdadero hombre fuerte de Argentina mientras gobernaba su mujer. Ambos, además, habían acrecido notablemente su patrimonio, fruto de operaciones inmobiliarias y especulativas ligadas a la influencia de su poder.
 
Su llegada a la jefatura del Estado argentino se había producido como fruto de la apuesta personal de Eduardo Duhalde, que impediría unas elecciones primarias a fin de cortar la ruta a Carlos Saúl Menem, que tras expatriarse en Chile intentaría volver a la Casa Rosada. La primera vuelta de aquellos comicios dio a Menem 24% de los votos y a Kirchner 22%. Aquel decidió no obstante no concurrir a la segunda vuelta alegando maniobras y pucherazos, con lo que Kirchner fue proclamado con serias dudas institucionales. Ambos hombres habían sido duros antagonistas durante la presidencia de Menem, ya que mientras éste multiplicaba las privatizaciones en el marco de una política profundamente neoliberal, Kirchner gobernaba la provincia de Santa Cruz aplicando en cambio un neokeynesianismo expansionista de fuertes inversiones públicas. Su gusto por el poder le llevaría también a reformar en dos ocasiones la Constitución provincial de Santa Cruz para facilitar que el gobernador no tuviera límite de mandatos. Una costumbre que en los últimos años parece cundir entre todos los presidentes que en América Latina se reclaman del eje bolivariano.
 
En todo caso, Kirchner se encontró al llegar al poder federal con una deuda de 144.000 millones de dólares y un 60% de los 37 millones de argentinos por debajo del umbral de la pobreza. En su primer discurso de orden económico ya dibujó las líneas esenciales de su programa: los acreedores del Estado argentino deberían aceptar una pérdida de su capital, una reducción sustancial de los tipos de interés y una prolongación de los periodos de reembolso de varios decenios. Antes de proclamarlo públicamente, Kirchner se había asegurado el respaldo del brasileño Lula da Silva y del chileno Ricardo Lagos, con quienes diseñó una estrategia de recuperación del continente sobre bases sociales de centro-izquierda. Con tales apoyos exteriores proclamó el papel central del Estado en el desarrollo económico, el reforzamiento del Mercosur y la lucha contra la corrupción, factor esencial éste a su juicio en la situación de postración del área latinoamericana.

Como gestos de indudable repercusión mundial, decretó el retiro de la mitad de los generales y almirantes de unas Fuerzas Armadas que aún no acababan de sacudirse los coletazos de la dictadura; procedió a una purga exhaustiva de la policía federal, y abrió los archivos secretos sobre el atentado de julio de 1994 contra la Asociación Mutual Israelí Argentina (AMIA), que causó 95 muertos y varios centenares de heridos.
 
Con España, especialmente con sus empresarios, demostraría su fuerte carácter en el curso de la primera gira presidencial por Europa, que le llevaría también a un congreso de la Tercera Vía Laborista en Londres, entonces posible modelo a imitar por la izquierda moderada. En su encuentro con los españoles no sólo les conminó a que aceptaran las nuevas condiciones para seguir presentes en Argentina sino que también les lanzó una catarata de reproches por su “avaricioso comportamiento” tras las privatizaciones de Menem.
 
Por el contrario, el juez Baltasar Garzón se convertiría en una de las personalidades favoritas de Néstor y Cristina. Por su recomendación, derogó el decreto de De la Rúa de 2001, por el que se prohibía la extradición de los militares nacionales reclamados por otros países acusados de crímenes de lesa humanidad. Un primer paso hacia su siguiente hito legislativo y de grandes consecuencias judiciales: la anulación de las Leyes de Obediencia Debida (1986) y de Punto Final (1987), que impedirían a los autores y cómplices de las atrocidades de la dictadura disfrutar de impunidad.

Los Kirchner se habían convertido también en el gran aliado en el cono sur de la Venezuela bolivariana de Hugo Chávez. Además del famoso maletín con varios millones de dólares para la campaña presidencial de Cristina, el líder caraqueño fue el pilar decisivo en la reciente promoción de Néstor Kirchner a la Presidencia de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR), uno más entre las numerosas instituciones latinoamericanas, poco operativas y eficaces, pero llenas de personalidades que mantienen nivel y ambiciones.
   
El justicialismo vuelve ahora a hervir en busca de o bien consolidar en el poder a Cristina Fernández, viuda de Kirchner, o bien entronizar a otro candidato que domine ese conjunto tan variopinto y complejo como es el peronismo. A buen seguro que Daniel Scioli, el gobernador de la poderosa provincia de Buenos Aires, ya está moviendo los hilos para postularse.

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