edición: 2328 , Lunes, 23 octubre 2017
03/03/2009
Observatorio de Coyuntura

La política fiscal cobra protagonismo frente a la monetaria en EEUU

Servicio de Estudios de 'la Caixa'.- Hasta hace bien poco, el activismo fiscal no parecía contar con muy buena imagen. Entre los economistas, existe un consenso bastante amplio en que el mejor instrumento para superar una recesión es la política monetaria. La ortodoxia dicta que, en el plano fiscal, lo mejor es dejar operar a los denominados estabilizadores automáticos. En otras palabras, permitir el deterioro del saldo fiscal como consecuencia de los menores ingresos y mayores gastos derivados de una recesión, pero no ir más allá. Se trata de un principio válido para recesiones normales pero ante la gravedad de la crisis actual y el mal funcionamiento de los resortes por los que se transmite la política monetaria, las políticas de estímulo fiscal ofrecen una alternativa posible, aunque imperfecta, para contrarrestar el deterioro económico y contribuir a la recuperación de la confianza.

En líneas generales, hay tres formas de efectuar un estímulo fiscal: más gasto público, mayores transferencias, o una reducción de impuestos. Keynes abogaba por la primera de estas opciones como la más efectiva para expandir la demanda agregada, argumentando que por cada euro de gasto, el PIB aumenta en más de un euro gracias al efecto multiplicador. El PIB sube en un euro por las compras directas del gobierno, siempre que sean en bienes producidos íntegramente en el país, y algo más por el aumento del consumo en los hogares que producen estos bienes y que obtienen con su venta ingresos adicionales. La segunda opción consiste en transferir recursos del sector público al sector privado. El riesgo de esta alternativa es que los receptores de las transferencias pueden destinarlas a ahorro o repagar deuda, lo que reduciría el impacto positivo a corto plazo sobre el PIB –un riesgo a tener en cuenta en el entorno actual, caracterizado por una elevada aversión al riesgo en hogares y empresas–. Este mismo riesgo también afecta a una reducción de impuestos si bien, por otra parte, esta alternativa puede estimular la actividad si se recortan aquellos especialmente distorsionadores o si se incentiva el consumo directamente, por ejemplo mediante una rebaja temporal y sustanciosa de los impuestos que gravan la compra de vehículos.

En la práctica, existe una incertidumbre considerable acerca de la magnitud de los multiplicadores de las distintas políticas (lo que aumenta el PIB con un estímulo que agrande el déficit fiscal en 1% del PIB). Las estimaciones más utilizadas sitúan el multiplicador del gasto público entre 1 y 1,5 aunque algunos analistas han estimado valores menores a 1. Para las rebajas de impuestos, la mayoría de estimaciones de los multiplicadores oscilan entre 0,5 y 1 a un horizonte de 1-2 años, pero alcanzan valores de 2-3 a medio plazo.(1) En el caso de las transferencias, el efecto a corto plazo es similar al de las rebajas impositivas. En todo caso, las rebajas de impuestos y las transferencias pueden tener un efecto considerable sobre el PIB a corto plazo (con un multiplicador mayor a 1) si los hogares o las empresas beneficiarias gastan la mayor parte de estos recursos adicionales. En general, la magnitud de los multiplicadores, además de variar con distintas políticas, también depende de las características de la economía que recibe el estímulo fiscal. Por ejemplo, un estímulo fiscal en una economía con un alto nivel de deuda puede ser contraproducente si pone en duda la solvencia del país y, a resultas de ello, aumenta la prima de riesgo del país y los tipos de interés.

La experiencia histórica ofrece algunas pistas sobre los factores que han reducido la efectividad de las políticas de estímulo fiscal. En primer lugar, los planes de inversión pública, que en principio podrían tener un mayor impacto a corto plazo, tardan bastante en materializarse y son a veces improductivos (el problema denominado «carreteras a ninguna parte»). En cambio, las reducciones de impuestos o un aumento de las transferencias acostumbran a implementarse más ágilmente. El estímulo fiscal propuesto por Obama, por ejemplo, incluye una rebaja considerable de impuestos porque, según ha argumentado su equipo económico, existe un límite en la cantidad de inversión que se puede ejecutar de forma eficiente en un tiempo limitado de tiempo. En segundo lugar, en el pasado, las medidas de los planes fiscales a menudo no han sido las más adecuadas para estimular la actividad sino que su lógica parece haber respondido más al poder que distintos grupos de presión han ejercido sobre su diseño. Por último, la experiencia indica que la corrección del déficit fiscal una vez superada la recesión ha tendido ha alargarse más de lo debido, aumentando la deuda pública y planteando dudas sobre la sostenibilidad fiscal. La credibilidad del gobierno que impulsa un plan de estímulo es, en este sentido, crucial para que un aumento significativo del déficit no dañe la confianza de consumidores y empresas.

En un informe especial publicado a finales de 2008, el FMI recomendaba para los planes de estímulo fiscal en ciernes que fueran rápidos, porque la actividad y la confianza se ha deteriorado súbitamente; duraderos, porque la recesión podría ser larga; diversificados, combinando gasto, transferencias y rebajas de impuestos; revisables al alza, porque la recuperación de la confianza requiere un compromiso del gobierno para hacer lo que haga falta; internacionales, para sumar energías frente a una crisis global; y sostenibles, para evitar un aumento explosivo de la deuda y una reacción adversa de los mercados financieros. ¿Será posible? En unos meses comenzaremos a tener respuestas.

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