edición: 2514 , Viernes, 20 julio 2018
16/07/2010

La recuperación del negocio bancario pierde fuerza

Carlos Schwartz
JPMorgan Chase, el primer banco de los Estados Unidos por activos, anunció ayer los resultados para el segundo trimestre de este año. Los ingresos netos de la entidad fueron de 4.800 millones de dólares, pero esta cifra incluye la recuperación de 1.500 millones de dólares de un fondo de compensación de pérdidas por créditos morosos. Si se resta a los 4.800 millones los 1.500 de las provisiones rescatadas la cifra se queda en 3.300 millones de dólares. Hecha la cuenta desde este punto de vista, los resultados del segundo trimestre de este año de JPMorgan Chase son iguales a grandes rasgos -aunque la composición íntima de las cifras no sea la misma- que los del primer trimestre cuando el banco obtuvo una cifra de ingresos netos de 3.300 millones de dólares. La lectura que se puede hacer de este fenómeno es que el proceso de fuerte recuperación de los ingresos y beneficios de la banca estadounidense orquestada sobre la base del dinero a coste casi cero merced al quantitative easing de la Reserva Federal está tocando techo o llegando a su fin.

Las grandes cifras que parecen indicar un crecimiento más lento de China, el temor a una caída de la producción mundial con la reaparición de la recesión, la posibilidad de un periodo de deflación en Europa, la sostenida duda sobre la viabilidad del saneamiento presupuestario en la Unión Europea, han puesto de relieve la retirada de los flujos de inversión en Europa. Mientras tanto, el dinero sigue fluyendo a los mercados emergentes. Ayer daba la nota Singapur con el anuncio de un fuerte crecimiento en el segundo trimestre de este año. Sin embargo esos flujos monetarios no son sin consecuencias ya que alimentan las burbujas de precios de los activos, presionan al alza a las monedas locales y esto a su turno provoca una reducción de las exportaciones de las economías cuya expansión depende de las exportaciones.

Brasil, por ejemplo, ha venido luchando contra el ingreso de los capitales especulativos que provocaron un alza sostenida del real el año pasado, llegando a imponer una tasa del 2% sobre los flujos de dinero exterior destinado a operaciones en los mercados de valores. Pero en cualquier caso mientras el dinero se retira de Europa fluye hacia los países emergentes. Lo malo es que esos flujos se pueden revertir de forma precipitada ocasionando trastornos monetarios de consideración. Más aun si los movimientos de capitales se basan en el carry trade, es decir en crédito barato invertido en activos más rentables en monedas más débiles pero en mercados con tipos de interés más altos. Este ha sido el método mediante el cual los bancos han reconstruido sus beneficios a expensas del crédito barato, desde luego a sabiendas de las autoridades monetarias de cada país que han dejado la puerta abierta a esta forma de ganar dinero para una rápida reconstitución de los ingresos del sector.

Pero todo parece indicar que este negocio tiene límites, no sólo económicos, sino políticos. La ausencia de crédito para la pequeña y mediana empresa en los Estados Unidos -ni que hablar de España, desde luego- ha comenzado a ser motivo de creciente inquietud en ese país, entre otras cosas porque este sector representa el 60% del empleo del país. El cuestionamiento del negocio bancario a escala internacional lejos de haberse disipado va a adquirir una dimensión más aguda a la vuelta del verano. España no será una excepción. Entre otras cosas porque los flujos de beneficios del último año no se han utilizado para limpiar balances en todas las entidades. La caída del empleo previsible en octubre por el efecto estacional de la finalización de los contratos de temporada va a pesar sobre el ánimo de la sociedad con fuerza. El debate sobre el final del proceso de crecimiento de los balances de los bancos centrales empieza a poner en duda que el apoyo de la liquidez a bajo coste se mantenga en forma persistente. Mas bien parece encaminarse a un final a corto plazo, al menos en Europa.

El conjunto de este cuadro arroja cierta luz sobre la tendencia de los grandes fondos de inversión, incluidos los fondos de alto riesgo, de reducir la inversión en acciones e incrementar las posiciones en dinero. Los resultados de la encuesta entre fondos de inversión de Reuters han puesto de relieve esta semana que la tendencia a incrementar las posiciones en dinero se ha consolidado durante el último mes. Esta liquidez de todas formas se invierte, pero lo hace en fondos vinculados a los mercados monetarios y no a los mercados de acciones o de deuda. El efectivo, la liquidez atesorada por los fondos de inversión va a determinar en buena medida la evolución de las bolsas.

En lo que resta de este año se tendrá que dirimir si ese dinero embalsado fluye de nuevo hacia los mercados de valores o se mantiene fuera del campo de juego bursátil. Que la incertidumbre es grande lo demuestra además el incremento del precio del oro. En torno a los 1.250 dólares la onza, el oro se ha manifestado una vez más como un valor de refugio de primer orden. El Banco de Pagos Internacionales en su último informe anual menciona la pignoración de oro por parte de otros bancos centrales -no parece que se trate de la banca privada- para obtener liquidez suplementaria pero no menciona la nacionalidad de los bancos que han ejecutado swaps contra sus reservas en oro frente al Banco de Pagos Internacionales.

La carrera sobre el oro en el contexto de la crisis económica internacional es la más grande en casi 40 años desde finales de la década de 1970. Uno de los rasgos de este proceso es cuestionar profundamente la idea de que se puede desmonetizar al oro. Proceso en el se empeñaron los bancos centrales del mundo durante largas décadas. Pero el oro, reticente a abandonar el escenario, se sigue manifestando como una medida universal de valor cada vez que la desconfianza hacia las monedeas aflora. Visto de otra manera, en las épocas de turbulencia monetaria se hace visible el hecho de que el oro eliminado de los circuitos monetarios desde la caída de Bretton Woods a finales de los 70, sigue siendo medida última de valor del dinero.

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