edición: 2682 , Viernes, 22 marzo 2019
22/07/2010

La reforma del sistema financiero de EEUU, un torpe remedo

Carlos Schwartz
Ayer, el presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, firmó la ley de reforma del sistema financiero estadounidense. La reforma bascula sobre tres principios fundamentales: protección del consumidor, visibilidad y control de los productos de alto riesgo, como derivados y CDS, y restricción a la inversión de recursos propios en los mercados por parte de los bancos. La ley diseñada por los senadores Barney Frank y Christopher Dodd, con asesores como el ex presidente de la Reserva Federal, Paul Volker, ha acabado bastante más limitada que el proyecto original y entre los decepcionados por este desenlace está el propio Volcker por las cortapisas puestas a su propuesta destinada a reducir la capacidad de los bancos para especular con el dinero de los clientes.

Como es sabido, tras cada crisis de gran entidad los gobiernos modifican la regulación para controlar de forma más estrecha a los malos de la película. Aunque no sea más que para apaciguar a la opinión pública. Lo cierto es que la ley, por más ruido que haga la Administración Obama, sale con serias limitaciones por la necesidad de negociar con los republicanos para su aprobación y por la inmensa presión del lobby bancario. En 1933, Estados Unidos aprobó la Ley conocida como Glass-Steagal que levantó una muralla china para impedir que los bancos especularan con los depósitos de los clientes prohibiendo su acceso directo a los mercados, y reservando la operación en éstos a los denominados bancos de negocios. La ley Glass-Steagall surgida del crash de 1929 fue derogada en 1999, por cierto bajo el gobierno del demócrata Bill Clinton, tras el triunfo final de la presión de los grandes bancos sobre su gobierno y ya al final de mandato. Tras la crisis de Lehman Brothers en 2008, la Administración de George Bush permitió a los bancos de negocios adquirir estatuto de banca comercial para poder acceder a las ayudas estatales de las que habían quedado excluidos de hecho. Pero se mire por donde se mire la ley firmada ayer es un torpe remedo de la Glass-Steagall, lo que desde luego está en línea con los tiempos que corren.

No por ocio, sino más bien por necesidad, ayer di un repaso a una entrevista a John K. Galbraith publicada el 26 de junio de 1988 en el suplemento de economía de El País a quien interrogué en un hotel de Lisboa por esas fechas. Corrían por entonces rumores de que la Glass-Steagall, así como su homónima japonesa, el artículo 65 de la ley de banca, serían derogadas. A las preguntas, Galbraith se mostró escéptico: “En principio  tengo mis serias dudas de que la ley Glass Steagall sea eliminada. Más bien esa es una presión de los bancos por acceder a un mercado que les ha sido vedado y bien vedado está. La afortunada existencia de la ley impidió que las entidades de crédito salieran más tullidas del crash de octubre (de 1987). El negocio del riesgo en el mercado de capitales sometería a los bancos a una prueba excesiva. De más está decirle que me opongo radicalmente a que se elimine totalmente esa ley”.

Estaba claro ya entonces que el establishment bancario estadounidense no cejaría hasta penetrar en las bolsas de Tokio y Nueva York, lo que era difícil prever era que con los años la penetración de la banca en la esfera de la especulación con recursos propios y de clientes llegara a las cumbres que alcanzó en el nuevo siglo. La verdad es que Galbraith, que llegó a la avanzada edad de 98 años y murió tan recientemente como 2006, era un enemigo feroz de los especuladores a quienes acusaba del crash de 1929. Por ello despreciaba profundamente ciertas reformas liberales como las reducciones de impuestos. Acusaba a Ronald Reagan de haber empujado la titulización porque sus reducciones de impuestos habrían alentado a los perceptores de los beneficios industriales a retirar los capitales de la actividad productiva para canalizarlos hacia la especulación pura y dura.

Por cierto que el recuerdo de Galbraith fue suscitado por otro, por el de John M. Keynes... quien afirmaba “Podría pensarse que estas conclusiones son obvias si la experiencia no demostrara que muchos banqueros conservadores estiman que ella (el hecho que el estado no está por encima de los intereses personales) resulta más consonante con su investidura, además de que ahorra reflexión, el desplazar el debate público sobre los temas financieros fuera del plano lógico y hacia un plano supuestamente “moral”.

Y lo cierto es que ambas reflexiones no fueron en solitario, sino en conversación con el profesor de economía de la Universidad del Estado de Utah, Al Campbell mientras salíamos de una larga entrevista en la Corporación Cooperativa de Mondragón (MCC).

En opinión de Campbell, la época en que los economistas tenían un sentido de estado, y pensaban en los términos de la defensa del interés común, y entendían las estructuras financieras como instrumentos de la producción, había pasado a la historia. Los Keynes y los Galbraith con los que se llenan la boca los seudo progresistas se han extinguido en la esfera pública. En su lugar hay por ejemplo un Timothy Geithner, secretario del Tesoro de Estados Unidos, retrocediendo ante la presión de la banca, o un titubeante Banco de España y un Gobierno que no hace más que ceder ante ella.

Por cierto, hay otra forma de ver la realidad. Y de recorrerla. En 2009, el grupo Fagor Ederlan, fabricante de partes, componentes y recambios para la industria de la automoción y que está integrada en MCC, sorteó la falta de crédito bancario gracias a la redistribución de la tesorería de otras empresas cooperativas que forman parte de la corporación. La recirculación de los excedentes de tesorería a través de la sociedad de garantías recíprocas del grupo ha permitido a diversas empresas superar el temporal. Entretanto otros competidores, asfixiados por la falta de crédito, cerraron.

A consecuencia de la posibilidad de disponer de crédito, una empresa que sobrevive en estas condiciones se beneficia de las que no soportan las condiciones de iliquidez en la lucha por la supervivencia adquiriendo automáticamente más mercado. Es decir, el dinero tiene una importancia vital para la producción y por ende para el mantenimiento del empleo. Los que se centran en superar las barreras que se ponen a la especulación, a lo que están dedicados los bancos, simplemente anteponen los intereses de la industria bancaria a los intereses generales de la sociedad.

El Financial Times de ayer señalaba que de acuerdo con Sheila Bair, presidenta de la Corporación de Seguro de los Depósitos de Estados Unidos (FDIC en inglés), los miembros del comité que está poniendo a punto los estándares internacionales de capital para la banca “está sucumbiendo” a las presiones “poco honradas” del lobby bancario. La señora Bair dijo en esa entrevista que una mayoría de los representantes de bancos centrales que debaten en el Banco de Pagos Internacionales la reforma de los requisitos para la banca, considera necesario un incremento del capital de las entidades financieras, pero que otros funcionarios estaban siendo persuadidos para adoptar medidas menos duras.

Los reguladores desde luego deben asegurarse de que los bancos se ajusten a normas estrictas, pero en todo esto parece que lo que se pierde realmente de vista es que la función de los bancos es prestar dinero para la producción de bienes y servicios y no atesorarlo para especular. Y que finalmente la licencia para operar como banco, es decir concentrar recursos del público para utilizarlos, preferentemente en el bien de la comunidad, es una concesión administrativa que les cede el estado por mediación de un gobierno electo. Pero parece que esto tampoco lo tienen en cuenta ni siquiera los propios gobiernos, entre ellos el español.

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