edición: 3099 , Martes, 1 diciembre 2020
23/03/2010

La reforma sanitaria de Obama no cuestiona el principio de la libertad y responsabilidad individual

Pedro González
La accidentada peripecia de la reforma sanitaria americana ha servido para poner de manifiesto las diferencias entre los modelos de sociedad europeo y norteamericano. El impulso socialdemócrata ha sido el principal artífice de que la sanidad sea prácticamente universal en toda Europa. Una seguridad cuyo coste ha sido asumido por toda la ciudadanía, que siempre que firma un contrato sabe que una parte sustancial de su sueldo bruto será detraída para financiar precisamente tanto sus problemas de salud como su jubilación al término de su vida laboral. Hay diferencias no obstante, ya que mientras en España, por ejemplo, un trabajador mileurista podría ganar 1.500 si no fuera por lo que el Estado le detrae a él y a su empresa para costear la Seguridad Social, en Suecia ese concepto es gratis pero a costa de una presión impositiva que supera en términos reales el 50% de los ingresos brutos de cualquier contribuyente. Estas innegables conquistas se traducen obviamente en la gran autoestima que supone sentirse plenamente protegido, a cambio por supuesto de que el Estado se lleve una porción de cualquier actividad creativa, laboral ó mercantil de todos y cada uno de sus ciudadanos.

En nombre del sacrosanto principio de la libertad y la responsabilidad individual, Estados Unidos optó siempre por dejar la sanidad en manos de la iniciativa privada, como la práctica totalidad de las actividades de sus ciudadanos. Ese respeto ha forjado una mentalidad que no es fácil de mutar, y es que, al tiempo que enarbola que es el país en el que es posible realizarse cualquier sueño, es también un cuadrilátero en el que solo caben dos resultados: la victoria o la derrota. Estados Unidos, la sociedad americana por lo tanto, aprecia y ensalza a los ganadores y desprecia a los perdedores. Esa mentalidad persiste también respecto de la sanidad, puesto que, aún aprobada la reforma en la Cámara de Representantes de Washington, un 53% de los norteamericanos la rechaza.
 
Como él mismo lo ha señalado con su impecable retórica, Obama ha comenzado a implantar los cambios que dibujó en su programa electoral, y es justo reconocerle que, a pesar de los necesarios recortes para que fuera aprobada, la nueva ley dará cobertura sanitaria pública a 32 millones más de ciudadanos. Quedarán aún sin protección 15 millones de americanos y otros 12 millones de inmigrantes ilegales, la mayor parte de ellos latinoamericanos. En todo caso, un pequeño gran paso que no consiguieron consumar, pese a haberlo proyectado, Harry S. Truman, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon y Bill Clinton. Todos estos presidentes consideraron incompatible con la Declaración de los Derechos Humanos que una considerable cantidad de sus compatriotas se vieran rechazados de manera implacable ante los hospitales cuando no disponían de medios ni de la correspondiente póliza de seguro para hacer frente a sangrantes emergencias.

Pero, en este caso como en muchos otros de la vida diaria, que van desde catástrofes naturales a la realización de un mal negocio, el americano apela siempre a su libertad para emprender la aventura que desee si bien asumiendo los riesgos de la misma, es decir nadie le podrá discutir que se haga de oro si su iniciativa se ve coronada por el éxito, pero por el contrario será también dueño absoluto y único de su propio fracaso, si tal sucediere. En éste también se incluye su hipotética falta de previsión, tanto para asegurarse contra contingencias imprevistas en el negocio emprendido como para hacer frente a una enfermedad sobrevenida.

Al margen de los casos individuales, con su mayor o menor carga dramática, lo cierto es que esta mentalidad de conjunto evidencia las grandes diferencias con una Europa muy segura de sí misma, pero por la misma razón menos proclive a la iniciativa y a los riesgos que conlleva, una razón si no decisiva, sí coadyuvante a la progresiva pérdida de protagonismo de Europa en la escena de un mundo globalizado. La estructura federal de Estados Unidos supone, entre otros muchos ejemplos, que un Estado sea también dueño de su destino, de manera que sus ciudadanos prosperen y se enriquezcan, pero que no acudan de inmediato, si vienen mal dadas, al gobierno federal o a los Estados más prósperos y ahorradores para que palien sus pésimas inversiones o su excesivo endeudamiento.

En el orden político, en fin, es una espléndida lección de usos democráticos la comprobación de cómo Obama ha tenido que convencer, diputado a diputado de su propio partido, para ganar una votación decisiva. Una diferencia sustancial con democracias europeas, especialmente la española, donde hasta las cuestiones de conciencia son votadas en bloque por todos los diputados de un partido, la muestra más evidente de cómo tales partidos se convierten en burocracias de poder que se deben mucho más al líder y proveedor de esa burocracia que a los ciudadanos que les votan y les mantienen con sus impuestos.

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