edición: 3028 , Viernes, 14 agosto 2020
13/01/2011

La represión no calmará a una juventud magrebí harta ante la falta de futuro

Pedro González
Antes de su golpe de Estado contra Habib Burguiba, el presidente y padre de la independencia de Túnez, Zine el Abidin Ben Ali era el responsable de la seguridad. Un experto en represión, partidario del palo y tentetieso, que solo cree en la mano dura como fórmula para atajar cualquier atisbo de disidencia. Veintitrés años después de haber desalojado del poder a  Burguiba, el presidente tunecino ha impuesto una dictadura de hecho, apoyada en un control férreo de la población, de sus movimientos y de sus intercambios de información de una parte, y en la estabilidad de sus instituciones, de otra, lo que ha permitido un flujo constante de inversiones extranjeras, principalmente europeas, que han contribuido sin duda a los buenos índices económicos de Túnez.

Sin embargo, la UE, y especialmente Francia, Italia y España, han pasado sistemáticamente por alto todos y cada uno de los síntomas que presagiaban el estallido actual. Mucho más preocupados por la expansión y el contagio del islamismo radical, han cerrado los ojos y hecho oídos sordos al formidable problema social que se estaba incubando.

La actual revuelta que sacude a Argelia y a Túnez es por lo tanto originariamente de carácter social. Sin embargo, la dureza de los métodos represivos aplicados para contrarrestar las protestas, está transformando los objetivos iniciales en la mismísima puesta en cuestión de los máximos dirigentes: Ben Ali en Túnez, y Abdelaziz Buteflika en Argelia, dos figuras que no solo se han petrificado al frente de sus respectivos países sino que también han contribuido a que sus sistemas se hayan agotado.

Todos los testimonios de quienes han desencadenado las protestas, así como los de muchas personas de lo que podríamos denominar mayoría silenciosa, apuntan en la misma dirección: la corrupción y el nepotismo rampantes como cáncer del sistema, cuya metástasis hace ya prácticamente imposible su transformación más o menos pacífica hacia fórmulas reales de participación democrática. Ambos países, con enormes riquezas en su subsuelo, han sido incapaces de ofrecer perspectivas ciertas de futuro a una juventud explosiva. Esas riquezas están secuestradas paradójicamente por clases dirigentes pretendidamente modernas y progresistas, es decir los nacionalistas y socialistas que conforman ambos gobiernos.

Al contrario que Europa, los países del Magreb disponen también del gran tesoro que supone una población cuyo 70% es menor de 25 años. Pero, desgraciadamente, gran parte de esos jóvenes pasan los días al sol, en las plazas de pueblos y ciudades, sin que contemplen oportunidades reales de trabajar, ganar un salario estable y realizar sus ambiciones tradicionales: adquirir una vivienda, fundar un hogar independiente del de sus padres, tener una familia y aspirar a progresar profesionalmente. Suele denominárseles los “sujetamuros”, porque tal es el panorama que ofrecen las grandes filas de estos jóvenes apoyados en las paredes exteriores de sus casas durante la mayor parte del día.

No parece casualidad que esa juventud desesperada califique a Ben Ali y a su mujer como “los Ceausescu”, una alusión nada velada al exhaustivo control de todos los resortes del poder, la economía y las finanzas del país por el matrimonio presidencial. Un control que se traduce asimismo en la imposibilidad real de obtener un empleo o un cargo, o de progresar en cualquier puesto de carácter técnico sin la anuencia o la recomendación de los jerifaltes. Los cierres de institutos y universidades, los encarcelamientos y sus correspondientes torturas, los muertos y heridos a causa de la dureza represiva de policías y militares requeridos por ambos regímenes no son por supuesto la solución; antes bien dejarán un poso aún más profundo de frustración y amargura en gentes que han tomado conciencia de que la vida es ya lo único que les queda por perder. Ese es el razonamiento que se hicieron los primeros jóvenes que se quemaron a lo bonzo ante la injusticia. Que el muftí de la República de Túnez, Otman Batji, haya recordado que los suicidas han atentado gravemente contra la religión islámica, puesto que “sólo Dios todopoderoso puede dar y quitar la vida”, no consuela en absoluto a los que creen que lo único que les queda ya es el “hybris”, su derecho a la cólera.

En esa falta de horizonte, muchos jóvenes también abominan de Europa, tanto porque no les abre las puertas como porque de Paris, Roma, Madrid o Bruselas apenas han salido tenues frases  de lamento y de condena de la violencia en abstracto, es decir nulo apoyo a sus reivindicaciones desesperadas. Ha sido la Secretaría de Estado norteamericana la única que ha elevado el tono ante la dureza empleada en la represión de esta intifada. Ben Ali y Buteflika seguirán en el poder, al menos momentáneamente, pero el problema, seguro, reaparecerá con tanta o mayor virulencia, si ambos no atacan la raíz del mismo. Y, a día de hoy, eso es casi un imposible metafísico.

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