edición: 2823 , Viernes, 11 octubre 2019
30/05/2011
EL DEDO DE MADOZ

La reunión del G8 y la orfandad internacional de las empresas españolas

El ejemplo es significativo precisamente por lo que la ausencia de España puede suponer para los intereses empresariales relacionados con el norte de África
Reunión de los países del G8 durante el pasado fin de semana
Carlos Schwartz

Alguna vez en el pasado, como en L'Aquila en el 2009 bajo convocatoria italiana, España asistió a la cumbre del G8. Eran las épocas en que el presidente del Gobierno señalaba que España sobrepasaría a Italia y alcanzaría a Alemania en materia de producto interior bruto (PIB). Esos tiempo han quedado atrás, y las empresas españolas habitan en una zona de orfandad ante el concierto internacional. Como ejemplo baste recordar que las indecisiones del Gobierno para organizar la evacuación de los trabajadores españoles en Libia dejó en manos del principal inversor español en la zona, Repsol, buena parte de la salida de españoles en el país, entre ellos los trabajadores de Sacyr, algunos de los cuales regresaron en los vuelos contratados por la petrolera.

La agenda del Grupo de los Ocho (G8) que sesionó jueves y viernes pasado en el balneario atlántico francés de Deauville fue sumamente abultada, pero uno de sus puntos estratégicos era la asistencia a las naciones árabes en su transición hacia la democracia. La ausencia de España como invitada ha sido asaz llamativa, teniendo en cuenta que el país anfitrión había tenido hasta hace bien poco la delicadeza de invitar al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero a los cónclaves internacionales que auspició. La categoría de cadáver político en la que ha entrado el Gobierno -cuya permanencia sólo parece ser funcional a las reformas antipopulares pendientes- parece haberlo apartado de los centros de decisiones internacionales. Salvo cuando se lo requiere para que adquiera compromisos de fondo con su estabilidad económica.

Las principales decisiones adoptadas la pasada semana en el foro internacional son centrales en lo que hace a las nuevas relaciones de Estados Unidos y Europa en el norte de África. El eje de las mismas consiste en financiación del orden de los 20.000 millones de dólares para Túnez y Egipto en la medida que evolucionen hacia regímenes democráticos y va de suyo que amistosos hacia sus patrocinadores. El programa de ayuda involucra al banco Europeo de Reconstrucción y Fomento, al Banco Europeo de Desarrollo, el Banco Mundial y el Banco Africano de Desarrollo. Por añadidura países del G8 como Francia, Italia y Alemania comprometieron financiación adicional al igual que los Estados Unidos. Alemania, Francia -el anfitrión- Italia, y Reino Unido por Europa, Japón, Canadá y Estados Unidos de otra parte, y Rusia en calidad de país emergente forman la versión ampliada del viejo G7. En el trasfondo del cónclave de la semana pasada se desarrollaba una gestión indirecta de la crisis de Libia. No es por azar que el rebelde Consejo Nacional de Transición libio anunciara el sábado pasado que otorgaría inmunidad a los miembros del Gobierno del régimen de Gadafi que abandonaran sus filas. En este último país se concentran intereses de Francia (Total), Italia (ENI) y España (Repsol). Otros intereses seriamente afectados por parte española son las empresas constructoras, en particular Sacyr.
 
El ejemplo de la reunión del G8 es significativo precisamente por lo que la ausencia de España puede suponer para los intereses empresariales relacionados con el norte de África. Italia y Francia han desarrollado una intensa campaña en la crisis Libia, en especial Francia con sus expediciones diplomáticas a la zona rebelde y su determinación de empujar a Gadafi fuera del control del país por la vía militar, y finalmente Italia, que ante la presión internacional tomó distancia del régimen con el que tenía una relación privilegiada de ex potencia colonial. En este contexto España brilla por su ausencia, descargando sobre las empresas el desarrollo de una política bilateral a dos bandas, de un lado con los rebeldes del otro con el gobierno de Trípoli.

Entretanto, a dos meses de las hostilidades decretadas por la OTAN el conflicto parece empantanado. Una partición del país en los bordes de Misrata o del complejo petrolífero de Ras Lanuf, dejando la parte oriental del país, rica en recursos petroleros, bajo control rebelde parece reactualizarse. Sin embargo, una salida de esta naturaleza es sumamente inestable. Mientras, la explotación de crudo en el país se encuentra suspendida y los pagos al Gobierno del régimen de Gadafi están embargados con lo cual las facturas son pagadas contra cuentas contingentes a la espera de un desenlace.

Es en este contexto que circularon recientemente las versiones de que el ex presidente de la Empresa Nacional de Petróleo de Libia, Shokri Ghanem, habria abandonado el bando de Gadafi. Algunos testigos presenciales cuyo testimonio fue publicado por la prensa vieron a Ghanem en Viena el pasado 20 de mayo.
Sin embargo, aparentemente el ex presidente de la petrolera estatal ha sido liberado de su cargo para que colabore en la recuperación de activos de Libia que el gobierno de Trípoli necesita desesperadamente para sostener su campaña contra los rebeldes. Mientras, con el apoyo directo e indirecto de sus gobiernos, tanto Total como ENI mantienen sus contactos con Trípoli de un lado y con el gobierno rebelde en Bengasi del otro, en un escenario cuya lenta evolución no acaba de dibujar un desenlace claro. El jueves pasado Estados Unidos anunció que rechazaba una propuesta de cese del fuego de Libia porque no había sido acompañada por hechos reales. El primer ministro de Libia, Al Bagdadi Ali Majmud, se puso en contacto con diversos países, entre ellos España, para anunciar esa propuesta de cese del fuego.

En este contexto no se trata solo de que España no forma parte del G8, y por tanto ha estado al margen de la negociación de la ayuda para Túnez y Egipto, países de interés estratégico para Alemania, Francia e Italia. Se trata de que la actual profunda debilidad del gobierno hace altamente improbable cualquier iniciativa para consolidar las posiciones de empresas españolas en el norte de África. Una gestión de ese tipo deberá esperar a un panorama político más favorable que de a España una presencia en el contexto europeo que permita favorecer los intereses españoles en la región.

Quien si ha anunciado propuestas en torno al reordenamiento de poder en la región ha sido Qatar quien inició una campaña de contactos con Kuwait, Arabía Saudita y los Emiratos, para constituir un Banco de Desarrollo para el Medio Oriente que participe activamente en la ayuda a los países en transición. Mientras que los regímenes conservadores de estos ricos países petroleros han sido objeto de ataques por parte de fuerzas democráticas en su propia casa, quedarse al margen del proceso de fortalecimiento de los nuevos regímenes en la región es dejar el campo expedito para que los países occidentales se hagan aún más fuertes en el norte de África.

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