edición: 3007 , Viernes, 10 julio 2020
02/03/2010

La sangrienta descomposición del castrismo

Pedro González
No hay ejemplos de dictaduras de izquierdas que acaben de manera pacífica y den paso a sistemas democráticos sin violencia. Con mayor o menor intensidad lo suyo es morir matando, de modo que la práctica de su totalitarismo se resume en una agudización de la intolerancia, de las torturas y  de la represión más o menos sanguinaria cuando barruntan que se acaba el chollo de su absolutismo. Los hermanos Castro no van a romper tan vergonzosa tradición. Su régimen está en los últimos estertores, pero ambos dictadores agotarán sus fuerzas aniquilando cualquier atisbo de libertad.

Verdaderamente se lo han puesto muy difícil a todos los que, por razones de solidaridad ideológica o de simple conveniencia, han preferido taparse los ojos ante los excesos del castrismo y han defendido los presuntos valores  iniciales de la revolución cubana. La sanguinaria gerontocracia que sigue rigiendo los destinos de la perla del Caribe necesitaría urgentemente otro Bush al que agarrarse desesperadamente para justificar la asfixia a que sigue sometiendo a doce millones de personas.

Ha tenido la mala suerte de que el actual inquilino de la Casa Blanca sea un negro que les ha tendido la mano. Lo han descalificado también, tan pronto como les ha pedido gestos que demuestren su disposición a la apertura y a la convivencia en libertad.

Al dejar morir como un perro a un negro, pobre y albañil, el castrismo ha creado el mejor icono de su propia contradicción. Orlando Zapata Tamayo no fue incluido siquiera en la lista de los 75, los intelectuales disidentes encarcelados en la primavera negra de 2003. Pero, ahora se ha erigido por encima de todos ellos en el símbolo de un régimen agotado, del que ni siquiera quedan las cacareadas medicina y  educación como el fruto más tangible y emblemático de aquella revolución. También como a toda dictadura moribunda, el único recurso que le queda es el de la propaganda, para el que no se escatiman recursos. Dentro de la isla, los medios oficiales –los únicos que existen legalmente; los demás son clandestinos- solo informaron de la muerte del negro Zapata para denigrarlo y presentarlo como un delincuente común.

No han podido tapar sin embargo que su huelga de hambre de 85 días no era para pedir la invasión de los yanquis sino para reclamar un trato humanitario, como anteriormente había realizado otras para reclamar libertad de acceso a internet. Desde que el Che Guevara asesinara por su propia mano en la prisión de La Cabaña a los primeros encarcelados de la revolución, en las penitenciarías cubanas son habituales las torturas, las palizas y todo tipo de vejaciones. En la más ortodoxa línea stalinista, el castrismo siempre ha justificado tales excesos culpando a las víctimas bajo acusaciones de ser cómplices del imperialismo norteamericano y/o de sicarios de la contrarrevolución. También, como ocurriera en la extinta Unión Soviética, los intelectuales que visitaban como invitados la isla aceptaban tales argumentos sin cuestionarlos, y aportaban su grano de arena al oprobio castrista sobre las víctimas.
 
La sucesión de huelgas de hambre emprendidas por otros disidentes pero, sobre todo la difusión de sus tragedias personales, marca un punto de inflexión que va a resultar muy difícil de contrarrestar a los gerontócratas de La Habana. Es obvio que, ante el creciente descrédito internacional, se impondrá momentáneamente la línea más dura, ya que los privilegiados del régimen saben que los perderán si abren la mano. También en esto siguen las mismas pautas históricas. Por eso, la represión y el ensañamiento van a recrudecerse, de modo que los denominados comités de vigilancia de la revolución van a multiplicar su trabajo de chivatos y de acoso social a quién ose expresar alguna discrepancia.

Sin embargo, el régimen acabará por caer. De momento, aún recibe sobre todo el oxígeno de un Hugo Chávez que quiere reencarnarse en un nuevo Fidel, con las mismas aspiraciones de extender su totalitarismo a toda América Latina, pero con el petróleo del que carece Cuba. Por esa senda parecía transitar la reciente cumbre de Cancún, embrión de una nueva organización panamericana, de la que estarían excluidos Estados Unidos, Canadá y Honduras, pero sin que nadie cuestionara la presencia destacada de Cuba, que por lo visto promueve el respeto al derecho internacional y a los derechos humanos. Ni siquiera el brasileño Lula movió un músculo que denotara duda alguna.

En todo caso, los dramas que se viven en Cuba ya no pueden ser silenciados y constituyen un anticipo de lo que les podría suceder a los venezolanos, bolivianos, ecuatorianos y nicaragüenses si sus dirigentes continúan forzando cambios constitucionales para acaparar tanto poder que no dudarán en traspasar pronto el umbral del totalitarismo. Después vendrían años de tragedias, de cierta comprensión internacional en aras al diálogo y defensa de los propios intereses nacionales, y en fin una larga noche cuya conclusión solo de producirá con violencia y derramamiento de sangre. O sea, como siempre ha sucedido con la mayoría de las dictaduras de derechas y la totalidad de las de izquierdas.

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