edición: 2702 , Martes, 23 abril 2019
07/09/2011
La directora del FMI recibe apoyos y elogios, sólo en privado

La sinceridad de Lagarde deja en evidencia a la clase política

Barroso y Trichet se sintieron ‘zarandeados’ por la ejecutiva del Fondo
Christine Lagarde, directora gerente del FMI
Juan José González

Es la segunda declaración que provoca la atención de los grandes rotativos mundiales en la sucesora de DSK, Christine Lagarde, en apenas un mes. Primero fue la afirmación sobre la práctica quiebra técnica de una buena parte de la gran banca europea, y ahora la seguridad que muestra la directora de la institución (FMI) en la inminente recesión a la que se dirigen las economías occidentales. Lagarde esta en esa fase de la comunicación institucional que los expertos denominan ‘posicionamiento del líder’, y que acostumbra a prolongarse en el tiempo varios meses, así que no se deben descartar nuevas incursiones de la líder del Fondo en próximas jornadas. Llama la atención, sin embargo, no la forma, sino el fondo, las reacciones públicas de gobernantes, burócratas y empresarios a las dos iniciativas que han merecido esa atención mediática mundial. Que la iniciativa de Lagarde sea contestada por Durao Barroso o Jean-Claude Trichet –se sintieron zarandeados- no resta el valor de los numerosos reconocimientos particulares que ha recibido la directora general del FMI. Pero sólo en privado.

Un batallón de expertos económicos, gobernantes y representantes institucionales, dedican los más variados calificativos (‘descalificativos’) a las iniciativas de Lagarde, en particular la referente a la inminente recesión mundial: inoportuna, arriesgada, exagerada, alarmista, desproporcionada… y alguna lindeza más ha tenido que recibir la primera ejecutiva del organismo económico. Sin restar un ápice a la buena intención que se supone tengan estas reacciones, la iniciativa de la directora –y ya líder del Fondo- de la institución puede haber ‘pecado’ de eso, de tomar la iniciativa, de no perder el tiempo y dedicar su tiempo libre –ninguno- a trabajar, antes que a piruetas de ‘correcamas’, igualmente de atención mediática en los últimos meses.

Lagarde llegó al FMI, y en su despacho, apenas tomó asiento y descolgó el primer teléfono, decidió que era el momento, en pleno verano, de agitar gobiernos e instituciones supranacionales, un tanto adormilados, ofuscados y casi cegados en resolver posturas encontradas, casar intereses nacionalistas particulares de socios europeos y políticos norteamericanos. A Lagarde le costaba admitir la postura de los dirigentes políticos y advertía desidia y falta de premura. Así que pensó que no vendría mal dar un toque, provocar ruido, sacudir al personal con intención de inquietar, estimular el principio de acción-reacción, y de intentar, al menos, movilizar a los adormilados gobernantes occidentales. Y parece que ha tenido éxito en el intento, de lo cual seguramente no espera reconocimiento inmediato: ya le llegará.

A Lagarde le corresponde el mérito de zarandear a Trichet, a Barroso, a Bernanke, así como a una treintena de ministros de economía y finanzas de Occidente. El anuncio de ‘recesión inminente’, no es más que una acción provocadora en la buena dirección, en la de estimular una reacción de los gobiernos e instituciones políticas y económicas para que se apliquen, de verdad, en la tarea de solucionar las situaciones que están al alcance de sus decisiones, que son la mayoría de ellas. La actitud corta de un Trichet que debería haber adelantado su relevo, devaluado y superado por la personalidad de dos líderes europeos, manejando en todo momento medias verdades, calambur, dejando un margen excesivamente amplio a la interpretación de muchas de sus declaraciones, han llevado a una Europa en crisis económica a la antesala del caos.

Lagarde ha dicho lo que no se podía decir. El reproche de Barroso y Trichet a la responsable del Fondo, se mantiene sobre la base del conocimiento profundo de los puntos débiles de las cuentas bancarias de las entidades europeas, de la capacidad de gestión y negociación de todos y cada uno de los dirigentes de la Comisión Europea. Lagarde tiene un conocimiento exacto de la cocina de Europa, de sus cocineros, de los ingredientes que se utilizan y de los platos y menús diarios de la eurozona. Así que no habría que sospechar sobre la veracidad del contenido de sus declaraciones: a fin de cuentas el ‘pecado’ de Christine no es otro que haber dicho la verdad, justo lo que ni Barroso ni Trichet ni esa treintena de responsables financieros tienen acordado ocultar bajo el eufemismo de ‘estabilidad presupuestaria’.

Después de todo, es más que probable que los líderes y los responsables de las finanzas europeas continuasen a estas horas instalados en la misma dinámica anterior al verano si alguien no hubiera lanzado desde lo más alto la voz de alarma. Y quien ha tenido la osadía ha sido Christine Lagarde.

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