edición: 2847 , Viernes, 15 noviembre 2019
08/05/2013

La tasa sobre transacciones financieras sufre una creciente dilución y amenaza con convertirse en un impuesto de sellos

Los 11 de la TTF se reunieron para evaluar la implantación de la tasa en un clima de creciente malestar por los efectos colaterales
Carlos Schwartz

Los 11 países de la Unión Europea que han acordado en febrero mediante el mecanismo de la “cooperación ampliada” la aplicación de una Tasa sobre las Transacciones Financieras (TTF) se reunieron el lunes a puerta cerrada para ajustar sus acuerdos previos a una reunión ampliada con los 27 estados miembros. Los miembros de la “cooperación” tienen una labor ingente: deben acordar por unanimidad un documento básico sobre la TTF. Pero, a medida que pasan los meses, las divergencias en el seno del grupo crecen. España, que no abre mucho la boca sobre este asunto no ha acertado a oponerse, pero tampoco resulta un ejemplo de entusiasmo de acuerdo con fuentes que asisten a estas reuniones. Más bien su actitud es arrastrar los pies para que se llegue a su aplicación lo más tarde posible mientras deja los reparos a los portavoces de Francia e Italia, países que tienen una tasa en funcionamiento ya. Sin embargo ambos se oponen con firmeza a algunos de los elementos del proyecto de Comisión Europea.

El proyecto es calificado en medios financieros como “una elucubración trasnochada de burócratas con afán recaudatorio que no han reparado en que su sola aplicación va a eliminar mercados cuya existencia ha sido imputada en el cálculo de la recaudación estimada”. Se podría afirmar que estas fuentes son parte interesada, y que por ende su resistencia a esta variante de una tasa Tobin es tendenciosa y poco equilibrada. Pero ocurre que el asunto está ocasionando desvelos a las propias autoridades de los países involucrados por el simple hecho de que va a generar un problema de liquidez a la banca europea de un lado, y va a deprimir seriamente la liquidez en los mercados primarios y secundarios de deuda pública.

El primer efecto en el cual han reparado los reguladores y las autoridades del tesoro de varios países es que el mercado de repos a un día contra dólares cuyo tipo medio de interés es del 0,15% anual se vería incrementado en el 0,1% diario. Esto hace inviable ese mercado en el cual hay un volumen diario de un billón de euros. Resultado, la liquidez en dólares de la banca europea desaparecería. Al menos para los 11. Pero hay un efecto de rebote. “De que le sirve a un banco fuera de los 11, pero dentro de los 27 tener en su cartera deuda pública española si tendrá que pagar la tasa de todas formas”, señala una fuente del tesoro de uno de los países fuera de la “cooperación ampliada”. La idea es que la tasa sea para las transacciones sobre todos los productos y en todos los mercados, señala.

No se trata de una pregunta retórica. Un banco estadounidense y un broker en Singapur que cierren entre si una operación sobre cualquier activo emitido en uno de los 11 países cooperantes y cotizado en Hong Kong deberán pagar al país emisor la tasa correspondiente. Como se puede comprender esto es motivo de alarma para todos los implicados en forma directa e indirecta, es decir como agente recaudador. En especial para las grandes plazas financieras. Esta es la razón por la cual el Reino Unido ha presentado ante el tribunal de justicia europeo la solicitud de que paralice la aplicación de la tasa basándose en su escasa legitimidad extraterritorial. Lo que ocurre es que estas contradicciones han minado la pretensión de gravar todos los activos y todos los mercados dentro de las filas de los propios países miembro de la cooperación ampliada y tanto Francia como Italia piden de forma taxativa la eliminación de la deuda pública del proyecto mientras otros no logran ponerse de acuerdo sobre la extraterritorialidad. Pero una de las cosas más urticantes es la incapacidad de la CE de ofrecer una cuenta clara de lo que se podría recaudar por mercados.

De acuerdo con una fuente de medios financieros, “La CE propuso a los gobiernos de 27 países recaudar un mínimo de 57 mil millones de euros mediante una contribución que bautizaron TTF con la intención declarada por parte de los políticos que el “sector financiero contribuyera de manera significativa”. Dos tercios provendrían de la recaudación de 37.700 millones del mercado de derivados, más concretamente de los de tipos de interés que aportarían 29.600 millones. La negociación sobre bonos soberanos aportaría 12.600 millones, la negociación en acciones
6.800 millones, los derivados sobre divisas contribuirían con 4.800 millones y finalmente los derivados de renta variable 3.300 millones. La recaudación se aportaría en un 31% por parte de Alemania, Francia contribuiría con un 22%, Italia con un 19%, España con 14% y el resto de países con otro 14%”.

Un total de 16 países consideraron que las cuentas de la CE eran contradictorias porque al mismo tiempo que suponían una recaudación de ese importe los expertos advertían que el mercado de acciones perdería un 20% de su volumen y el de derivados un 90% de su volumen. Lo cual generaba la contradicción de que se recaudaban cantidades sobre bases fiscales que se extinguían al mismo tiempo que se pretendía recaudar sobre ellas. Esto ponía en entredicho la idea de que por cada euro de sobrecoste en los tipos de interés que habría que pagar para contrarrestar el efecto de la tasa se recaudarían tres más por ésta última.

Ahora el criterio dominante entre los 11 es que la tasa no se debe aplicar a la deuda soberana, no se debe aplicar al mercado de los repos ni tampoco al de derivados de tipos de interés. Sobre este escenario restringido la recaudación sería de 4.600 millones en el mercado de acciones, 2.700 millones en el de derivados sobre divisas y 1.800 millones en derivados sobre renta variable, total 9.100 millones. Esto equipararía a la TTF con un impuesto sobre sellos como el que existe en Reino Unido. El camino de la dilución de la tasa es un recorrido por el interior del cónclave de los 11 que deberá asomar a la luz tarde o temprano bajo la forma de un documento unánime, seguramente tan diluido que su aplicación parecerá poco razonable.

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