edición: 2575 , Martes, 16 octubre 2018
04/05/2011

La ‘teoría de la conspiración’ ensombrece una trepidante semifinal

Antonio Cubero
El Barcelona jugará el próximo 28 de mayo por séptima vez en su historia la final de la Liga de Campeones en Wembley tras empatar a uno con el Real Madrid y hacer bueno el 0-2 del polémico choque de la ida disputado en el Bernabéu. Pedro adelantó al Barça, y Marcelo puso emoción a la eliminatoria y el miedo en el cuerpo del Camp Nou con el empate. Pero fue una quimera blanca soñar con marcar dos goles más que necesitaba para lograr la proeza de la remontada que sólo duró unos pocos minutos.

Fue en el arranque del segundo tiempo cuando de nuevo volvió a aparecer en escena la ‘teoría de la conspiración’ de la que tanto se quejan José Mourinho y una buena parte del madridismo cuando el colegiado belga De Bleeckere anuló un gol de Higuaín con la igualada a cero en el marcador después de que se aprovechara de un lance en el que Piqué tiró con una falta a Cristiano y éste en su caída hizo tropezar involuntariamente a Mascherano.

Pero el Madrid hará mal, muy mal en culpar a los árbitros de su eliminación y seguir manteniéndose aún en el absurdo discurso victimista impuesto por Mourinho para soslayar sus errores. Porque el Madrid debe olvidarse lo antes posible del triste fado que canta su entrenador desde que llegó al banquillo blanco. Y haría bien en tomar como punto de partida para edificar una nueva etapa la forma tan gallarda y valiente como cayó anoche. Con la cabeza bien alta y espoleado por los valores de lucha y entrega de otros tiempos en los que sumaba títulos y el reconocimiento de todos.

Ni el Barcelona tampoco se merece que su brillante camino hacia la final de Wemnley se vea empañada y ensombrecido por el recuerdo que le va a acompañar eternamente de haber sido favorecido por los árbitros. El Barça estará lo hará reforzado tras un espléndido duelo librado ante un combativo y excelente Madrid y la feliz reaparición de Abidal, después de una delicada operación quirúrgica debida a un tumor en el hígado.

El 0-2 del encuentro de ida pesó mucho en la conclusión de la eliminatoria pero hay que elogiar cómo el Madrid no bajó los brazos en ningún momento y se mostró mucho más ambicioso y acertado que en el Bernabéu, donde Mourinho regaló de forma caprichosa los primeros cuarenta y cinco minutos al parir la gilipollez de salir a por el 0-0 del que ahora tendrá que lamentarse.

Y una vez pasado estos cuatro clásicos en los que la crispación pasó por encima del fútbol, con pataletas en los despachos y ninguneo al buen juego, el Madrid debe abrir un periodo de reflexión desde el convencimiento de que cuando se es mejor que el mejor y se es más humilde que el más humilde, el éxito está al alcance de la mano.

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