edición: 2327 , Viernes, 20 octubre 2017
15/01/2009

La UE ladra, pero no muerde a Gazprom

La ‘guerra del gas’ le acelera el debate nuclear al Gobierno español
Ana Zarzuela

Bruselas enseña los dientes y los bocados de las denuncias multinacionales sólo arañan el aire, pero los atajos centroeuropeos, magrebíes y asiáticos –cerrados para la UE- le siguen demostrado a Moscú que todos los caminos rusos del gas conducen a Europa. Ni rastro de sanciones o la cuarentena para los acuerdos pendientes con Rusia. Con cada amenaza en falso,  evidencia la hondura de unas grietas por las que Moscú ha sabido colar a sus gigantes energéticos  y engrasa ahora la ‘pinza de precios’ para Europa. Ni a Barroso, ni a Merkel y Sarkozy les ha servido de mucho su diplomacia de doble cara para Moscú. Era un mal menor mientras GDF, E.ON o RWE sostuvieron sus alianzas con Gazprom y miraban desde el burladero las angustias de Bulgaria, Rumania o Eslovaquia. Pero, a pesar de los acuerdos, por el camino de la asfixia ucraniana el Kremlin le sigue recordando a la UE y  sus vecinos del Este su vulnerabilidad. Lo suficiente como para que la presidencia de turno checa apueste por acelerar el gasoducto Nabucco y le dé cuerda de nuevo a la carrera nuclear entre los Veintisiete.

Paradojas de la energía, es Gazprom la que destapa de nuevo la caja de Pandora atómica en Europa. Eslovaquia ha decidido la reapertura de un reactor -aún a costa de violar  el tratado de adhesión a la UE- Bulgaria se lo piensa y Lituania se plantea no cerrar una planta similar a Chernóbil. Todo antes que seguir peinando la dependencia energética rusa con las púas de Bruselas. España mira desde el burladero de Argelia esta ‘guerra del gas’, pero la estatal Sonatrach no deja de ser su primera suministradora y también ensaya su ‘abrazo del oso’. El Consejo de Seguridad Nuclear y el sector aprovechan los vientos huracanados de Gazprom para darle alas a un debate que el ministro Sebastián tendrá que destapar, como muy tarde, este semestre con la decisión sobre Garoña.

El presidente de la Comisión Europea, Jose Manuel Durao Barroso, amenaza a Rusia y Ucrania con calificarlos de "socios no fiables" si no resuelven una disputa en la que Europa sigue siendo su rehén más valioso. La UE le compra el 25% del gas que consume. Rusia exporta el 42% de su gas a Europa y necesita a sus clientes tanto como los Veintisiete a su gas. Pero ni en París, ni en Berlín, ni en Roma, ni siquiera en Londres quieren afearle la foto a la gasista rusa y menos aún poner en cuestión -o meter al congelador- las negociaciones para un nuevo acuerdo de asociación con Moscú, que retomaron los Veintisiete justo después del ataque ruso a Georgia. Ni siquiera aunque 16 países europeos -11 de ellos de la UE- se hayan visto afectados en plena ola de frío.

El checo Mirek Topolanek, presidente de turno de la Unión, propone crear una reserva de petróleo y gas que alcance para 120 días y construir un gasoducto para transportar el gas caspio a los clientes europeos a través de Turquía. Bruselas se contenta con pedir a los Veintisiete que se unan para buscar vías alternativas de suministro y tránsito. Se abraza al paquete de medidas de lucha contra el cambio climático aprobado en diciembre y a los 5.000 millones de euros no gastados del presupuesto comunitario que se podrán dedicar, entre otras cuestiones, a financiar nuevas interconexiones gasistas. Eso es todo. La UE sólo ha conseguido enviar a ambos países observadores que controlen el suministro de gas natural hacia el territorio comunitario por parte de Naftogaz y Gazprom.
Barroso invita a las empresas europeas a denunciar la asfixia del gigante ruso. Por ahora, ninguna más que la ucraniana Naftogaz -la interesada- lo hará, desde fuera de la Unión. París, Roma y Berlín no han querido manchar el cordón umbilical al 47% de su gas: disfrazan de espanto los puentes a Moscú, pero los han tendido. El gigante ruso ha ahogado a E.ON, RWE, GDF-Suez y Eni con la misma alfombra roja con la que ellas le adornaron sus atajos comerciales y accionariales al corazón de Europa, pero no quieren empañar su dependencia, los acuerdos pendientes, ni el acceso- cada vez más difícil- a las reservas y los proyectos en tierras rusas. Ni la ‘cláusula Gazprom’ -aprobada a pesar del desencuentro entre los Veintisiete- ni la mano tendida de Merkel, Sarkozy y Berlusconi y los acuerdos recién firmados dan para mucho más que la servidumbre. GDF-Suez, E.ON y ENI siguen dispuestos a ser sus introductores de embajadores.

Gazprom aprovecha que su venganza pasa por Ucrania para refrescarle a la UE la vulnerabilidad de sus murallas. La UE se ha conformado hasta ahora con pelearle a Moscú el atajo nigeriano con el proyecto de un gasoducto transahariano hasta Europa y con tratar de arañarle concesiones a Gazprom y Lukoil en sus propios predios. El conflicto de Georgia ya dejó claro que lo de los atajos para esquivar el gas ruso no será para hoy. StatoilHydro es la primera en reconocer que Noruega, segundo exportador de gas a la Unión Europea (UE), carece de capacidad para aumentar su producción y compensar los zarpazos de Gazprom. Tampoco para ir mucho a medio plazo más lejos del 17% del gas de la UE (un 30% en Alemania, Francia y Gran Bretaña): tanto la larga duración de los contratos de suministro como las limitaciones de la capacidad impiden un incremento sustancial de la producción. Propuestas como la del puerto belga de Zeebruges, que asegura ser capaz de aprovisonar Bélgica y Europa Occidental con Gas Natural Licuado (GNL) son aún un espejismo. Lo sabe RWE, que ha tenido que recurrir a Noruega para hacer frente a una caída del 5% de su suministro. Sólo el gasoducto Nord Stream se le puede complicar a Gazprom.

Todos los países de Europa centromeridional han firmado acuerdos bilaterales con Rusia sobre suministro energético. Gazprom tiene en sus manos la principal arteria gasista de Europa, los 1.200 km del Nord Stream, la llave de su tranquilidad en cinco países y el 51% del accionariado de una tubería llamada llamado a cubrir hacia 2015 hasta el 25% de las necesidades de la Unión en las importaciones adicionales del gas natural, por mucho que el Parlamento Europeo y los países bálticos se opongan a su avance. Y, si nadie lo impide, Moscú también ejerce la pinza con la que cortar el bypass de Nabucco, un proyecto de 8.000 millones auspiciado por Bruselas y Washington, que no necesitaba ya de la crisis georgiana para poner a dudar a sus inversores, a la vista de su origen azerbayano y de los riesgos de su paso por las fronteras turco-georgiana o iraní hasta Austria. Nabucco está diseñado para reducir, bajo el paraguas estadounidense, la dependencia europea de Rusia pasando por Azerbaiyán, Georgia, Turquía, Bulgaria, Rumania, Hungría y Austria. Pero no comenzará su despegue hasta 2013. Y con el 70% del gas mundial en la mano, la ‘troika’ del gas le garantiza aún más la llave para cortarle el oxígeno -o al menos ponérselo caro- al Gasoducto Nabucco. Gazprom negocia además aliarse con la argelina para construir a cuatro manos el gasoducto transahariano que conectará Nigeria con el Mediterráneo, llamado a transportar 25.000 millones de metros cúbicos desde 2015, en concreto para repotenciar el acuerdo que Sonatrach firmó en 2002 con la nigeriana NNPC, para construir la mayor parte de los 4.200 kilómetros, que transcurren por el país centroafricano.

Ni Miller -el presidente de la compañía- ni Medvedev y Putin esconden sus intenciones para la Vieja Europa. Para empezar, promete triplicar su distribución en suelo galo para hacerla pasar de 1,5 a 3 millones de metros cúbicos en cinco años. Angela Merkel ya conoce el precio de esa ‘seguridad’. Alemania -con un volumen de intercambio anual de 50.000 millones de euros con Moscú-, le ha reabierto las puertas a la gasista rusa con la oposición franco-germana a la segregación de las energéticas y le tiende la alfombra roja a la arteria de su penetración en la Vieja Europa. Moscú, con la ampliación de su alianza con E.ON, avanza en el proyecto de gaseoducto submarino báltico, a pesar de las críticas de Polonia y Suecia. Pagan ya las facturas, desde hace meses,  los consumidores y las empresas teutonas: tras la última subida de un 25% en 2008, el precio del gas -dependiente de la armada energética rusa-  podría subir este año un 40%, y un 75% en 2009 según los cálculos de la Cancillería. Y BP, si se consuma la entrada de Gazprom en el 50% del capital de KPN, pagará su alianza con el incómodo compañero de viaje.

DE VUELTA A LA CARRERA NUCLEAR

La UE no ha hecho más que enseñar sus grietas. Lo saben ya Bulgaria y Rumanía: los más afectados por la guerra del gas ruso no se fían de la mediación de Bruselas y están reforzando los contactos bilaterales con Moscú. Putin y Medvedev ya los han ganado para su redil. Los sospechan, también, Polonia y Lituania, que acaban de decidir desarrollar conjuntamente la nueva central nuclear de Ignalina, aunque sea en 2016, les cueste inversiones que podrían oscilar entre los 2.500 y 4.000 millones de euros por un reactor y no tengan más remedio que aprovechar la infraestructura de la antigua central lituana de Ignalina, para disgusto de Bruselas, que exige que la vieja planta -que actualmente genera un 80% de la electricidad lituana- se cierre definitivamente este año por razones de seguridad. A EDF le ha estropeado la foto de la subida de las tarifas eléctricas galas, pero se cobra los efectos secundarios en la vacuna de las centrales nucleares, como constructor de centrales querría repetir en Europa del Este, junto con Areva, su aventura británica con BE.

No han sido las campañas de EDF y Areva y el ejemplo de Gordon Brown. La asfixia del Kremlin sobre sus clientes europeos ha sido suficiente para reabrir una brecha que Bruselas prefería ver cerrada, sobre todo en el Este de Europa. Finlandia, en 2008, ha puesto en funcionamiento su quinta planta nuclear y la industria está presionando para que se construya la sexta. La Comisión no ha dudado en achacar al sistema nuclear francés la fortaleza de un burladero energético para soportar los embistes de Gazprom. Pero el espejo galo refleja ya en la Europa del Este. Si después de que Rusia cerrara el grifo de sus oleoductos en enero de 2006, el Reino Unido se convirtió en el primer país de Europa occidental en romper con su moratoria nuclear, y Alemania comenzó su debate atómico nacional,  la partida gasista de Moscú en enero de 2009 ha ampliado el grupo de países que vuelven a jugar la carta nuclear.

ESPAÑA SIGUE SIENDO ‘DIFFERENT’

Argelia ya tiene la llave del 43,3% del gas español y la riega con las gotas de la guerra del gas de Gazprom y el agua de la venganza. Sonatrach jura que no tiene intención de controlar el mercado ibérico, pero no se resiste a jugar a ser la ‘Gazprom del Mediterráneo’. Le marca las líneas rojas a Cepsa e Iberdrola en el Medgaz, y ahora que ya ha demostrado que juega bien a la subida unilateral de precios, el burladero argelino se puede convertir, en unos meses que se prometen decisivos, en otra trinchera de guerra energética. Lo saben el Foro Nuclear, el CSN y el sector de la energía atómica española. La ‘guerra del gas’ suma y sigue con el arsenal de sus municiones. No renuncian a seguir intentando hacer de Miguel Sebastián la brecha por la que horadar el blindaje atómico del gobierno, impenetrable por Zapatero y Solbes.

Le envidian la suerte a Gran Bretaña, Francia, Italia o Finlandia, de vuelta a la energía nuclear para reducir las emisiones contaminantes, diversificar y evitar la dependencia exterior. Las centrales nucleares de Francia producen más del 75% de la energía eléctrica consumida, mientras España es dependiente del exterior en un 85%. Pero a falta de un Pacto de Estado de la Energía con Industria, se conforman, por ahora, con abrir un debate nuclear en España y espantar el fantasma de la isla energética, condenada a importar de sus vecinos la energía que repudia. Abogan por potenciar las renovables, vaticinan un desajuste entre la oferta y la demanda de hidrocarburos y urgen a atender la ecuación energética para despejar la incógnita de la dependencia europea. La CEOE le pone cifras: el sistema eléctrico español debe contar con un tercio de la potencia de origen nuclear (11.000 megavatios nuevos), frente al 17% actual, para converger con el mix energético de la UE. Y eso pasa por crear una decena de centrales nuevas, que aportarían un 3% del PIB.

Los planes del ministro -un millón de vehículos eléctricos para 2014- requerirían -según las empresas del sector- al menos dos nuevas centrales nucleares para sostenerse, con un aumento de producción de energía eléctrica en más de 17.000 millones de kilovatios por hora. Por eso le hacen cuña al Sebastián en sus propias lagunas: las de las renovables, el déficit tarifario, las necesidades de su automóvil eléctrico y la renovación del CNE. Y la de la necesidad de una ‘tercera’ vía consentida por Moncloa que dé aire nuclear a las necesidades del sector eléctrico, aunque sea sin nuevas centrales, sólo con la supervivencia de las que ya existen y nuevas tecnologías. Ascó -donde tiene que decidir si revalida la multa más alta de la historia- y Garoña -que genera 466 megavatios (MW) y que en 2011 cumplirá cuarenta años- son la bandera de esa alternativa que el Ministro puede hacer valer desde bambalinas, como muy tarde este trimestre. Sebastián trata de hacer de lo que ha sido el tabú nuclear una baza en el ajedrez de su ‘sudoku’ energético. La perpetuidad de las nucleares es un elemento más en la ecuación: cinco de ellas tienen que renovar en 2009 su vida. Y puede ser un golpe de oxígeno para las eléctricas. En la ecuación tienen también más de una incógnita en brazos las constructoras, ACS y Acciona en cabeza, que se aventuraron en los predios energéticos también con alguna esperanza de levantar los muros de nuevas centrales.

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