edición: 2578 , Viernes, 19 octubre 2018
24/11/2016
Inestabilidad política

La Unión Europea busca líder que resuelva el estancamiento

Las instituciones europeas no han conseguido asimilar todavía el Brexit ni el cambio de liderazgo en EE UU
Juan José González
Nuevos vientos parecen soplar sobre la Unión Europea, hoy revuelta y un tanto descolocada después de que conocer el cambio de inquilino en la Casa Blanca a partir del próximo mes de enero, novedad que no parece que haya sido asimilada suficientemente por las autoridades. Bien es cierto que tampoco se ha recuperado del Brexit, quizá al entender que no termina de creerse que Reino Unido, socio (ex socio) tan relevante y cualificado vaya a ejecutar, en su totalidad, todos los términos de la ruptura con la Unión. En cualquier caso, Europa exhibe hoy una imagen de potencia noqueada, despistada, sin rumbo cierto y, por supuesto, desconocido. Es la peor situación que se puede desear a una comunidad de 27 socios y de los que sus principales potencias, Alemania, Italia y Francia se dirigen hacia las urnas, a Dios gracias, en fechas distintas pero lo suficiente correlativas como para asegurar inestabilidad política, institucional y económica para los próximos meses.
Tan sólo queda la esperanza de que como resultados de las elecciones de las tres potencias emerja un (o una) líder capaz de poner orden en el suelo europeo. Porque la sensación general de despiste colectivo, político, se produce en el peor momento posible, en medio de una nueva amenaza económica como consecuencia de los cambios que se prevé lleguen con el nuevo presidente norteamericano Donald Trump. Es probable que, por otro lado, las intenciones del hoy todavía presidente electo estén sirviendo para reaccionar, rehacer filas, ordenar ideas y políticas olvidadas o marginadas por la Comisión Europea. En este sentido, los cambios en Reino Unido y EE UU estarían operando como revulsivo, como reacción ante lo que se puede considerar como una amenaza para la estabilidad política y económica para Europa.

Ahora bien, que en medio de esta ambiente revuelto, difuso y convulso en el que se desarrolla la actividad política y económica europea, se haya producido una primera reacción como la propuesta de la Comisión Europea de reactivar la inversión y proponiendo una cantidad de 50.000 millones de euros como gasto, no deja de ser un motivo de esperanza para todos los Gobiernos, incluso para aquellos que, como el español más endeudados y con restricciones presupuestarias, no podrían ser de gran ayuda para la propuesta de la Comisión.

Sin embargo, la reacción política de Bruselas, aunque insignificante para una economía como la europea, no deja de ser un adelanto, un primer aviso o llamada a todos los socios de la Unión a los que se desea comunicar que en breve, en pocos meses, la austeridad será cosa, o pesadilla, del pasado. Es un primer paso, una primera propuesta de gasto de la que se espera una respuesta unánime por insuficiente, porque no parece que sea una respuesta adecuada para las necesidades de impulso que necesita la economía europea, como tampoco como respuesta al plan inversor del presidente electo Donald Trump, de invertir un billón de dólares en una primera fase de su mandato.

Los Gobiernos europeos, aunque sumidos en el despiste colectivo, bien por razones internas, comunes a cualquier período electoral (caso de España primero y de Alemania, Italia y Francia después) bien por parálisis institucional en las instituciones de la Unión, muestran su interés por el cambio de rumbo que parecen traer los vientos del otro lado del Atlántico así como los provocados en las islas británicas. La única forma de abandonar el escenario difuso que muestra la vida política europea pasa por encontrar un nuevo liderazgo europeo, capaz de impulsar programas que saquen del estancamiento la economía europea.

Para este trabajo, la propuesta de gasto de 50.000 millones, aunque ridícula por su insuficiencia, debe ser tan sólo, una muestra, la señal de un plan serio que tenga en cuenta la suma de las necesidades de los países. Y no sólo deberá ampliar la propuesta, si no también establecer un nuevo modelo -porque lo requiere el nuevo Ejecutivo americano y los nuevos tiempos- de relaciones comerciales y financieras con Estados Unidos. Porque difícilmente podrá llegar a buen puerto cualquier iniciativa que por ambiciosa y voluminosa que sea no tenga en cuenta que el principal mercado para Europa continúa siendo Norteamérica.

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