edición: 2364 , Jueves, 14 diciembre 2017
02/11/2011
OBSERVATORIO DE COYUNTURA

La volatilidad del precio de los alimentos: ¿un problema también al alza?

SERVICIO DE ESTUDIOS DE CAIXABANK
Desde 2006, el precio de los alimentos está sufriendo fuertes oscilaciones. Cereales y aceites, por ejemplo, han experimentado crecimientos interanuales del 80% y del 100% que han ido seguidos de descensos del orden del 30%-50% y de nuevas alzas de hasta el 60% según la FAO. Esta elevada volatilidad tiene consecuencias nefastas para países en desarrollo que son importadores netos de alimentos. No solo se pone en riesgo la supervivencia de su población sino que, además, la pérdida de capital humano y el deterioro de las cuentas públicas por los recursos destinados a paliar la situación lastran el potencial de desarrollo futuro del país. Por ello, los indicios de que la volatilidad pueda estar aumentando despiertan la necesidad de tomar acciones para reducirla y combatir sus efectos.

La volatilidad en los precios de los productos agrícolas es un fenómeno habitual dadas las características del sector. Por un lado, la oferta de producto que llega al mercado es ya de por sí volátil, puesto que las cosechas dependen crucialmente de factores aleatorios como la meteorología o las plagas. Por otro, no son necesarios cambios dramáticos en esta oferta para que ello tenga consecuencias muy significativas sobre los precios. La razón es que tanto la demanda como la oferta tienen una elasticidad-precio reducida, de manera que tras un shock el equilibrio entre las cantidades demandadas y ofertadas debe restablecerse mayoritariamente vía un ajuste en los precios. Este ajuste es aún mayor cuando el nivel de existencias es reducido, puesto que estas no bastan para absorber aquella demanda que, por la rigidez de la oferta, se acaba satisfaciendo a precios elevados.

Los niveles de volatilidad registrados desde 2008 parecen más elevados que en el pasado (véase gráfico siguiente). Este hecho ha llevado a muchos a preguntarse si la volatilidad está aumentando con el tiempo. Estudios recientes muestran que, si bien no es posible hablar de un incremento generalizado de la volatilidad, sí se puede afirmar que esta ha aumentado para productos como la mantequilla, el aceite de soja, el azúcar, la leche en polvo, el maíz, el arroz y el trigo.(1) El aumento es especialmente significativo en los tres últimos casos, en los que la volatilidad en el periodo 2006-2010 excede los niveles extremos alcanzados durante los años setenta.

Las fuentes de esta mayor volatilidad pueden ser diversas. Una primera causa está relacionada con el crecimiento de la demanda, que está siendo mayor que el de la oferta –lastrada por el descenso del área cultivada en los países más productivos y la baja mecanización y productividad de la agricultura en los países en desarrollo. Las existencias gradualmente disminuyen y, en consecuencia, los shocks de oferta pueden tener cada vez más impacto sobre los precios. A modo ilustrativo, las existencias mundiales en 2008 representaban, en relación con la demanda, la mitad que durante los años noventa.(2) Además, este incremento sostenido de la demanda viene acompañado de una mayor proporción de población que vive en áreas urbanas y de un aumento de la renta en muchos de los países pobres. Ambos factores contribuyen a que la demanda se vuelva más inelástica, exacerbando el efecto de los shocks sobre los precios. En el caso del maíz, por ejemplo, se estima que el 58% de la volatilidad media observada podría explicarse por esta causa.(3)

Los precios de la energía y la apuesta por los biocombustibles contribuyen también a una volatilidad creciente de los precios. Tradicionalmente, el precio de los alimentos está vinculado al precio de la energía debido tanto a los costes de producción, por el uso maquinaria y fertilizantes, como a los de transporte (véase gráfico siguiente). El recurso creciente a la mecanización y una mayor intensidad de uso de los fertilizantes tienden a reforzar este vínculo. Sin embargo, el cambio más sustancial puede venir por el creciente uso de ciertos productos agrícolas en la generación de biocombustibles. Así, las políticas energéticas que los fomentan estipulan niveles de consumo mínimo para los años futuros, cosa que aumenta la demanda de sus insumos (maíz, trigo, aceites y azúcar). De hecho, y según datos de la OCDE, la mitad del aumento en el consumo de cereales entre 2005 y 2007 fue debido a la producción de biocombustibles. Esta mayor vinculación con los precios energéticos se extiende también hacia otros productos agrícolas a través de reacciones de la oferta, pues se generan incentivos a la sustitución de cultivos para destinarlos a la producción de biocombustibles. Los datos de la OCDE corroboran este incremento de la correlación con el precio del petróleo para el maíz, el trigo y el aceite de soja. De hecho, aproximadamente un 20% de la volatilidad de los precios del maíz y el trigo podrían explicarse por esta vinculación.

El papel jugado por el incremento de las inversiones especulativas en los mercados de futuros y derivados agrícolas es más difícil de cuantificar. Lejos de basarse en la evolución de los fundamentales, las estrategias de gran parte de estos inversores responden a motivos de cobertura del riesgo para aprovechar, por ejemplo, la correlación negativa que existe entre el rendimiento de los productos agrícolas y el de los bonos. Resulta difícil establecer el efecto a largo plazo de la especulación sobre los precios spot (el mercado al contado). Sin embargo, numerosos estudios no descartan un efecto amplificador de la volatilidad a corto plazo a través de las expectativas generadas en estos mercados financieros, que pueden inducir a la acumulación preventiva de existencias o a la adopción de restricciones al comercio.

Todos estos factores pueden interactuar para generar picos de volatilidad en los precios internacionales. Sin embargo, lo más relevante para consumidores y productores es la traslación de esta volatilidad a los precios domésticos. Por ello, frecuentemente los gobiernos adoptan medidas con la intención de estabilizar el mercado doméstico. Sin embargo, los intereses de los países desarrollados y los países en desarrollo son contrapuestos. Mientras que los primeros tienden a adoptar políticas para proteger al productor (para aumentar los precios), los segundos quieren primar la seguridad alimentaria de la población (para reducirlos). El resultado es, frecuentemente, la adopción de restricciones al comercio que alteran el equilibrio del mercado internacional y aumentan la volatilidad de sus precios, lo cual perjudica a otros países más abiertos al comercio, especialmente si son países en desarrollo.

(1) Véase OECD (2011), «Is agricultural commodity price volatility increasing? A historical review», Documento de trabajo de la OCDE.
(2) Datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Promedio para trigo, arroz, maíz, aceite de soja, aceite de girasol, aceite de colza y azúcar.
(3) Véase el capítulo 2 del «Agricultural Outlook 2011-2020», OCDE/FAO. Volatilidad media observada entre 1976 y 2009.

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