edición: 3073 , Viernes, 23 octubre 2020
19/10/2020
La segunda ola de la pandemia tiñe de negro el último trimestre del año

La amenaza de un hundimiento económico en España demanda un programa de emergencia

Desde Europa y organismos económicos mundiales piden al Gobierno español la aplicación inminente de medidas para sostener la economía
Juan José González
A punto de consumir un tercio del último trimestre del año, los responsables económicos continúan valorando las cifras que aportan los organismos supranacionales de la economía y otros análisis de la situación española con una actitud próxima a la parálisis ante el golpe que está propinando la segunda ola de la pandemia. Todo parece transcurrir en un clima de aparente estabilidad, sin reacción social llamativa en la calle, sin contestación de los agentes sociales; todo parece abandonado al albur de la lucha política, confrontación visible y notable, transmitida en directo y con la intervención de los primeros actores, los espadachines que hablan en las Cámaras legislativas con el florete o el sable en la mano (y quién sabe si también con algún arma de fuego disimulada). Inactividad política económica disimulada con una actividad política de perímetro (cuestiones sociales, aborto, pensiones, educación, transportes y poco más). Mientras tanto, las cifras mensuales de desempleo ilustran la escena y las empresas endeudadas con anuncios de ajustes aportan el ambiente preciso del escenario en crisis, en recesión económica. El sonido de la agonía de los comerciantes y de la restauración local conforman un ambiente que estremece en el interior y asombra en el exterior, en Europa, desde donde ven a España pasando por uno de los peores momentos de su historia, más cerca del drama y más lejos de la reacción gubernamental.
La recuperación económica, leve, de la primera oleada de la pandemia parece haberse diluido en poco más de dos meses. El final del verano ha certificado que el deterioro de la economía era más fuerte que las medidas paliativas del Gobierno, al menos, estas sólo han resistido poco más de dos meses. El rebote inicial que apenas se asomó en algunos sectores de actividad, fue flor de un día; incluso los brotes verdes que aseguró haber detectado la ministra Nadia Calviño y compartidos por su colega en Hacienda, María Jesús Montero, fueron desmentidos contundentemente por cifras de desempleo, endeudamiento, déficit y morosidad entre otros. Es probable que este fuera el resultado de una tardía y exageradas medidas restrictivas de la actividad en el primer momento de la pandemia, que a la postre se reflejarían en una brutal paralización de la actividad económica.

Las cifras de la evolución económica española están provocando hoy el desconcierto general en Europa y consternación en el interior, en las grandes empresas españolas. Hoy la mitad de la economía del país funciona al ralentí mientras que de la otra mitad sólo se sabe que sobrevive. Todo sin contar con una elevada tasa de mortalidad empresarial y catástrofe en el sector de las pequeñas y medianas empresas donde cientos de miles de autónomos se debaten en la quiebra. Es fácil concluir que el cuarto trimestre será la plasmación de muchas de las previsiones que se están conociendo en los últimos días, de modo que si la tasa de recuperación de la economía, prevista por el ministerio de Economía podía alcanzar el 1,5% de subida, no sería descabellado aventurar que esta se convirtiera en la cifra de caída en ese mismo período.

El estado real de la situación, de la economía española, resulta preocupante, colindante con una situación más propia de una solicitud de rescate o auxilio a Bruselas para fin de año. Los datos que dibujan la tragedia son suficientemente elocuentes como para destacar que la española es hoy día la más golpeada de Europa entre los grandes socios del continente. Hoy España figura en la primera posición de los rankings más desgraciados: crecimiento del gasto público, déficit público, deuda, desempleo... todos ellos seguirán al alza como consecuencia de la obligada prolongación de las medidas `anticrisis´ del Gobierno para la primera ola de la pandemia.

Hoy las empresas y los trabajadores autónomos, como sectores enteros de actividad como el turismo, la restauración o el ocio, muchos en situación de ERTE, no sobrevivirán en enero sin la ampliación de los programas de avales públicos. Sin embargo, todo se ha quedado corto, escaso e insuficiente tras el verano. La realidad demanda planes adicionales destinados a mitigar el golpe de la recaída económica, estímulos a la actividad económica con medidas y ayudas directas y de forma inmediata, pues el cuello de botella que se produce en la gestión administrativa de las ayudas provoca la ineficiencia de las medidas.

En principio, el Gobierno exhibió una decidida voluntad de actuación en la intervención de la economía, y los programas de avales públicos para dar liquidez a las empresas tuvieron una repercusión positiva. Sin embargo, el Ejecutivo no parece haberse aplicado en una labor obligada de seguimiento de los problemas, de tratamiento de las necesidades, rompiendo la continuidad de medidas y apoyos públicos. Ahora la situación es mucho más compleja que antes del verano y el Gobierno obligado a elaborar medidas extraordinarias, más drásticas, quizá también más radicales puesto que la situación es también más grave que la de la primera ola de la pandemia; ahora, a la resaca de la primera ola hay que añadir el golpe de la segunda, lo que fuerza la adopción de un plan de emergencia igualmente radical pero sobre todo urgente.

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