edición: 3097 , Viernes, 27 noviembre 2020
07/10/2020
Gestión de la crisis

La Comisión Europea duda de la capacidad del Gobierno para asegurar la gestión económica

España deberá aplicarse más en el control del gasto y del endeudamiento público, ahora sin trabas, y para lo que recomienda la creación de un órgano específico de control; mejor si es independiente 
Juan José González
Barra libre para gastar a discreción y también vía libre para endeudarse más. Si no fuera porque los permisos de la Comisión Europea llegan a una Administración como la española que hoy carece de planes y Presupuestos Generales del Estado para 2021, la idea de la libertad de gastos y endeudamiento colmaría los deseos de cualquier gobernante. La nueva libertad habilita al Consejo de Ministros de Pedro Sánchez a presentar un documento sin límite de gasto no financiero y actualizar el cuadro macroeconómico a placer, el necesario para que el Presupuesto del Estado deseado vea la luz, tras su pase por las Cámaras legislativas, algo que sucederá si no hay otros problemas, hacia enero o febrero. Es esta la de la barra libre presupuestaria una situación que entraña importantes riesgos económicos futuros, al tiempo que comprometedoras posiciones políticas internas en forma de concesiones a grupos nacionalistas minoritarios. Es decir, la barra libre no lo es tanto si se tienen en cuenta los apoyos de legislatura. Pero condicionantes políticos al margen, el Gobierno se encuentra ahora en una posición curiosa: podrá gastar más y endeudarse todavía más pero no sabe o no tiene planes específicos sobre cómo y cuándo hacerlo. Es por esta razón por la que está obligado a cerrar un proyecto de Presupuestos Generales del Estado a toda velocidad, pues estos deben recoger las normas y criterios para gastar más y endeudarse más todavía.
La buena gestión económica depende en gran medida de una buena gestión política, lo cual no parece ser día seña de identidad de los Ejecutivos españoles (de los presentes ni de sus antecesores). Quizá por una ausencia de cultura política económica, o quizá por entender que la deuda está para eso, para endeudarse, gastar más que los ingresos, para acometer proyectos e iniciativas sociales que difícilmente serían abordables sin la existencia de recursos en cantidad, en definitiva, para ir por delante.

El histórico de la gestión del gasto y el manejo de la deuda pública por nuestros gobernantes no es precisamente uno de esos rasgos característicos que animarían a la ciudadanía (y a las empresas e inversores) a confiar en su destreza y eficacia, pues si algo ha demostrado el gobierno del dinero público en las últimas legislaturas (por no decir casi siempre) es un particular empeño en el despilfarro. Con estos antecedentes, demostrables con opinión pero sustentada en las cifras, abrumadoras y muy claras, a las autoridades políticas llega la hora crítica de demostrar sus habilidades y talento en la gestión de las cuentas públicas, en el peor escenario posible, casi de guerra, como es  administrar los recursos en un proyecto de transformación económica del país, de sus sectores y principales industrias, para la creación de un nuevo edificio cuya estructura debe ser también nueva, más sólida y eficaz.

El Plan de Recuperación que debe presentar el Ejecutivo de Pedro Sánchez obliga no sólo a gastar más y a endeudarse más sino también y sobre todo a gastarlo bien y con rapidez, la que exige la peor situación económica, social y política en décadas. Porque en esta ocasión no se trata de proponer ambiciosos planes y proyectos de inversiones. Se trata de acertar, de dar en el clavo, de asegurar, sin error, que las apuestas en iniciativas empresariales muevan la economía hacia niveles de producción, beneficios y empleo. En este asunto, el Gobierno debería contar con la colaboración de la iniciativa privada, quizá para asegurar el éxito colectivo pero sobre todo para sumar fuerzas. No hay que olvidar que la inversión, el gasto y el endeudamiento deben jugar el papel de acelerador de la inversión privada.

El riesgo es grande, enorme, y la posibilidad de que vuelva a emplearse el dinero en vallas y publicidad institucional para hacer visible una acción de Gobierno, similar a la que en su día protagonizó el célebre Plan E del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, ejemplo que fueron uno y otro de falta de juicio y sentido común, debería hacer reflexionar a los gestores del presupuesto público sobre el concepto de inversión productiva, control del gasto y auditoría del mismo y, por supuesto, analizar los resultados posteriores que garanticen que el dinero público, esta vez, no ha sido despilfarrado. Antecedentes como el Plan E y la gestión del gasto público en los últimos años han provocado que la Comisión Europea apueste por recomendar al Ejecutivo de Pedro Sánchez la creación de un nuevo órgano de control del gasto y de las inversiones públicas. Y a ser posible, mejor independiente.

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