edición: 28267 , Jueves, 17 octubre 2019
26/02/2019
Cambio de atmósfera

La economia queda pendiente a la espera de las promesas de la campaña electoral

Los compromisos en campaña se deben convertir en obligaciones del nuevo Gobierno, sobre todo cuando el escenario ya adelanta desaceleración
Juan José González
El lenguaje oficial de los responsables del Banco Central Europeo sigue mostrando signos de cambio, todavía no de preocupación ni corrección sino tan sólo de matices. Así se entiende en el mercado financiero la condicional posibilidad de futuro de una ligera desviación en la trayectoria de subida de los tipos de interés, subida prevista pero que ahora se intuye devaluada por los acontecimientos. Con menos matices se muestran los datos, las primeras cifras de actividad industrial que señalan, claramente, un deterioro. Y así, entre la desviación de unos y la corrección de otras (las cifras) resulta que estamos ante una situación en la que la economía acusa una clara contracción comercial como consecuencia del primer catarro por enfriamiento de la economía china. El resfriado es también una señal de levedad propia de los matices, pues por mucho que la segunda economía mundial se constipe, difícil será (y es) que nos encontremos en la antesala de un episodio propio de un reventón financiero o, mucho menos, de un desmayo repentino del tráfico económico.
El escenario pues, ilustra de la presencia de nubes en el horizonte, algunas intensas, cargadas de problemas. Seguramente se trata de la imagen que perciben las autoridades del Banco Central Europeo en las últimas semanas, proclives a la preparación de medidas de liquidez inmediata por si esta fuera necesaria por los bancos. La realidad conviene en reconocer los hechos tal como son, es decir, los efectos de la contracción comercial son evidentes, ya se sienten en Europa desde hace varios meses, con el consiguiente reconocimiento de las economías locales que, obviamente, han reducido su crecimiento las más y se han frenado en seco las menos. Pilla el temporal a España en legislativas, locales, autonómicas y europeas, lo cual puede tener sus ventajas.

En Bruselas ya hablan de "nueva crisis" aunque se esfuerzan en suavizar el concepto con una alusión al término más económico de "desaceleración". Tiene de bueno la actitud que se trata de un reconocimiento explícito de una situación real. Y de malo que es posible que no se quiera llamar, como se está haciendo, a las cosas por su nombre. A los Estados europeos lo cierto es que debería bastarles con "nueva crisis" y "desaceleración" para ponerse a trabajar en aras a evitar una explosión, un colapso y una ruptura del sistema tal y como sucedió en 2007 y 2008 con la crisis financiera, primero y económica y social después.

El perfil de la nueva crisis se escribe, por ahora, en caligrafía ligera, de presente y de futuro, y en ausencia de cifras y porcentajes. Se cualifica sin cuantificar con el riesgo que conlleva la inexactitud del arriesgado ejercicio. El BCE envía mensajes del tipo, "se aplaza la normalización monetaria" y "posible situación de primas de riesgos con picos más altos que bajos", lo que suscita menos inversión, menos crecimiento y menos empleo. Y todos, consecuencia o derivadas de la mayor liquidez. En definitiva: inflación baja, tipos bajos y bajas también las rentabilidades o retornos de las inversiones.

Ahora falta por conocer qué harán la CE y el BCE para controlar el deterioro económico. Si regresará, como así parece, a los tipos de interés en negativo, a comprar bonos de empresas y trabajar por mantener la inflación en el 2%, o esperará paciente a la reacción de los Estados miembro en la aplicación de medidas más allá de la consolidación fiscal y del saneamiento de balances. Se da por hecho el regreso, aunque a distinta intensidad, de los conocidos programas liquidez (LTRO) para los bancos o alinearse con la idea de unos tipos de interés bajos por mucho tiempo.

Otro asunto distinto, por desgracia, es que los efectos de esta política del banquero central, con todas sus consecuencias positivas y negativas, es la interpretación, seguramente premeditada, de que el banco central de Europa está sirviendo en bandeja un tiempo que los Estados de la Unión deberían estar aprovechando en hacer reformas económicas y sociales para crecer y ganar competitividad y productividad y no, solamente, como se ha utilizado en estos últimos años, para hacer reparación de balances y consolidación fiscal. Las autoridades europeas recuerdan que ellos -el BCE y la CE- no tienen capacidad para resolverlos: son los propios Estados quienes deben solventar las situaciones particulares al tratarse de problemas estructurales. No es lo mismo que en 2007 pero se parece mucho.

El parecido inquieta, esta vez en forma de pérdida de velocidad, crecimiento por debajo del 3% no augura felicidad en la creación de puestos de trabajo ni los beneficios deseados por bancos y empresas cuando todavía, y después de 11 años de la crisis financiera, siguen abiertas numerosas heridas, léase, desempleo, déficit, deuda pública y privada y presupuestos de educación y sanidad aún muy lejos de las mejores cifras. Quizá es por lo que hay que situar la esperanza en el terreno político, ahora en campaña pero orientado a un próximo resultado (desconocido) pero terreno al fin donde la batalla, en términos positivos, tendrá un claro trasfondo y perspectivas económicas, aunque no podrá evitar el componente político, lo que deja el futuro abierto a una nueva aventura de los aventureros.

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