edición: 3073 , Viernes, 23 octubre 2020
29/09/2020
banca 

La ecuación perversa del dividendo

Sin dividendos no hay bancos y sin bancos no hay dividendos. La sinonimia es evidente, en boga y en boca del mercado, de los inversores, ahorradores, banqueros y bancarios, de las autoridades, de todas, las políticas y las financieras. El valor, su cotización, es lo que mantiene al banco, un medidor de salud como la cuenta de resultados: ambos son indicadores de la temperatura y su estado físico. Salud que había decaído como consecuencia de un cóctel de virus para el que a duras penas se está encontrando el cóctel adecuado de medicinas.

No repartir dividendos está mal visto y es nocivo para todo. O casi, pues no hay que olvidar que nace y se justifica en los beneficios; y si estos no figuran, nada se podrá repartir. El dividendo es un coste que no todas las entidades se pueden permitir y que habitualmente las buenas prácticas referencian su existencia a la otra existencia básica: la rentabilidad. Y de rentabilidad anda escaso, muy escaso, el patio bancario.

El supervisor que vigila los bancos metió la pata en este asunto: se cargó por unos meses los dividendos. Una medida insalubre para el sector por mucho que su justificación primera fuera para preservarla porque venía una recesión, subiría la morosidad, caería el negocio y era obligado hacer acopio de dinero por si a todos los clientes se les ocurría ir al mismo tiempo al banco a sacar los ahorros. Los supervisores querían evitar que todos los contribuyentes volvieran a soportar quiebras financieras en las que nada tenían que ver.

Ahora el banquero central ha abierto el coto, que no equivale a reconocer el final de los problemas, de los riesgos y peligros, algunos en ciernes. Deja abierta, eso sí, la puerta para una posible vuelta atrás por los efectos desconocidos del virus de moda. También porque no creen que todos cuenten con capital suficiente para la travesía que ahora comienza. Quizá unos y otros, o todos, deberían pensar en que igual es necesario olvidarse de los dividendos por una temporada, más larga. Si no hay negocio no hay capital, tampoco rentabilidad ni beneficio, sino recesión y costes; quizá tampoco debería haber dividendos. Y si no hay banca tampoco debería haber supervisor ni otras autoridades financieras. Es una ecuación perversa.

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