edición: 2975 , Miércoles, 27 mayo 2020
30/03/2020
Cuánto durará la crisis, el quid de la cuestión

La elaboración presupuestaria salta por los aires con medidas extra, de guerra

Se supone que las decisiones estrella para la economía están por llegar, de lo contrario, habrá que ir pensando en dos años de recesión
Juan José González
Cuando todavía se sigue buscando la vacuna contra el Covid-19, los Gobiernos continúan sin encontrar el antídoto que evite los daños directos y colaterales en la economía -que serán cuantiosos- como consecuencia de la crisis sanitaria. Y no parecen estar dando con la tecla adecuada para frenar, parar o aminorar los efectos de la pandemia sobre la actividad empresarial y económica. No se dispone aún de cifras sobre el frenazo de la actividad en términos de contabilidad, de anulación de pedidos, de caída del consumo, del crédito. Difícil imaginar las cifras del turismo en llegadas, más bien se pueden conocer las relativas a las salidas y a las anulaciones de reservas y demás. Y la primera reacción, de las autoridades y del sector empresarial, es la de intentar minimizar la caída de la actividad, del freno económico. Surge un primer interrogante, quizá el más elemental en tanto que puede ser la parte más importante de la compleja ecuación que plantea la pandemia: la duración de la crisis. En principio, por duración se están recogiendo en los distintos informes que estos días publican bancos de negocios y equipos de analistas, una media de cuatro meses, teniendo en cuenta una horquilla de dos meses de duración del grueso de la crisis sanitaria a la que le seguirían otros cuatro de desequilibrio general en la economía.
Y todo, contando con que las medidas del Gobierno anunciadas a lo largo de la crisis -se supone que las más interesantes e incentivadoras para la empresa- están por llegar. Es decir, ningún Gobierno puede pensar que logrará frenar el deterioro económico, o al menos, minimizarlo, con el anuncio de avales bancarios. Con las medidas tímidas del Gobierno habrá que pensat que se trata tan sólo de un primer plato adelantado, de una parte de un programa de mayor alcance en el que, obviamente, tendrá una participación importante las medidas que adopte la Unión Europea, hoy sumida en un peligroso impasse de indecisión y división.

En este interés por calcular el tiempo estimado de la duración de la crisis (que dan lugar a las célebres figuras de la recuperación en `V´, en `J´ o en `L´) nadie parece querer dar el primer paso puesto que la indecisión europea lo está bloqueando. Hasta el momento, la premisa parece estar bien clara: las cajas de las empresas deben contar con dinero suficiente para hacer frente a pagos de proveedores y nóminas. Se trata de evitar el parón en seco del sistema. Habrá que tener en cuenta que en este trabajo, la función del Banco Central Europeo, en su labor de inyectar dinero en cantidad al sistema, cuenta con menos capacidad de actuación que la Reserva Federal norteamericana que, como se sabe, dispone de munición más contundente y de mayor volumen, y que por tanto, su terapia para frenar la crisis no puede ser tomada como ejemplo.

Sobre el papel, los Gobiernos aplican medidas extraordinarias que ya han sido probadas, es decir, no hay innovación ni se desarrollan nuevos mecanismos monetarios ni parece que se esté trabajando en soluciones imaginativas y nuevos instrumentos, como sugería Christine Lagarde, presidenta del BCE. En este sentido, es probable que se vuelva a repetir la historia y que Europa -las medidas a aplicar y las decisiones- llegue tarde para evitar la desgracia de unas economías que podrían saltar por los aires, víctimas de los desequilibrios financieros. 

En este mare magnum de posibilidades, habría que pensar que cualquier referencia a los Presupuestos del Estado sería meramente anecdótica, puesto que en esta situación no es posible mantener una estructura de gastos, inversiones e ingresos que pudieran llamarse Presupuesto clásico, pues este más bien deberá ser considerado en la actual crisis como más próximo a un Presupuesto de guerra. Difícil imaginarse a los técnicos de Hacienda elaborando un Presupuesto con los criterios de la ortodoxia que fijan las reglas en las fases presupuestarias y, mucho menos, que se arriesgue a mantener las bases del que pensaba sacar adelante con los votos (y abstenciones) de los grupos de la oposición.

Si desde el punto de vista presupuestario la labor del Gobierno puede entenderse que será un cuesta arriba para los próximos meses, desde el que contempla la reanudación de la actividad empresarial no es menos complejo ni la pendiente menor. Para empezar, la industria de la automoción, cuenta ya con las cadenas de producción paradas, el comercio exterior y la demanda de consumo por los suelos. Para continuar con el freno en seco de las visitas de extranjeros, que ya no vendrán a los hoteles hoy reconvertidos en alojamiento de afectados por la pandemia o moratorios de personal sanitario. Si esto es así, habrá que pensar que el empleo que absorbe el sector turístico será desempleo. De ahí que el próximo presupuesto sea, obligatoriamente, un presupuesto de guerra.

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