edición: 3006 , Jueves, 9 julio 2020
28/02/2020

Lagarde considera prematuro alterar la política monetaria del BCE por la evolución del coronavirus

La reacción en cadena a la extensión intercontinental del virus derriba los ingresos por turismo
Carlos Schwartz
La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, ha respondido a preguntas de periodistas que no ve necesidad de alterar la política monetaria en la zona del euro. De acuerdo con sus palabras no hay un efecto duradero sobre la tasa de inflación que justifique innovaciones. El BCE de acuerdo con sus estatutos sobre lo que vela es un objetivo de inflación sobre el que se actúa mediante la transmisión de la política monetaria. Lagarde, quien dijo que la institución monitoriza la situación económica de la eurozona de forma meticulosa, afirmó que era pronto para determinar si la expansión del coronavirus podía representar un “shock de largo plazo” con capacidad de tener un impacto sobre la oferta y la demanda además de sobre la inflación. Las declaraciones dan la pauta de forma clara que la comisión ejecutiva del banco central no tiene previsto modificar los tipos de interés cuando efectúe su reunión mensual dentro de dos semanas, al menos de momento no existe esa voluntad. Los economistas de todo pelaje sugieren que la extensión a Europa de la infección por coronavirus, que los epidemiólogos consideran inevitable, va a detraer crecimiento en la eurozona. A este punto de vista se han sumado esta semana los bancos de negocios estadounidenses.
Desde septiembre pasado el BCE mantiene sin cambios el tipo de interés sobre los depósitos constituidos en el BCE en el -0,5%, y los grandes fondos de inversión que han sufrido las consecuencias de la caída de los mercados de valores en las últimas semanas esperan una nueva ola de estímulos a la economía europea por parte del banco central que contribuya a una recuperación de los mercados de valores. El dato llamativo en esta crisis es que la propagación de una enfermedad desconocida pero que de acuerdo con la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) tiene un nivel de mortalidad inferior al de la gripe, haya causado una alteración tan profunda de la vida económica y que la desaceleración sobrevenida se expanda de forma global a un ritmo acelerado. La reflexión inevitable es que una profunda crisis de sobreproducción y endeudamiento colosal mantenida soterrada como larvas ha hecho una eclosión primaveral por un accidente imprevisto. En esta óptica el coronavirus sería a la economía global lo que el accidente del banco Lehman Brothers a la crisis de 2008. Su caída dejó al descubierto que había una acumulación tan inmensa de capital ficticio en el conjunto del sistema financiero internacional que el estallido de la burbuja fue inevitable.

Elementos como la fuerte caída del turismo internacional con su efecto en cadena sobre las líneas aéreas, el tráfico de cruceros, la ocupación hotelera, y por ende en las balanzas de pagos y comerciales de economías que tienen una fuerte dependencia de esta fuente de ingresos, como la española por acaso, amenazan quiebras en un mercado que ya estaba en estado de tensión extrema. Llevamos una temporada de quiebras de compañías de vuelos charter y grandes operadores turísticos. ¿O ya nos hemos olvidado de Thomas Cook? El sector de la navegación aérea comercial estima las pérdidas que puede ocasionar el coronavirus en 29.000 millones de dólares. Sin embargo Flybe se fue al garete antes de que el virus estuviera dando vueltas por aquí. La industria del automóvil empieza a padecer problemas en su cadena de suministros porque las fábricas en China, que constituyen casi dos tercios de la industria mundial, no producen al ritmo necesario. Pero la industria del automóvil sufre una caída en la demanda, empezando por el mercado chino clave para la mayoría de los grandes fabricantes de coches, y algunas ya han anunciado pérdidas por primera vez en muchos años. La revisión del paradigma productivo de la industria del automóvil y los costes que ello implica anteceden a la crisis sanitaria global.

Jeremy Farrar, el director de la entidad benéfica dedicada a la salud pública Welcome, ha solicitado al Banco Mundial que aporte al menos 10.000 millones de dólares como contribución para combatir el coronavirus. “Lo que realmente se echa en falta en la respuesta a la epidemia global es financiación tangible de alto nivel y apoyo de las instituciones financieras globales incluido el FMI, el Banco Mundial, los bancos de desarrollo regionales”, afirmó Farrar. Este señaló que el impacto posible del coronavirus va bastante más allá que una emergencia sanitaria “es una crisis global que tiene el potencial como para alcanzar la escala de la crisis financiera global de 2008”. Esta parece otra lectura invertida del estallido de un problema subyacente a la espera del accidente que lo desencadene. Esta semana los datos de endeudamiento de las economías emergentes han desatado un escalofrío en las espaldas de los gestores de los organismos multilaterales. Estamos hablando de 72,5 billones de dólares en 2019 lo que supone un incremento del 168% respecto de hace 10 años según datos del Banco de Pagos Internacionales. Los especuladores en deuda pública como el fondo PIMCO dicen que no hay que alarmarse porque el 60% de esa deuda está en manos de China y esta ha representado el 80% del incremento en la última década. No hay que alarmarse. El problema no es el coronavirus.

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