edición: 2975 , Miércoles, 27 mayo 2020
11/03/2020
El BCE la aplicó en 2012, y con éxito

La medicina del BCE para la tormenta financiera puede servir (o no) para evitar la recesión

Europa prepara un nuevo ”se hará todo lo necesario”, aunque ahora el todo dependa de una coyuntura externa, como es la pandemia,  que va por libre y que no respeta instituciones ni tiene normas
Juan José González
Ocho años después, parece obligado de nuevo pronunciar las palabras mágicas que en boca de Mario Draghi, entonces presidente del Banco Central Europeo, salvaron de un día para otro - o casi en cuestión de minutos- a Europa de contemplar cómo su moneda única desaparecía. Fue aquel un momento clave para la vida del proyecto (parece que siempre será proyecto) de Unión Europea. Y ahora los mercados, los gobiernos, las empresas y los bancos y, seguramente millones de ciudadanos del continente esperan un guiño de Lagarde, Christine, la sucesora del italiano que aquel día de verano de 2012 evitó la catástrofe del euro. Tampoco es que tenga demasiado margen para especular la presidenta del banco central pues hoy el virus, como entonces el euro, mantiene una sobreactividad espeluznante. Las cifras de afectados en la crisis sanitaria, en realidad, epidemiológica, muestran que la velocidad de la propagación es en proporción geométrica. Y a esta velocidad es a la que deberían reaccionar las autoridades políticas, económicas y financieras, algo que es evidente que no sucede. Curiosamente, el establishment se ha puesto en funcionamiento con urgencia al conocer que la combinación del número de víctimas de la epidemia y la brutal caída de precios de la renta variable y del petróleo era de tal magnitud que acordaron por unanimidad tomar cartas en el asunto.
El mismo establishment conserva en la memoria que la tormenta financiera de 2012, la crisis europea con los mercados a la baja y las primas de riesgo escalando de diez en diez conforme pasaban los días, se resolvió de un golpe, golpe de ceja de Draghi cuando pronunció aquel "Whatever it takes". Recuerdan también que fue automática la reacción de los mercados, similar a la registrada ayer cuando las bolsas europeas repuntaban camino de recuperar el terreno perdido en una sola sesión. Los mercados pudieron comprobar que las instituciones, además de estar vivas, tenían la capacidad suficiente como para que se dieran la vuelta algunos indicadores, como los bursátiles -casi siete puntos de subida- y las primas de riesgos -con caídas de 60 puntos-. 

Y ahora a Europa le hace falta de nuevo gestos para recuperar el terreno perdido (por el momento). Necesita no sólo gestos sino también medidas, decisiones más allá de las relativas a la sanidad y a la protección de las personas, en riesgo evidente ante un virus del que se desconocen muchos detalles. Porque el miedo parece haber calado por todos los costados de las instituciones europeas, por el temor a la muerte pero también (o quizá sobre todo) por el estancamiento económico que se prevé, con países potentes como Francia e Italia que han echado el freno de mano a sus economías, con la posibilidad cierta de que algunos países de la Eurozona impaguen sus deudas y con imprevisibles episodios de solvencia en algunas entidades bancarias del continente.

Es cierto que el financiero no es un sector como el transporte aéreo, con otros tiempos de reacción y sensibilidades. Pero sí se puede ver afectado en la medida en la que los acontecimientos afecten o trastoquen el funcionamiento de los canales de transmisión de las políticas del BCE, en concreto, la monetaria. En este punto, es donde ahora seguramente los líderes europeos estarán pensando en que las cosas serían muy diferentes si hubiesen avanzado -mejor concluido- la unión bancaria, la fiscal y la política, entre otras. Un imprevisto, sin embargo, acaba de llegar a Europa para poner patas arriba a las instituciones o, al menos, echarles un pulso.

En el continente comenzaron a debatir ayer al medio día una acción concertada para actuar en el marco de lo que se considera una crisis epidemiológica. Y al mismo tiempo poner en marcha los mecanismos que eviten el parón, la recesión o la crisis económica. Es decir, Europa se lanza decidida (eso parece) a una ronda de estímulos para frenar el avance de un deterioro que ya comenzaba a contar con cifras propias, como son los parones en la demanda de bienes y servicios, cancelación de pedidos y viajes, de reservas anuladas en hoteles, etc.

Regresa la idea que desde hace mucho tiempo barruntan algunos responsables de la política económica europea: que la situación actual es una consecuencia de las políticas que caracterizan a una economía japonizada donde se suceden guerras comerciales, abandono de socios de la UE (Brexit), inflación bajo mínimos en medio de un mar de liquidez, y sus efectos, tipos en negativo, incluso para emisiones a 30 años (Alemania) y el sector bancario que cobra a las empresas por mantener puntas de tesorería y, quién sabe, si algún tenedor de hipotecas no cobrará dinero por el préstamo. Sin duda, una Europa lanzada al rescate de la economía, a cuenta del colonavirus, parece ser el lado más oscuro, la consecuencia más trágica, de una larga etapa de la economía sostenida de forma artificial, que ahora se dispone a pasar factura.

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