edición: 3097 , Viernes, 27 noviembre 2020
13/01/2009

Las cajas, en estado de alarma

Alfonso Pajuelo
El bochornoso espectáculo de Caja Madrid no es más que la punta de un iceberg que se resquebraja por momentos. Un bloque que se deteriora a un ritmo alarmante con un catalizador todavía fuera de control: la recesión reforzada por la crisis financiera. Las cajas han llegado a un punto en que han perdido su razón de ser y buena culpa de ello la tiene la política, aunque haya que matizar que el comportamiento de los políticos y su avidez por controlar recursos, incluidos los que no les corresponden como es el caso, es lo que ha puesto a estas entidades en la picota. Ya no es cuestión de si están sanas o bien gestionadas, es que no está clara su necesidad ni si sus peculiaridades pueden justificar su existencia. Tantos años mareando la perdiz de su transformación para simplemente disimular el control político aboca a una situación como la actual y plantearse si no sería más efectivo para la economía nacional transformalas en bancos con fundaciones adosadas y en manos de accionistas. Ejemplos como el de Castilla-León no vienen más que a reforzar el debate porque lejos de dar un primer paso hacia la fusión, lo que realmente han hecho es retrasarla sine die con una ficción calculada para evitar que fuerzas ajenas a los intereses políticos locales intervengan.

Las cajas representan la mitad del sistema bancario español. Dicho de otra manera: la mitad del sistema bancario español está sometido a los vaivenes y los intereses políticos locales. Podrán decir que los políticos defienden los intereses generales pero la realidad es otra y la vemos día a día. También es verdad que hay cajas muy bien gestionadas y razonablemente protegidas de los intereses políticos, pero hasta eso tiene algo de espejismo puesto que la espada de Damocles es permanente y únicamente depende que caiga o no de los intereses del momento y de la fuerza política del gobierno local de turno que cambie la situación.

Los sistemas financieros están cambiando a marchas forzadas obligados por la circunstancias. Aunque el español tiene ventajas y ha obtenido buenos resultados, la corriente mundial se encamina a un mayor control centralizado que, en nuestro caso, pude chocar con las autonomías. De hecho, son estas las que están frenando, cuando no torpedeando, un ineludible proceso de transformación que transciende de lo local puesto que de lo que hablamos es del propio sistema financiero del país.

Este nuestro no necesita más de cien entidades crediticias. Ni siquiera la mitad. Sobran, cuanto menos, un centenar. La atomización, entre otros efectos, provoca ineficacias en el sistema que se pagan en sobrecostes en términos de economía nacional.

No es este comentario el lugar para debatir sobre el proceso de transferencias a la Comunidades Autónomas pero sí lo es para abrir el debate sobre si se han cedido demasiadas competencias en materia bancaria y en qué medida eso perjudica -en tanto en cuanto lo condiciona- al propio sistema. La cuestión nos puede llevar incluso a plantear si ello afecta a la unidad de mercado.

Que los políticos son potencialmente capaces de todo se ha puesto de manifiesto en Madrid y nadie puede asegurar que no vaya a ocurrir lo mismo en cualquier momento y en cualquier lugar. Caja Madrid, la cuarta entidad financiera española, lleva sometida cuatro meses a una batalla política por su control. Podemos perfectamente trascender de las peculiaridades de esa batalla para imaginar que ninguna caja está libre de ese riesgo. Lo cierto es que Caja Madrid -repito, la cuarta entidad financiera española- lleva cuatro meses ocupada en una batalla política y sus gestores dedicando demasiado tiempo y esfuerzo en la conflagración en detrimento de la gestión económica de la entidad. Ellos lo negarán y aducirán que la organización funciona perfectamente a pesar de las influencias externas, y será su obligación decirlo así. Pero lo cierto es que Caja Madrid está paralizada en un momento económico especialmente crítico. Y es en ese momento y por intereses políticos en el que se quiere cambiar a todo un equipo de gestión que ha demostrado buen hacer. Ya me dirán ustedes si la mitad del sistema financiero español puede estar sometido a esa incertidumbre permanentemente. Y, consecuentemente, si la regulación de las cajas admite realmente variaciones para evitarlo. La experiencia demuestra que no. De ahí que sea el momento de plantearse si las cajas deben transformase en bancos, con algunas peculiaridades si se quiere, y acabar de una vez con este despropósito.

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